CAPÍTULO 17 — NORA
Las primeras dos semanas de regreso en Madrid transcurren en una rutina extraña de trabajo intenso durante el día y llamadas nocturnas con Diego que se extienden considerablemente más de lo que la diferencia horaria razonable sugeriría prudente, ambos aferrándonos a cada conversación como si compensara parcialmente la distancia física considerable entre nosotros dos continentes.
—¿Cómo estuvo tu día completo? —pregunta Diego, su voz ligeramente distorsionada por la conexión internacional inestable, aunque la calidez familiar sigue siendo perfectamente reconocible a través de la línea.
—Ocupado, considerablemente. Mi editora finalmente aprobó el reportaje sobre las comunidades rurales de Extremadura que había propuesto, así que voy a pasar las próximas tres semanas enteras viajando por pueblos pequeños entrevistando gente local.
—Eso suena exactamente al tipo de historia que amas contar profesionalmente, con esa atención al detalle que siempre te caracterizó.
—Lo es, considerablemente. —Me acomodo en el sofá de mi propio apartamento en Madrid, con el teléfono apoyado contra la oreja cómodamente—. ¿Y tú? ¿Cómo va el encargo actual en Buenos Aires?
—Complicado, honestamente hablando. El cliente quiere fotos considerablemente más comerciales de lo que había anticipado originalmente, menos artísticas y más orientadas hacia publicidad turística genérica sin ninguna profundidad real.
—¿Estás considerando rechazarlo definitivamente?
—Lo estoy considerando seriamente, sí, aunque el pago es considerable. —Hace una pausa notable en la conversación—. Nora, ¿puedo confesarte algo que he estado pensando estos últimos días?
—Por supuesto, dime lo que sea.
—Estoy pensando seriamente en acelerar los planes de mudarme de vuelta a Europa definitivamente.
No solamente por nosotros dos, aunque definitivamente eso es una parte considerable de la motivación real, sino porque honestamente extraño trabajar en proyectos que me importen genuinamente, en vez de encargos comerciales vacíos que solamente pagan las cuentas mensuales.
La confesión me llena de una esperanza cautelosa que intento activamente no dejar crecer demasiado rápido todavía.
—¿Qué estás pensando exactamente al respecto?
—Barcelona, quizás sería lo ideal. Considerablemente más cerca de Madrid que Buenos Aires, con una comunidad fotográfica activa y vibrante donde podría reconstruir mi carrera hacia proyectos más significativos y personales.
—Eso suena genuinamente prometedor, Diego. Pero quiero que sea una decisión que tomes por ti mismo primero, no solamente por mantenerte cerca de mí geográficamente.
—Es ambas cosas simultáneamente, Nora, no puedo separarlas completamente.
Y honestamente, después de cinco años enteros priorizando constantemente mi carrera profesional sobre cualquier otra consideración personal importante, creo que finalmente es momento de encontrar un equilibrio más saludable entre ambas prioridades de mi vida.
Continuamos hablando durante casi una hora más, sobre logística práctica de una mudanza potencial, sobre los próximos meses de visitas planeadas cuidadosamente, sobre pequeños detalles cotidianos que ninguno de los dos habría considerado suficientemente interesantes para compartir hace apenas unas semanas mismo.
Cuando finalmente colgamos, ya bastante tarde según mi propio horario madrileño, me quedo pensando en cuánto ha cambiado todo en las últimas semanas transcurridas, en cómo la distancia física, en vez de debilitar lo que reconstruimos juntos en Sevilla, parece estar fortaleciendo genuinamente nuestra comunicación de maneras que quizás no logramos durante nuestra relación original hace años, cuando la proximidad constante a veces nos permitía evitar conversaciones difíciles simplemente por estar físicamente juntos sin necesidad de verbalizar completamente cada pensamiento importante.
Marina me llama al día siguiente, recién regresada de su luna de miel en Bali, ansiosa por escuchar actualizaciones completas sobre mi situación actual con Diego.
—Cuéntamelo absolutamente todo, sin omitir ningún detalle —exige, con esa energía característica que ni siquiera el desfase horario considerable del viaje logró disminuir en absoluto.
—Sorprendentemente bien, honestamente. Diego está considerando seriamente mudarse a Barcelona en los próximos meses.
—¡Nora! Eso es genuinamente maravilloso, no puedo estar más feliz por vosotros dos.
—Es prometedor, ciertamente. Aunque todavía estamos en las primeras etapas de averiguar exactamente cómo funciona esto en la práctica cotidiana real.
—¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto?
—dice Marina, con una satisfacción evidente en la voz—.
Cuando reservé ese apartamento con un solo dormitorio para vosotros dos, técnicamente fue un error genuino de mi parte al principio.
Pero cuando Tomás sugirió corregirlo antes de que llegarais ambos a Sevilla, decidí deliberadamente no hacerlo, sin decirle nada al respecto.
La confesión me hace reír genuinamente, sin ninguna sorpresa real ante la manipulación evidente de mi mejor amiga de toda la vida.
—Lo sospechaba considerablemente, honestamente.
—¿Estás enfadada conmigo por eso?
—Considerablemente agradecida, en realidad, más de lo que estoy dispuesta a admitir con la frecuencia que mereces por esta manipulación tan exitosa finalmente.
Marina se ríe triunfante ante mi confesión, y mientras continuamos conversando sobre los detalles de su luna de miel reciente y mis propios planes de viaje próximo hacia Extremadura, siento una gratitud profunda hacia la amistad que ha estado presente durante los momentos más importantes de mi vida entera, incluyendo esta reconciliación inesperada que ninguno de nosotros había anticipado completamente hace apenas unas semanas transcurridas.
Esa noche, antes de dormir, reviso las fotos que Diego me envió de su día en Buenos Aires: el atardecer espectacular sobre el Río de la Plata, un café pequeño donde aparentemente pasa las mañanas trabajando concentradamente, una foto suya sonriendo directamente a la cámara con una nota breve adjunta: *Pensando en ti constantemente.
Faltan solamente tres semanas para Madrid, contando cada día. *
Sonrío ante la pantalla iluminada, sintiendo que a pesar de la distancia considerable que nos separa físicamente, a pesar de todas las complicaciones logísticas que todavía tenemos por resolver juntos, estamos construyendo genuinamente algo considerablemente más sólido que lo que teníamos hace cinco años enteros, precisamente porque esta vez ambos elegimos activamente la honestidad completa sobre la comodidad conveniente del silencio evasivo.