Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

SAFE WITH ME – IKE DWECK

Salí de la habitación y bajé las escaleras con el móvil en la mano. Necesitaba buena cobertura, así que crucé el vestíbulo y empujé la puerta que daba al patio interior. El aire fresco me golpeó la cara; me recogí los mechones que se escapaban de mi moño detrás de la oreja y marqué el grupo:

“Trío salvaje”.

Nombre idea de Martina, por supuesto.

La pantalla tardó medio segundo en llenarse con las caras de mis dos mejores amigas.

—¡¡Por fin!! —gritó Pamela, casi tirando su móvil—. Llevo una hora refrescando el chat para ver si estabas viva.

—Pam, tío, relaja —dijo Martina, mientras se pintaba las uñas apoyada en el sofá de nuestro piso en Madrid—. Enséñanos el sitio, venga. Quiero ver si merece la pena cuando me escape del curro y me autoinvite.

Me reí y giré la cámara hacia el patio.

—Atentas, mirad esto.

El patio interior estaba iluminado por una luz amarilla que caía desde unas lámparas colgantes. Estaba lleno de mesas de madera, plantas enormes, gente dibujando y al fondo una chica tocando la guitarra en un rincón sin molestar a nadie.

—Dios… —susurró Pamela—. ¿Puedo vivir ahí?

—A ver, que yo lo vea bien —dijo Martina—. Acércate más a la gente, quiero criticar.

—Que no, loca —me reí—. No voy a ponerle la cámara en la cara a desconocidos.

Pamela resopló.

—Yo sí lo haría. Tenemos que ver si alguno está bueno.

—Ya hablaremos de eso —le guiñé un ojo—. Ahora mirad el mural ese de ahí.

Moví la cámara hacia la pared: un mural enorme lleno de figuras abstractas en colores intensos. Ellas gritaron al mismo tiempo.

—¡Tía! ¡Es increíble! —exclamó Martina—. Literalmente, tú.

—Literalmente yo, sí —repetí acomodándome en un banco precioso que había en el exterior.

Las dos se reían mirándome con el orgullo que solo tiene la gente que te quiere de verdad.

—¿Y tú habitación? —preguntó Pamela—. ¿Ya la has visto? ¿Qué tal las vistas?

—Brutales —afirmé—. Os la enseño luego, que ahora voy a dar un paseo por aquí.

Martina chasqueó la lengua.

—Vale, pero da la vuelta a la cámara y enséñanos más el sitio. Danos un poco más de envidia.

Le di la vuelta a la cámara y empecé a caminar por el patio. Les enseñé las mesas llenas de materiales, las lámparas, una puerta entreabierta que daba a una sala común llena de caballetes.

—Eso de ahí —explicó Martina señalando con el dedo como si yo no viera nada— tiene pinta de ser donde vas a vivir.

—Total —confirmó Pamela—. Ahí vas a ligar fijo.

—Yo vengo a pintar, gilipollas —respondí, aunque me salió con una sonrisa inevitable.

—Sí, claro —ironizó Martina—. Y yo voy al gimnasio a leer.

Las tres nos reímos. Lo cierto es que siempre he sido muy ligona allá donde iba, pero esta vez no tengo el chichi para farolillos, como se suele decir.

Me apoyé en una barandilla, y detrás de mí se veía el atardecer cayendo entre los pinos. Pamela abrió mucho los ojos.

—Tía… de verdad, qué pasada. Estoy muy orgullosa de ti. En serio.

—Te hacía falta algo así. Y mira cómo estás: feliz, guapa y con el moño ese de «me voy a comer el mundo» —me animó Martina.

—Siempre estoy guapa. Ya lo sabéis—. Puse una mueca fingiendo modestia.

—Pesada —dijo Pamela, pero con cariño.

Escuché un par de risas detrás de mí. Un grupo de personas se estaba reuniendo cerca de la sala común.

—Vale, chicas, os dejo. Creo que empieza lo de conocernos y esas cosas. Deseadme suerte.

Pamela gritó:

—¡BÉBETE DOS POR NOSOTRAS!

Y Martina la siguió en su grito:

—Y si encuentras un escritor intenso, tráetelo de recuerdo.

Rodé los ojos, pero no pude evitar reírme.

—Os llamo luego. O mañana. O cuando tenga algo jugoso que contar.

—O un artista buenorro —añadió Pamela.

Colgué mientras ambas se despedían a gritos.

Guardé el móvil, respiré hondo y miré a mi alrededor. Listísima para lo que viniera.

El salón tenía una chimenea enorme encendida que hacía que aquí dentro hiciese hasta calor y varias mesas redondas donde habían colocado vinos locales, quesos y bandejas de fruta. Me acerqué sin pensarlo demasiado. Éramos siete en total. Siete desconocidos, siete historias distintas. Me encantaba.

La primera en saludarme fue Eleni, la chica que estaba en un rincón con la guitarra, una cantante griega de unos treinta y pocos, de pelo rizado y una sonrisa muy blanca.

Después, Matthieu, un ilustrador francés con un acento adorable y una camisa que pedía a gritos una plancha.

Luego, Jun, japonés. Jovencito, quizá veintisiete, pelo negro impecable y una energía muy tranquila.

Cuando me dijo que era pintor, asentí, normal.

Cuando vi un rato después en su móvil algunas fotos de sus cuadros, casi me atraganté: figuras retorcidas, colores violentos, una expresividad que no pegaba en absoluto con su personalidad y que me dejó con la boca abierta.

Él lo explicó con un “me gusta pintar lo que la gente no quiere ver”. Vale, sí. Lo expresaba a la perfección.

También había un par más de España: Almudena, gaditana, escultora, todo risas y anillos enormes. Roberto, venezolano viviendo en Valladolid, fotógrafo de documentales, un encanto de señor de casi cuarenta que parecía tu tío favorito desde el minuto cero.

Hasta ahí, todos muy abiertos, muy simpáticos, muy “estoy aquí para despejarme, compartir y vivir mi mejor vida”.

Cada presentación sonaba prácticamente igual a la anterior, que si buscaban inspiración, que si necesitaban desconectar de la ciudad, que si les apetecía rodearse de gente creativa durante unas semanas.

Yo seguía sentada en la silla de madera, con las piernas cruzadas y la copa descansando sobre mi rodilla, observando a cada persona que iba contando un trocito de su vida.

Y también estaba él.

Él acababa de apoyarse contra una de las columnas de piedra, ligeramente apartado del resto con una copa de vino en la mano. Llevaba ropa negra —muy de mi estilo he de decir— y una mirada afilada que hacía inevitable que le mirase cada dos segundos.

No estaba haciendo nada en concreto, ni siquiera hablaba, pero había algo en él que contrastaba demasiado con toda aquella energía exageradamente amable del patio.

La camiseta negra le marcó el brazo derecho cuando lo dobló sobre el pecho, sujetando la copa con la otra mano. Tenía la postura relajada, aunque no parecía cómodo del todo. Más bien alguien acostumbrado a observar antes de decidir si quería formar parte de algo.

Nota mental: definitivamente español.

Le vi recorrer el círculo con la mirada un par de veces, rápido, me atrevería a decir que estaba bastante aburrido, hasta que Bianca le pidió que se presentara también.

Él levantó apenas la cabeza.

—Soy Leone.

Tenía una voz grave y calmada.

Esperó un segundo, como si realmente estuviera pensando si añadir algo más merecía la pena.

—Escribo. Soy de Madrid y tengo veintiocho. Encantado.

Y volvió a beber vino. Ya está. Nada de discursos sobre encontrarse a uno mismo.

Nada de experiencias transformadoras. Ni una sonrisa de más.

Solo eso. Por primera vez desde que había empezado la ronda, alguien parecía tan poco impresionado con toda aquella situación como yo y, no me malinterpretes, me sentía muy cómoda y agradecida de los compañeros de experiencia que me habían tocado.

Sentía que todos tenían algo que aportarme, pero al final los motivos eran muy similares, incluso a los míos propios.

Supongo que si algo nos une a los humanos en estos tiempos que corren es que tenemos una rutina frenética, un estilo de vida frenético, relaciones frenéticas y lo que buscamos es esto.

Paz, silencio, rodearnos de iguales. Al menos por un tiempo, hasta que la presión social puede con nosotros y queremos volver a la ciudad, a las tiendas, a ponernos guapas y guapos y que nos suban el ego.

—Vale —dije levantando mi copa para romper con el silencio incómodo que se había creado—, ¿alguien más aquí ha venido sin una crisis existencial de por medio? Porque empiezo a asustarme.

Las risas fueron generales.

—Yo sí —respondió Roberto, el fotógrafo venezolano—. A mí me ha obligado mi mujer. Dice que necesito “airear la mente” porque llevo tres años obsesionado con un proyecto que no termino.

—Eso es una crisis, cariño —sentenció Almudena, moviendo sus anillos como si hablaran solos.

Jun, el japonés, se inclinó ligeramente hacia mí.

—Yo vine porque quiero pintar montañas… europeas —me explico en inglés con una seriedad que no supe si reír o abrazarlo.

—Montañas europeas suena muy poético —comentó Matthieu con su acento francés de anuncio de perfume—. Yo vine porque mi estudio está lleno de ratones.

—¿Ratones? —preguntó Eleni, escandalizada, abriendo los ojos como platos.

—Dos. O tres. Pero creo que ya pagan alquiler —respondió él encogiéndose de hombros.

Otra ronda de carcajadas. Me apoyé en la mesa, disfrutando del ambiente; había una energía allí que me encantaba: gente creativa, rara, distinta, mezclas culturales, cada uno con sus manías.

Era el tipo de grupo donde puedes decir cualquier cosa sin medir demasiado lo que vas a decir por miedo a que te juzguen.

—¿Y tú? —preguntó Eleni mirándome con interés genuino—. ¿Por qué viniste?

—Para pintar sin clientes gritándome por tallas que no existen —respondí —. Y para conocer gente que no se asuste si desaparezco tres horas por un bosque siguiendo un rayo de luz.

—Artistas —murmuró Roberto, divertido—. Sois todos iguales.

—Yo no soy artista —intervino Almudena—. Soy torturadora de piedra. Muy diferente.

Mientras hablábamos, noté la mirada constante del chico misterioso que desde su columna escuchaba, pero no se mezclaba.

—¿Y tú? —pregunté, arrastrándolo al círculo porque me apetecía ver qué hacía cuando lo sacabas de su madriguera—. ¿Qué te ha traído aquí?

—Rutina —dijo simplemente.

Eleni chasqueó la lengua.

—¿Y eso qué significa? ¿Qué querías romperla?

Leone se encogió de hombros.

—Que me aburría, necesitaba cambiar de aires y este sitio está lo bastante lejos de todo.

No dijo nada más. Tenía una forma de hablar, o al menos de relacionarse, que era como si le pusiera comillas invisibles a cada cosa que decía.