CAPÍTULO 13 — NORA
El jardín está prácticamente vacío a esta hora, iluminado solamente por pequeñas luces solares distribuidas cuidadosamente entre los arbustos de romero aromático, la música de la fiesta reducida a un murmullo lejano detrás de nosotros dos.
Diego se detiene junto a una fuente pequeña de piedra tallada, esperando pacientemente a que yo empiece la conversación que solicité momentos antes.
—Escuché tu discurso —digo finalmente, sintiendo el corazón latir con una intensidad nerviosa que no había experimentado en años enteros—. Lo de la certeza valiente que mencionaste. ¿Hablabas de Tomás y Marina exclusivamente, o hablabas de nosotros dos también?
Se queda en silencio un momento, evidentemente sopesando cuidadosamente su respuesta antes de pronunciarla.
—Honestamente, hablaba de las dos cosas simultáneamente —admite finalmente, sin ningún intento de evadir la pregunta directa—.
Verlos a ellos elegirse mutuamente sin ninguna duda persistente me hizo pensar considerablemente en todo lo que yo dejé escapar hace cinco años enteros por pura cobardía personal.
—Diego, llevo toda la semana pensando en lo que me dijiste, en la conversación con Marina, en todo lo que ha pasado entre nosotros estos últimos días intensos.
—Respiro profundamente, sintiendo que finalmente ha llegado el momento de ser completamente honesta, sin ninguna protección emocional adicional interponiéndose—.
Y he llegado a una conclusión que me aterra considerablemente admitir en voz alta ante ti.
—¿Cuál conclusión exactamente?
—Que nunca dejé de quererte, ni un solo día durante estos cinco años enteros transcurridos.
Construí una versión de mí misma que fingía indiferencia total, que se convenció a sí misma de que había superado completamente lo nuestro, pero la verdad es que cada vez que alguien mencionaba tu nombre casualmente, cada vez que veía una foto tuya en las redes sociales de amigos en común, sentía exactamente la misma punzada dolorosa que sentí el día que descubrí que te habías ido sin ninguna palabra.
Diego se acerca un paso hacia mí, con una expresión que combina esperanza cautelosa y una vulnerabilidad genuina que reconozco de nuestra conversación en el parque hace dos días completos.
—Nora...
—Pero tengo miedo, Diego, un miedo genuino que no puedo simplemente descartar solamente porque finalmente me contaste la verdad completa.
¿Cómo sé con certeza que si las cosas se ponen genuinamente serias otra vez entre nosotros, si empezamos a hablar de mudarnos juntos o de comprometernos completamente, no vas a sentir exactamente el mismo pánico que sentiste hace cinco años y vas a repetir exactamente el mismo patrón destructivo?
—No puedo darte ninguna garantía absoluta de que eso nunca va a pasar, sería deshonesto pretender lo contrario.
—Su honestidad, aunque dolorosa de escuchar, resulta considerablemente más reconfortante que cualquier promesa vacía que pudiera ofrecerme en este momento—.
Pero puedo decirte que estos últimos cinco años enteros, viviendo con el arrepentimiento constante de haberte perdido por mi propia cobardía personal, me enseñaron algo fundamental sobre mí mismo: que el miedo a la vulnerabilidad es infinitamente peor que la vulnerabilidad misma.
Que preferiría enfrentar cualquier miedo futuro directamente contigo, por aterrador que resulte el proceso, antes que volver a experimentar el vacío devastador de haberte perdido completamente por mi propio silencio cobarde.
Las lágrimas empiezan a formarse en mis ojos, una mezcla compleja de emociones que llevo procesando durante toda la semana finalmente encontrando una salida genuina.
—Necesito que entiendas algo importante, Diego.
Si decido darte esta oportunidad, si decidimos intentarlo genuinamente otra vez juntos, no puede ser una versión editada de nosotros mismos como antes.
Tiene que ser completamente honesta, incluso cuando sea incómodo hablarlo, incluso cuando signifique conversaciones difíciles sobre miedos que preferiríamos evitar mencionar.
—Estoy completamente de acuerdo con esa condición. Sin más silencios cobardes de mi parte. Sin más notas abandonadas sobre mesas de cocina como despedida.
—¿Y si descubrimos, con el tiempo, que hemos cambiado demasiado durante estos cinco años? ¿Que ya no somos compatibles de la misma manera que lo éramos antes?
—Entonces lo descubriremos juntos, honestamente, en vez de que yo desaparezca unilateralmente por miedo a esa posibilidad incómoda.
—Se acerca otro paso hacia mí, ahora lo suficientemente cerca para que sienta el calor de su cuerpo, para que reconozca ese aroma familiar que mi memoria nunca logró borrar completamente durante estos cinco años de separación—.
Nora, no te estoy pidiendo garantías perfectas ni promesas absolutas.
Simplemente te estoy pidiendo la oportunidad genuina de intentarlo, con toda la vulnerabilidad y toda la incertidumbre que eso implica necesariamente, en vez de seguir viviendo ambos con el arrepentimiento constante de lo que pudimos haber tenido si hubiéramos sido más valientes desde el principio.
Lo miro directamente a los ojos, sintiendo que cinco años enteros de dolor cuidadosamente cultivado empiezan a disolverse ante la sinceridad evidente de sus palabras, ante la vulnerabilidad genuina que nunca había mostrado tan abiertamente durante nuestros años juntos originales hace tanto tiempo.
—Está bien —digo finalmente, la decisión asentándose con una claridad sorprendente en mi pecho—. Quiero intentarlo, Diego. Con toda la incertidumbre inevitable, con todo el riesgo considerable que eso implica para ambos.
Su expresión se transforma completamente, la esperanza cautelosa convirtiéndose en algo considerablemente más brillante y radiante, y antes de que pueda decir nada más, se inclina hacia mí, con una pregunta silenciosa evidente reflejada en sus ojos.
Respondo cerrando la distancia yo misma, besándolo con toda la emoción acumulada de cinco años enteros de anhelo cuidadosamente reprimido, sintiendo que algo fundamental se reordena completamente en mi pecho ante la familiaridad renovada de sus labios contra los míos después de tanto tiempo.
Cuando finalmente nos separamos, ambos sin aliento, Diego apoya su frente contra la mía con una sonrisa que ilumina completamente su rostro bajo la luz tenue del jardín nocturno.
—Cinco años —murmura—. Cinco años enteros esperando poder hacer exactamente esto otra vez, sin saber si algún día tendría la oportunidad.
—No los desperdiciemos con más dudas innecesarias —digo, sintiendo una determinación nueva asentándose firmemente en mi pecho—. Empecemos de nuevo juntos, Diego. Correctamente esta vez, sin ningún secreto escondido entre nosotros dos.
—Correctamente esta vez —confirma, besándome suavemente otra vez antes de que la música lejana de la fiesta nos recuerde que todavía tenemos obligaciones pendientes de padrinos que atender esta noche.
Caminamos de vuelta hacia la celebración tomados de la mano, una decisión pequeña pero significativa que ninguno de los dos se molesta en ocultar ante los invitados restantes que todavía celebran animadamente, y mientras nos reincorporamos a la fiesta de nuestros mejores amigos, siento que finalmente, después de cinco años enteros de dolor cuidadosamente cargado, estamos empezando genuinamente un capítulo completamente nuevo juntos, sin ningún miedo silencioso interponiéndose entre nosotros.