Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO UNO
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CAPÍTULO UNO

TEARS DRY ON THEIR OWN - AMY WINEHOUSE

Ni coches, ni voces, ni el murmullo constante de las calles de Madrid. El silencio de la montaña fue lo primero, acompañado del aire frío bajando por la ladera y del sonido de mi propia respiración cuando abrí la ventanilla del taxi.

Había imaginado este lugar mil veces, pero la imaginación no le hacía justicia, eso estaba claro.

El hotel asomaba entre los pinos; su fachada era vieja y desgastada, pero acogedora.

Muy aesthetic, como diría la gente de hoy en día.

Las ventanas grandes y las paredes cubiertas por enredaderas secas hacían que se sintiese un refugio.

—Benvenuta —dijo el conductor mientras dejaba mi maleta en la tierra húmeda y me sacaba del shock en el que estaba metida.

—Grache —contesté torpemente, pero con una sonrisa.

Estoy aquí porque tenía vacaciones y mis amigas me animaron a venir para despejarme. Porque soy de las que disfrutan conociendo gente nueva y porque estoy cansada de mi rutina, de la tienda, de doblar pantalones cuando lo que siempre me ha hecho feliz ha sido mancharme las manos de pintura.

Había escuchado hablar de este retiro artístico por una conocida del mundillo.

Una casita de los 70 perdida en la naturaleza entre Milán y Génova, que sus dueños habían reformado y habían convertido en hotel para verano y en residencia artística durante el resto del año.

Nunca he hecho nada parecido, por eso me apetecía tanto hacerlo y estar rodeada por unos días de gente que crea. Mi tribu.

Mientras esperaba en la cola de recepción, mis ojos hicieron lo que siempre hacen: explorar.

Por dentro, el hotel era incluso mejor que por fuera.

Nada más cruzar la puerta, me envolvió un olor de artista.

Sí, ese que está en cualquier sitio donde la gente crea.

Mezcla de café, madera vieja y pintura seca. Perfecto.

El vestíbulo era amplio, con vigas de madera cruzando el techo y lámparas que hacían que todo pareciera más dorado de lo que realmente era.

Se notaba que era una casa grande, muy grande, pero una casa que habían reformado hasta convertirse en lo que era hoy.

No se parecía ni un poquito al típico hotel frío, con espejos por todos lados y luces de hospital.

A la derecha había una zona común con sofás desparejados, cada uno de un color, y, aunque parezca contradictorio, hacía que todo estuviese en más armonía. Había mesas bajas, con alguna libreta olvidada y alfombras por todas partes.

A la izquierda, una pared enorme cubierta de murales, pero no parecían murales fijos, sino obras que iban rotando: retratos, escenas abstractas, acuarelas de la montaña… Era como entrar en una galería de arte, solo que más caótica y menos pretenciosa.

El mostrador de la recepción era una mesa larga de madera, con plantas que crecían hacia la luz que entraba por los ventanales. Detrás, una estantería llena de libros: algunos de arte, otros de música o fotografía. La mayoría en italiano, claro.

Lo que más me llamó la atención fue el patio interior, que se dejaba ver por el ventanal del vestíbulo.

La luz entraba desde arriba, cayendo sobre las baldosas desgastadas y las paredes cubiertas de cal.

Había macetas por todas partes: geranios desbordándose hacia fuera, jazmines enredados en una celosía de madera, pequeñas plantas aromáticas agrupadas en latas antiguas.

A un lado había varias mesas largas de madera, marcadas por manchas de pintura seca y arañazos.

Encima había vasos transparentes llenos de pinceles, algunos abiertos como abanicos por el uso, otros todavía manchados de pintura.

Entre ellos se acumulaban papeles doblados, tubos de óleo aplastados y un par de cuadernos con las esquinas levantadas.

Y al fondo, justo donde la luz alcanzaba, un hombre sentado de espaldas a mí.

Parecía alto incluso sentado, con los hombros anchos relajados sobre la silla.

Tendría unos veintisiete o veintiocho años.

El pelo, corto pero lleno de rizos morenos que le caían desordenados sobre la nuca.

Tenía un portátil abierto frente a él y dos libretas extendidas a ambos lados, llenas de notas y páginas dobladas.

Si mi madre viese el panorama que había aquí montado, seguramente no dormiría en los próximos días, pero para mí era perfecto. Era exactamente el tipo de lugar donde esperaba llegar.

Me acerqué al mostrador cuando llegó mi turno mientras me sacudía las últimas gotas de niebla que se habían quedado atrapadas en mis rizos. Detrás de la mesa, una mujer morena de unos treinta años escribía algo en un cuaderno lleno de post-its.

Cuando por fin levantó la cabeza, sonrió como si ya supiera quién era yo.

—Tu sei la ragazza di Madrid, ¿verdad? —afirmó con una mezcla de italiano y español que entendí perfectamente.

—La misma —respondí, apoyando los codos en el mostrador—. ¿Tan obvio es?

—Eres la única que faltaba por llegar —me informó con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Cómo ha ido el viaje? Te noto emocionada —añadió—. Aquí suelen llegar nerviosos.

—Estoy de vacaciones. Es lo mínimo —bromeé.

Me pidió el DNI y empezó a teclear en el ordenador, mientras me observaba divertida, posiblemente clasificándome en una de sus categorías mentales.

—Soy Bianca —se presentó—. Mis padres son los dueños, pero digamos que yo llevo el caos.

—Pues el caos tiene buena pinta —comenté, mirando a mi alrededor.

Bianca sonrió como si le hubiera hecho un cumplido.

—Aquí viene gente de todo tipo —me explicó mientras imprimía algo—. Pintores, escritores, músicos, fotógrafos… y también los que necesitan un poco de silencio. Tú, ¿qué haces?

—Pinto —respondí sin pensarlo demasiado—. O lo intento.

—Bueno, aquí nadie intenta. Aquí todos hacen —me guiñó un ojo y me pasó la llave con un llavero de madera pintado a mano—. Habitación 15. Segunda planta y con las mejores vistas.

—Perfecto —dije, guardando la llave en el bolsillo de la chaqueta.

—Ah, y una cosa —añadió, inclinándose un poco hacia mí—. Hoy, después de cenar, vamos a hacer una pequeña presentación en la sala común. Nada formal, simplemente charlar para conocernos un poco. Si te apetece, claro.

Asentí sin dudar.

—Sí, claro, cuenta conmigo.

Bianca me dedicó una última sonrisa.

—Ve a dejar tus cosas, madrileña. El arte espera.

Y me fui, sabiendo que acababa de conocer a la persona exacta que hacía que aquel lugar funcionara.

Subí las escaleras. Mi habitación estaba al final del pasillo, justo donde la luz natural entraba a chorros por una ventana enorme. Buen presagio.

Empujé la puerta y entré. El suelo de madera clara, una cama grande cubierta con una colcha beige que parecía tejida a mano, un escritorio antiguo con marcas de pintura (clarísima señal de que otros como yo habían pasado por aquí) y, lo mejor,

una ventana gigantesca con vistas a las montañas me dio la bienvenida.

Los pinos parecían tan cerca que casi podía tocarlos.

—Wow… esto es precioso —murmuré, dejando caer la mochila sobre la cama.

Abrí la maleta sin demasiado cuidado para sacar lo esencial, al menos para darme una ducha.

Sobre el escritorio había una pequeña libreta con el logo del retiro y una nota escrita a mano:

“Para que empieces cuando quieras. Bienvenida. —B.”

Bianca.

Qué bien me caía. Es la típica persona que acabas de conocer, pero reconoces su energía y todo lo que te transmite te gusta.

Me encantaba encontrarme con ese tipo de personas, tanto que les había puesto el nombre de “personas luciérnaga” porque no es fácil encontrarlas y cuando las encuentras te das cuenta de que son la luz en medio de la oscuridad.

Así que sí, Bianca era una persona luciérnaga sin duda.

Después de darme una corta ducha, vestirme y peinarme un poco por encima con mis dedos, no sabía qué hacer. Lo típico que pasa cuando vas de vacaciones y no tienes un plan, al menos el primer día, hasta que te adaptas.

En mi día a día me faltaban horas en el día, hasta los días libres, y ahora no sabía qué hacer con tanto tiempo para mí.

Miré el reloj; aún quedaba media hora para la cena. Así que decidí salir a explorar el exterior. Me recogí el pelo en un moño desordenado, me puse la chaqueta y salí al pasillo. Había un montón de artistas por conocer, habitaciones donde podía crear lo que quería y una cena de presentación.

Y yo tenía ganas de todo.