CAPÍTULO DOS #2
Jun le ofreció una copa de vino, supongo que para romper con ese silencio que se había quedado después de su corta, pero intensa intervención, y este sorprendentemente sonrió antes de aceptarla.
Leone me parecía el típico chico que se cree superior al resto; por eso te ofrece un cinco por ciento de su presencia, por eso no se acerca y, cuando intentas hablar con él, contesta rápido como si le estuvieses haciendo perder su valioso tiempo.
Pero, por otro lado, me parecía que algo ocultaba, algún problema o trauma.
Todos tenemos alguno en la recámara, pero si la primera opción no era verdad, entonces era la segunda, y su trauma era tan reciente que en este momento podría entenderle muy bien.
Creo que por eso me llama tanto la atención, aunque haya dicho dos palabras porque de algún modo me siento reflejada en él y porque físicamente era muy atractivo.
Sí, ya lo he dicho. No aguantaba más negando esta realidad.
¿Sabes cuándo ves a un hombre tan atractivo que no puedes parar de mirarle porque no te crees que sea posible?
Así me sentía. Era el típico alto, con el pelo ondulado y moreno, con un corte bastante moderno.
Vestía elegante, pero con un toque juvenil, y lo que lo hace más atractivo del todo son sus ojos color miel.
Nunca había visto unos ojos tan bonitos como esos que tenía enfrente y no podía dejar de mirar.
Creo que Pamela y Martina han manifestado a este hombre con todas sus fuerzas.
La conversación siguió entre todos, saltando de un tema a otro: que si las montañas parecían de postal, que si la comida olía tan bien que cualquiera le escribiría un poema solo por el olor, que si Almudena ya quería tallar algo, que si Matthieu insistía en que la luz de aquí es sensual,
lo cual provocó un silencio incómodo y luego una carcajada general.
Yo estaba encantada, a gusto, en mi sitio. Y después de estos últimos meses, esto estaba siendo como respirar aire fresco por primera vez. Lo mejor es que esto, literalmente, acababa de empezar y me esperaban dos semanas por delante.
Cuando los ojos empezaron a entrecerrarse un poco más de la cuenta y empecé, de forma automática, a acariciarme las pestañas (un gesto que hago desde que tengo uso de razón cuando estoy tan cansada que si no encuentro una cama en cinco minutos me puedo dormir donde esté, aunque esté de pie),
supe que era el momento de irme a mi habitación para descansar.
Subí a mi habitación con la copa de vino en la mano. Cerré la puerta con el hombro, dejé la copa en la mesita de noche y encendí la lámpara que había en esta. La habitación olía a una mezcla de madera y montaña. A lo que huele la saga de Crepúsculo, sí, esa es la descripción perfecta.
Me tiré en la cama un segundo, para asimilar todo el día de hoy, que para ser sinceras no había empezado de la mejor manera, pero la vida es tan loca que había terminado de una manera perfecta.
En medio de todos mis pensamientos de persona delirante, me acordé de mis chicas, así que saqué el móvil y marqué una videollamada.
Tardaron exactamente cuatro segundos en aparecer las dos.
—¡A ver, gira la cámara! —gritó Pamela antes de saludar.
—Hola, os quiero mucho también —respondí riendo mientras les enseñaba el cuarto—. Mirad, mirad qué fantasía de cama, es gigante. El suelo de madera, un cuadro horrible pero resultón, y atención… —Me acerqué a la ventana y la abrí—. Esto.
—Qué. Puta. Envidia. —dijo Martina, con una expresión teatral de sufrimiento.
—Te entiendo —sonreí—. Estoy viviendo mi sueño alpino-artístico.
—Pero cuéntanos lo importante —intervino Pamela—. ¿La gente qué? ¿Hay salseo? ¿Hay drama? ¿Hay alguien que te quiera robar los pinceles o el corazón?
—Ay, por favor, qué cursi —bufé mientras me sentaba en la cama otra vez—. Pero sí, he conocido a un montón de personas. Todos supermajos. Una cantante griega, un francés adorable, un japonés que pinta como si quisiera sacarte el alma por la nariz…
—Y… —canturreó Martina—. Te veo la cara. Hay uno o una.
Yo fingí mirar mis uñas.
—Bueno… quizá.
—¿Cómo que quizá? ¡Suelta! —Pamela apoyó la cara tan cerca de la cámara que vi cada una de sus pestañas.
Resoplé, encantada.
—Se llama Leone. Español, de Madrid. Veintiocho. Escritor. Misterioso. Habla poco —imité la forma en la que él había hablado al presentarse—. Tiene los ojos más bonitos que he visto nunca y su DNI y grupo sanguíneo no me lo sé de momento —bromeé.
Las dos gritaron al mismo tiempo.
—¡AYYYYYY!
—¡ME ENCANTA!
—Calma, histéricas —me reí—. Solo digo que está… bueno. Muy bueno. Y tiene esa vibe… ya sabéis —añadí haciendo un gesto con la mano acompañado de una mirada intensa.
—La que te pone —Martina levantó una ceja.
—Exacto. Esa. Estoy jodida, pretendía ejercer el celibato durante estas dos semanas.
Pamela se llevó una mano al pecho.
—¿Y ya habéis hablado?
—Un poco. Nada interesante, de hecho. Pero… sí.
—Te estás enamorando— sentenció Martina.
—Por favor, no estoy dispuesta a que el amor me joda la vida de nuevo, es lo último que necesito —me eché a reír—. Ha vuelto mi norma porque nunca debió irse. Tres polvos máximo y fuera.
—¿Y si este te dura cuatro? —preguntó Pamela con malicia.
—Pueees… —me encogí de hombros—. Tendré que actualizar la normativa.
Las tres nos reímos como tontas. Ellas lo único que esperaban era que me lo pasara bien después de estos últimos meses de trabajo-casa-llorar-trabajo.
Después les enseñé el baño, el armario, el ventanal, la manta hecha a mano que ya había decidido robar cuando me fuera.
—Bueno, niñas, mañana tengo actividades desde temprano. Pintar, explorar, convivir… y mirar discretamente a Leone, claro.
—Qué zorra eres —dijo Martina con amor.
—Siempre —respondí con un guiño.
Colgué con una última ola exagerada, dejé el móvil sobre la mesita y me dejé caer de espaldas en la cama, escuchando el ruido de la montaña que estaba en calma, mientras que yo sólo lo intentaba.