Lo Que Dejamos en Sevilla CAPÍTULO 16 — DIEGO
53%

CAPÍTULO 16 — DIEGO

Los últimos dos días en Sevilla transcurren en una mezcla extraña de normalidad doméstica reconfortante y consciencia constante del tiempo limitado que nos queda juntos antes de separarnos hacia continentes distintos otra vez.

Visitamos juntos algunos de los lugares que no logramos ver durante la locura organizativa de la boda: los Reales Alcázares al amanecer, cuando todavía no hay turistas suficientes para arruinar la quietud mágica del lugar con sus jardines cuidadosamente diseñados; el mercado de Triana, donde Nora insiste en comprarme especias diversas que, según ella, "definitivamente no vas a poder encontrar en Buenos Aires con esta calidad. "

—Vas a tener que aprender a cocinar platos españoles genuinos —dice, mientras regatea alegremente con un vendedor sobre el precio del pimentón ahumado—, para que cuando finalmente te mudes de vuelta a Europa no hayas perdido completamente el contacto con tus raíces culinarias familiares.

—¿Estás dando por hecho que definitivamente me mudo de vuelta aquí?

—Estoy siendo optimista sobre nuestro futuro compartido, Diego. Hay una diferencia importante entre esas dos posturas, como bien sabes.

Sonrío, sintiendo una calidez genuina ante su optimismo renovado, considerablemente distinto de la cautela defensiva que mostraba apenas hace una semana completa.

La noche antes de mi vuelo de regreso hacia Buenos Aires, cenamos en la misma taberna diminuta donde tuvimos nuestra primera conversación honesta de la semana, ahora sentados considerablemente más cerca en la misma mesa pequeña, sin ninguna tensión incómoda persistiendo entre nosotros dos.

—¿Nerviosa por la separación inminente? —pregunto, sirviendo vino en ambas copas con cuidado.

—Considerablemente, honestamente hablando. —Nora juega con el pie de su copa, un gesto nervioso que reconozco de nuestros años juntos hace tiempo—. No por dudar de lo nuestro genuinamente, sino simplemente por la logística práctica de mantener algo real a través de tanta distancia geográfica.

—Vamos a lograrlo juntos, Nora. Tenemos algo que la mayoría de las parejas a distancia no tienen disponible: cinco años enteros de arrepentimiento genuino enseñándonos exactamente cuánto vale la pena luchar activamente por esto.

—Eso es considerablemente cierto, cuando lo piensas de esa manera.

Después de la cena, caminamos juntos por las calles ya oscurecidas de Triana, deteniéndonos ocasionalmente para besos que se sienten cargados de la despedida inminente que se aproxima, hasta que finalmente llegamos al apartamento que hemos compartido durante toda esta semana transformadora para ambos.

—¿Puedo confesarte algo? —dice Nora, mientras nos preparamos para dormir esa última noche juntos en Sevilla antes de separarnos.

—Cualquier cosa que quieras compartir conmigo.

—Cuando Marina me contó que íbamos a compartir apartamento durante toda la semana, estaba genuinamente furiosa al respecto. Pensé que sería la semana más incómoda de mi vida entera, obligada a fingir civilidad con el hombre que me había roto completamente el corazón sin ninguna explicación previa.

—¿Y ahora, qué piensas al respecto?

—Ahora pienso que fue, sin ninguna duda razonable, la mejor decisión manipuladora que Marina haya tomado nunca en toda su vida.

—Sonríe, acercándose para besarme suavemente en los labios—.

Aunque nunca le voy a admitir eso directamente a ella, porque se pondría insoportablemente insufrible con la victoria conseguida.

Río genuinamente, atrayéndola hacia mí en un abrazo que combina gratitud profunda y el dolor anticipado de la separación inminente que se aproxima rápidamente.

—Voy a extrañarte considerablemente, Nora Aguilar, más de lo que las palabras pueden expresar adecuadamente.

—Y yo a ti, Diego Salcedo. Pero esta vez sabemos exactamente que la separación es temporal solamente, no un abandono silencioso y permanente como antes.

Esa noche hacemos el amor con una ternura particular, conscientes ambos del tiempo limitado que nos queda antes del aeropuerto mañana temprano, cada caricia cargada de promesas silenciosas sobre el futuro compartido que estamos empezando a construir juntos con cuidado.

La despedida en el aeropuerto al día siguiente resulta considerablemente más difícil de lo que había anticipado, a pesar de toda la planificación práctica y el optimismo genuino sobre nuestro futuro juntos.

—Llámame en cuanto aterrices en Buenos Aires —dice Nora, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas mientras esperamos juntos en la zona de embarque de mi vuelo internacional.

—Lo prometo solemnemente. Y tú avísame en cuanto llegues de vuelta a Madrid, para saber que llegaste bien y sin ningún contratiempo.

—También lo prometo, sin ninguna duda.

Nos besamos una última vez antes de que anuncien mi vuelo por los altavoces, un beso que intenta contener toda la promesa del futuro que estamos construyendo cuidadosamente juntos, y mientras camino hacia la puerta de embarque, girándome varias veces para verla todavía ahí, despidiéndose con la mano levantada, siento una certeza profunda asentándose firmemente en mi pecho: esta vez, sin importar la distancia física considerable que nos separa, no voy a permitir que el miedo silencioso destruya nuevamente lo que finalmente hemos logrado reconstruir juntos con tanto esfuerzo consciente.

Esta vez, voy a luchar activamente por mantener esto, sin importar cuántos vuelos internacionales agotadores o llamadas con diferencia horaria complicada eso requiera de mi parte.