Lo Que Dejamos en Sevilla CAPÍTULO 15 — NORA
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CAPÍTULO 15 — NORA

Despierto envuelta en los brazos de Diego, la luz de la mañana filtrándose suavemente por las persianas del apartamento y dibujando líneas doradas sobre las sábanas revueltas, y durante un momento delicioso me permito simplemente existir en esta nueva realidad antes de que la lógica práctica empiece inevitablemente a intervenir en mis pensamientos matutinos.

—Buenos días —murmura Diego contra mi pelo, todavía medio dormido—. ¿Cuánto tiempo llevas despierta observándome dormir?

—No mucho tiempo, honestamente. Estaba disfrutando simplemente el momento antes de que tengamos que empezar a pensar en detalles logísticos considerablemente complicados que nos esperan.

Se incorpora ligeramente, apoyándose en un codo para mirarme con una expresión que combina felicidad genuina y una cautela evidente ante lo que viene.

—¿Qué detalles logísticos exactamente?

—Diego, vivo en Madrid, con toda mi vida establecida ahí.

Tú vives en Buenos Aires, cuando no estás viajando por trabajo a alguna otra parte del mundo entero.

Anoche fue mágico, sin ninguna duda, pero en algún momento tenemos que hablar seriamente de cómo se supone que esto funciona realmente en la práctica cotidiana entre dos continentes distintos.

Su expresión se tensa ligeramente, evidentemente sin haber considerado completamente esta complicación específica en medio de la euforia de nuestra reconciliación reciente.

—No había pensado completamente en eso todavía, honestamente hablando.

—Yo tampoco, hasta este preciso momento presente. Pero es una conversación que necesitamos tener seriamente, antes de que ambos nos ilusionemos demasiado con algo que quizás resulte logísticamente imposible de sostener a largo plazo.

Nos sentamos juntos en la cama, la realidad práctica interrumpiendo suavemente la burbuja mágica de las últimas veinticuatro horas intensas, y empezamos a hablar seriamente sobre las complicaciones evidentes: mi trabajo como periodista freelance con base principal en Madrid desde hace años, su carrera como fotógrafo de viajes que lo mantiene constantemente moviéndose entre continentes distintos, la distancia física considerable entre Buenos Aires y España que ninguna llamada telefónica puede acortar realmente.

—Podría considerar mudarme de vuelta a Europa —dice Diego finalmente, después de varios minutos de conversación cuidadosa y considerada—. Mi trabajo es considerablemente flexible en cuanto a ubicación base, siempre que pueda seguir viajando regularmente para los encargos que recibo.

—No quiero que tomes esa decisión solamente por mí, Diego, quiero que quede claro eso. No quiero ser la razón por la que abandones una vida que has construido cuidadosamente durante estos últimos cinco años enteros de esfuerzo.

—Nora, la vida que construí en Buenos Aires siempre tuvo un vacío específico que nunca logré llenar completamente, sin importar cuánto intentara distraerme constantemente con trabajo intenso o viajes constantes por el mundo.

Ese vacío particular tenía tu forma exacta todo este tiempo, aunque no siempre lo admitiera abiertamente ni siquiera ante mí mismo.

La confesión me conmueve profundamente, aunque la preocupación práctica persiste innegablemente en mi mente racional.

—Aun así, necesitamos pensarlo cuidadosamente entre los dos, sin decisiones apresuradas basadas solamente en la emoción intensa de haber pasado una noche juntos otra vez después de tanto tiempo.

—Estoy completamente de acuerdo contigo en eso.

—Toma mi mano entre las suyas, con una seriedad genuina reflejada en su expresión—.

¿Qué te parece si empezamos con algo considerablemente más modesto al principio?

Visitas regulares planeadas, llamadas constantes cada día, conocer realmente cómo se siente esta relación reconstruida en la práctica cotidiana antes de tomar decisiones más permanentes sobre mudanzas internacionales complicadas.

—Eso suena considerablemente más razonable, honestamente hablando, dado todo lo que está en juego.

Mi teléfono vibra sobre la mesita de noche, interrumpiendo la conversación con un mensaje de mi editora en Madrid, recordándome que tengo una reunión importante programada para pasado mañana sobre un nuevo reportaje potencial que no puedo posponer fácilmente.

—Tengo que volver a Madrid mañana mismo —digo, sintiendo una punzada de tristeza considerable ante la perspectiva de separarnos tan pronto después de finalmente reconciliarnos genuinamente—. Reunión de trabajo importante que no puedo posponer bajo ninguna circunstancia razonable.

—¿Y yo tengo que volver a Buenos Aires en tres días exactos, para un encargo que ya tenía comprometido desde hace meses con anticipación.

—Su expresión refleja la misma tristeza evidente que siento yo en este momento—.

Esto va a ser considerablemente más difícil de lo que había anticipado inicialmente, honestamente.

—Pero no imposible —digo, con una determinación que sorprende genuinamente incluso a mí misma al pronunciarla en voz alta—.

Diego, pasamos cinco años enteros sin siquiera hablar directamente el uno con el otro.

Comparado con eso, unos meses de relación a distancia mientras averiguamos exactamente cómo hacer que esto funcione logísticamente no suena tan aterrador en absoluto.

Sonríe, con una calidez evidente que ilumina completamente su expresión cansada.

—Tienes razón absoluta en eso. Después de sobrevivir cinco años enteros de separación completa sin ninguna comunicación, unos meses de llamadas telefónicas y visitas ocasionales suenan considerablemente manejables en comparación.

Pasamos el resto de la mañana planeando cuidadosamente los próximos meses juntos: visitas alternadas cada seis semanas aproximadamente entre nuestras respectivas ciudades, llamadas diarias sin importar las diferencias horarias considerables entre Madrid y Buenos Aires, la posibilidad genuina de que Diego considere seriamente trasladar su base de operaciones hacia Europa en los próximos meses si la relación continúa desarrollándose positivamente entre nosotros.

—¿Sabes qué es lo más extraño de todo esto? —digo, mientras empezamos a preparar juntos el desayuno en la cocina diminuta del apartamento por última vez esta semana.

—¿Qué exactamente?

—Que estamos planeando cuidadosamente el futuro de nuestra relación con la misma seriedad práctica con la que planeamos la logística completa de esta boda. Hace apenas una semana, ni siquiera nos hablábamos directamente el uno con el otro.

—La vida tiene una manera curiosa de sorprendernos completamente cuando menos lo esperamos —dice Diego, besando mi frente con una ternura que reconozco perfectamente de nuestros mejores años juntos hace tanto tiempo—.

Y honestamente, Nora, prefiero enfrentar cualquier complicación logística contigo a mi lado, por difícil que resulte el proceso, antes que volver a experimentar cinco años más de silencio absoluto entre nosotros dos.

Asiento, sintiendo una certeza renovada asentándose firmemente en mi pecho, consciente de que aunque los próximos meses probablemente resulten considerablemente desafiantes en la práctica, esta vez tenemos algo que nunca tuvimos durante nuestra primera relación juntos: honestidad completa sin ningún secreto, y la determinación compartida de nunca más dejar que el miedo silencioso destruya lo que genuinamente vale la pena proteger activamente entre nosotros.