CAPÍTULO 14 — DIEGO
La fiesta continúa hasta bien pasada la medianoche, y cuando finalmente Marina y Tomás se despiden entre lágrimas emotivas y abrazos prolongados de todos los invitados para dirigirse hacia su primera noche como marido y mujer, Nora y yo nos quedamos coordinando los últimos detalles con el personal del cortijo, ambos todavía flotando ligeramente en la euforia silenciosa de nuestra propia reconciliación reciente y significativa.
—Creo que oficialmente hemos cumplido nuestros deberes de padrinos con considerable éxito —digo, cuando finalmente el último invitado se despide y el personal empieza a recoger las mesas vacías bajo las luces tenues—. ¿Volvemos al apartamento juntos?
—Volvamos —confirma Nora, entrelazando sus dedos con los míos de una manera que se siente simultáneamente nueva y completamente familiar al mismo tiempo, como si nuestros cuerpos recordaran instintivamente esta cercanía perdida.
El trayecto en taxi de vuelta hacia Triana transcurre en un silencio cómodo y reconfortante, su cabeza apoyada en mi hombro con confianza renovada, mi brazo rodeándola con una naturalidad que cinco años de separación completa no lograron erradicar completamente de mi cuerpo ni de mi memoria muscular.
Cuando finalmente llegamos al apartamento, ambos considerablemente cansados después de un día emocionalmente intenso y transformador, la tensión familiar entre nosotros se transforma en algo considerablemente más cargado de anticipación genuina.
—Se acabó lo de dormir en el sofá torturador —digo, cerrando la puerta del apartamento detrás de nosotros con cierta ceremonia—, ¿verdad, Nora?
Nora se ríe, un sonido brillante que ilumina completamente el espacio pequeño del apartamento a estas horas de la madrugada.
—Definitivamente se acabó esa tortura particular. Aunque debo admitir que verte sufrir en ese sofá diminuto durante toda la semana tuvo su propia satisfacción particular considerable.
—Cruel, Nora Aguilar, siempre tan cruel conmigo.
Se acerca hacia mí, quitándose los tacones con un movimiento fluido que la hace considerablemente más baja de repente, obligándola a levantar ligeramente la cabeza para mantener el contacto visual conmigo.
—¿Estás seguro de esto, Diego? —pregunta, con una vulnerabilidad genuina que reconozco de nuestra conversación en el jardín hace apenas unas horas—. No quiero apresurar nada solamente por la euforia del momento, por toda la emoción acumulada de la boda de nuestros amigos.
—Nora, llevo cinco años enteros esperando este momento exacto sin saberlo conscientemente. No hay absolutamente ninguna prisa involucrada en esto, solamente certeza genuina y profunda.
Elimino la distancia restante entre nosotros, besándola con una intención considerablemente más deliberada que el beso apresurado del jardín, sintiendo cómo su cuerpo responde inmediatamente contra el mío, sus manos deslizándose hacia mi cuello mientras profundiza el beso con un hambre que refleja perfectamente la mía propia acumulada.
—Llevo también cinco años enteros pensando en esto —susurra contra mis labios, sus dedos empezando a desabotonar cuidadosamente mi camisa—. Intentando convencerme a mí misma constantemente de que no lo extrañaba, cuando en realidad pensaba constantemente en exactamente este momento imaginario.
La guío suavemente hacia el dormitorio, el mismo que hemos estado alternando incómodamente durante toda la semana, ahora finalmente compartido sin ninguna reserva emocional restante entre nosotros dos.
Su vestido cae al suelo entre besos cada vez más urgentes, y cuando finalmente quedamos ambos sin ninguna barrera de tela entre nosotros, me detengo un momento para simplemente contemplarla completamente, memorizando deliberadamente cada detalle de este momento que pensé, durante cinco años enteros de arrepentimiento silencioso, que nunca volvería a experimentar genuinamente.
—Eres exactamente tan hermosa como te recordaba, si no considerablemente más —digo, con una sinceridad que le arranca una sonrisa temblorosa de emoción contenida.
—Y tú sigues siendo desesperadamente cursi, Diego Salcedo, algunas cosas nunca cambian aparentemente.
—Algunas cosas nunca cambian genuinamente, evidentemente, sin importar el tiempo transcurrido.
La beso de nuevo, guiándola hacia la cama con una ternura que combina toda la familiaridad de nuestro pasado compartido con la novedad emocionante de este presente recién reconstruido entre nosotros.
Cuando finalmente nos unimos, envueltos completamente en la penumbra cálida del dormitorio, siento que cinco años enteros de dolor y arrepentimiento se disuelven completamente, reemplazados por una certeza pura sobre exactamente dónde pertenezco genuinamente.
—Diego —jadea Nora, aferrándose a mí mientras encontramos juntos un ritmo que nuestros cuerpos recuerdan perfectamente a pesar del tiempo transcurrido entre nosotros—, no puedo creer que finalmente estemos aquí otra vez, juntos de esta manera.
—Créelo completamente —murmuro contra su piel, sintiendo cada palabra resonar con una verdad absoluta e innegable—. Porque esta vez, Nora, no voy a ninguna parte sin ti. Nunca más, bajo ninguna circunstancia futura.
El placer nos envuelve a ambos en oleadas sucesivas, entrelazado con susurros de nombres y promesas renovadas de futuro compartido, hasta que finalmente colapsamos juntos, sin aliento, envueltos en la calidez compartida del otro y en la certeza absoluta de que este momento marca genuinamente un nuevo comienzo, no una simple repetición nostálgica del pasado ya vivido.
—Cinco años —murmura Nora, acurrucada contra mi pecho mientras nuestras respiraciones se calman gradualmente en la oscuridad reconfortante—, y todavía encajamos exactamente igual que antes, como si el tiempo no hubiera pasado en absoluto entre nosotros.
—Mejor que antes, creo genuinamente —digo, besando su cabello con una ternura infinita que no logro contener—. Porque ahora sabemos exactamente lo que estuvimos a punto de perder para siempre por nuestro propio silencio.
Nos quedamos así durante un largo rato, envueltos en el silencio cómodo de la reconciliación reciente entre nosotros dos, y mientras Nora finalmente se queda dormida entre mis brazos protectores, pienso, con una gratitud profunda que no logro nombrar completamente con palabras, en la boda de Marina y Tomás que, sin que ninguno de ellos lo planeara conscientemente al principio, terminó salvando también nuestra propia historia de amor interrumpida injustamente.
Mañana empezaremos a descubrir cómo se ve exactamente esta segunda oportunidad en la práctica cotidiana, lejos de la burbuja mágica de una boda en Sevilla llena de emociones intensificadas.
Pero esta noche, simplemente permito que la felicidad genuina se asiente completamente en mi pecho, sin ninguna duda residual complicando innecesariamente el momento perfecto.