Lo Que Dejamos en Sevilla CAPÍTULO 18 — DIEGO
60%

CAPÍTULO 18 — DIEGO

El aeropuerto de Madrid-Barajas está considerablemente más lleno de lo que recordaba de mis visitas anteriores, pero encuentro a Nora inmediatamente entre la multitud de pasajeros, esperando pacientemente junto a la salida con un cartel improvisado que dice "Diego Salcedo, fotógrafo internacional" con una letra deliberadamente exagerada que me hace reír genuinamente en cuanto la veo desde la distancia.

—¿Un cartel? —pregunto, dejando caer mi maleta para abrazarla completamente—. ¿En serio, Nora, un cartel de bienvenida?

—Pensé que merecías una bienvenida apropiadamente ridícula, considerando que llevamos tres semanas enteras solamente comunicándonos por videollamada sin ningún contacto físico real.

La beso profundamente, sintiendo que tres semanas de separación se disuelven completamente ante la sensación familiar de tenerla nuevamente entre mis brazos, su aroma característico envolviéndome, la manera exacta en que su cuerpo encaja perfectamente contra el mío después de tanto tiempo.

—Te extrañé considerablemente —digo, cuando finalmente nos separamos, todavía sin soltarla completamente de mi abrazo.

—Yo también te extrañé, considerablemente más de lo que estoy dispuesta a admitir completamente, para no alimentar excesivamente tu ego ya considerable de por sí.

Reímos juntos, caminando hacia la salida del aeropuerto tomados de la mano con naturalidad, y durante el trayecto en taxi hacia su apartamento en el barrio de Malasaña, hablamos animadamente sobre las últimas tres semanas transcurridas: mi decisión final de aceptar una oferta de trabajo con base en Barcelona, comenzando oficialmente en dos meses exactos; su reportaje exitoso sobre Extremadura, que su editora está considerando expandir hacia una serie completa sobre España rural para publicación mensual.

—Barcelona está considerablemente más cerca de Madrid que Buenos Aires —digo, mientras el taxi avanza por las calles concurridas de la capital española—. Solamente un vuelo de cuarenta y cinco minutos, o incluso un tren de alta velocidad si prefiero evitar aeropuertos completamente.

—Definitivamente considerablemente más manejable que la distancia intercontinental actual que estamos sobrellevando ahora mismo.

Su apartamento resulta ser exactamente como lo había imaginado durante nuestras conversaciones telefónicas: pequeño pero luminoso, decorado con una mezcla ecléctica de objetos que claramente representan sus viajes profesionales acumulados, estanterías llenas de libros y revistas de periodismo especializado, fotografías enmarcadas de lugares que ha visitado a lo largo de los años de carrera.

—Me gusta considerablemente tu espacio, Nora —digo, explorando cuidadosamente cada rincón mientras ella prepara café en la cocina pequeña con movimientos familiares—. Se siente genuinamente como tú, refleja tu personalidad completamente.

—Gracias, aunque advierto que probablemente vas a tener opiniones considerablemente fuertes sobre mi organización caótica de las estanterías cuando las veas de cerca.

—Nora, llevo cinco años completos organizando equipos fotográficos delicados en maletas durante viajes constantes por el mundo. Créeme cuando digo que tu organización caótica no representa ningún desafío particular para mi paciencia acumulada.

Pasamos los siguientes cuatro días explorando juntos Madrid con la mirada renovada de quien redescubre una ciudad familiar a través de los ojos de alguien más cercano: el Museo del Prado, donde Nora insiste en mostrarme sus cuadros favoritos con una pasión genuina que encuentro completamente encantadora y contagiosa; el Retiro al atardecer, donde caminamos abrazados sin ninguna prisa particular disturbando nuestro paso; pequeños restaurantes escondidos en callejones que ella conoce bien de sus años viviendo en la ciudad.

—¿Sabes qué es lo más extraño de todo esto?

—digo, una tarde mientras paseamos por el Retiro, el sol dorado iluminando los árboles centenarios del parque madrileño—.

Se siente considerablemente más natural que nuestra relación original de hace años, a pesar de todas las complicaciones logísticas actuales que enfrentamos.

—¿Por qué crees que es así exactamente?

—Porque esta vez ambos elegimos activamente esto, día tras día sin excepción, en vez de simplemente dejarnos llevar por la comodidad familiar de la proximidad constante como antes.

Cada llamada telefónica, cada visita planeada cuidadosamente, cada decisión sobre mudarme a Barcelona, todo representa una elección consciente en vez de simplemente inercia relacional heredada del pasado.

Nora se detiene, girándose hacia mí con una expresión seria que reconozco como el preludio de una conversación importante que se avecina.

—Diego, quiero preguntarte algo directamente, sin rodeos. ¿Estás completamente seguro sobre lo de Barcelona? No quiero que sientas ninguna presión de mi parte para tomar esta decisión tan grande.

—Nora, estoy completamente seguro de mi decisión.

No solamente por ti, aunque definitivamente eres una parte considerable de la motivación real detrás de esto.

Sino porque genuinamente extraño vivir en Europa, extraño proyectos fotográficos que me importen realmente en un nivel personal, extraño la posibilidad de construir una vida que no gire exclusivamente alrededor de escapar constantemente de mí mismo a través de trabajo interminable sin propósito genuino.

—Eso suena considerablemente saludable, honestamente, viniendo de ti.

—Terapia —digo, con una sonrisa ligera cruzando mi rostro—.

Empecé hace dos meses exactos, después de nuestra reconciliación en Sevilla.

Pensé que sería útil finalmente procesar apropiadamente por qué tuve tanto miedo hace cinco años, en vez de simplemente evitar el tema indefinidamente como había estado haciendo.

Nora me mira con una sorpresa evidente en su expresión, seguida rápidamente de una expresión de orgullo genuino que ilumina su rostro.

—Diego, eso es genuinamente maravilloso que hayas dado ese paso. Estoy considerablemente orgullosa de ti por tomar esa iniciativa tan importante para tu propio bienestar.

—Quiero hacerlo correctamente esta vez, Nora, con todas las herramientas necesarias disponibles. Con todas las herramientas necesarias para asegurarme de que el miedo antiguo no sabotee nuevamente lo que estamos construyendo juntos con tanto cuidado.

Me besa suavemente, con una ternura que combina gratitud profunda y amor renovado, y mientras continuamos caminando juntos por el parque bajo la luz dorada del atardecer madrileño, siento una certeza profunda sobre el camino que estamos construyendo cuidadosamente juntos, considerablemente más sólido que cualquier cosa que hubiéramos logrado durante nuestra relación original hace tantos años atrás.