CAPÍTULO 7 — NORA
*Esta semana. Pronto.*
Las palabras de Diego se quedan dando vueltas en mi cabeza durante toda la tarde, mientras cumplo mecánicamente con las tareas del día: confirmar el menú final con el catering, revisar la lista de asientos con Marina en una llamada de cuarenta minutos que se sintió considerablemente más larga, escuchar pacientemente las últimas dudas de última hora sobre el orden de la ceremonia religiosa.
Todo el tiempo, en el fondo de mi mente, una sola pregunta insistente que no logro silenciar: ¿qué verdad completa lleva cargando durante cinco años enteros?
Marina organiza una noche de tablao flamenco para todo el grupo de invitados extranjeros, una manera de introducir a la familia de Tomás —mitad estadounidense, sin ninguna experiencia previa con la cultura española más allá de estereotipos superficiales— a la esencia auténtica de Sevilla antes de la boda oficial de pasado mañana.
El local que eligió está escondido en el barrio de Santa Cruz, un espacio íntimo con mesas apretadas alrededor de un pequeño escenario donde una bailaora y dos guitarristas esperan pacientemente el inicio del espectáculo, afinando sus instrumentos con esa concentración ritual que precede a cualquier actuación seria.
Diego se sienta a mi lado, casi por inercia más que por decisión consciente, en la mesa larga reservada para el grupo completo de la boda, entre la hermana de Tomás y uno de sus primos que apenas habla español.
—¿Cómo estuvo el resto de tu día? —pregunta, sirviendo vino en ambas copas con un gesto automático que reconozco de nuestros años juntos, ese movimiento particular de su muñeca al inclinar la botella.
—Ocupado, considerablemente. Marina tiene aproximadamente cuarenta y siete dudas de última hora sobre detalles que decidió hace meses con total certeza.
—Es su boda. Tiene derecho a cuarenta y siete dudas, o cuatrocientas setenta, si eso la hace sentir mejor consigo misma antes del gran día.
—Eres considerablemente más comprensivo con ella que conmigo cuando yo tenía dudas sobre nuestros propios planes hace años, si mal no recuerdo.
El comentario sale más afilado de lo que pretendía, saliendo casi por su propia voluntad, y veo cómo Diego se tensa ligeramente ante la mención indirecta del pasado que ambos hemos estado evitando cuidadosamente durante todo el día.
—Nora...
—Perdón. No pretendía sacar el tema otra vez, honestamente. Solamente...
—No, tienes razón en sacarlo, no necesitas disculparte.
—Su voz suena cansada, cargada de un peso que no reconocía en él hasta esta semana entera de convivencia forzada—.
Y voy a contarte todo, Nora, te lo prometo.
Solamente necesito el momento correcto, no en medio de un tablao flamenco rodeados de la familia entera de Tomás que apenas nos conoce.
La música comienza antes de que pueda responder, la guitarra tejiendo una melodía compleja y hipnótica mientras la bailaora se levanta con una intensidad contenida que silencia inmediatamente todas las conversaciones de la sala, cada mirada fijándose en sus movimientos precisos.
Observo el espectáculo con una atención dividida, mitad concentrada genuinamente en el arte innegable frente a mí, mitad completamente consciente de la presencia de Diego a mi lado, del calor de su brazo casi tocando el mío sobre el respaldo compartido de nuestras sillas, cada centímetro de distancia entre nosotros cargado de una electricidad silenciosa que ninguno de los dos menciona.
Cuando el espectáculo termina y el ambiente se relaja hacia conversaciones informales y más vino compartido entre risas, Marina se acerca a nuestra mesa con esa energía imparable que nunca parece agotarse, arrastrando consigo a media docena de invitados hacia una zona despejada del local que evidentemente pretende convertir en pista improvisada de baile.
—¡Vamos a bailar! —anuncia, ya moviendo las caderas al ritmo de la música que ahora suena por los altavoces, considerablemente más contemporánea que el flamenco tradicional de antes—. Nora, Diego, no os quedéis ahí sentados como estatuas de museo.
—Marina, no todos tenemos tu energía ilimitada de batería recién cargada.
—Tonterías absolutas. Vamos, es prácticamente mi última semana de soltera, tenéis obligación moral de celebrarlo genuinamente conmigo.
Es imposible negarse a Marina cuando decide algo con esa determinación específica suya, así que terminamos ambos arrastrados hacia la pista improvisada, rodeados de amigos y familiares bailando con el entusiasmo relajado que solamente el vino y las celebraciones nocturnas pueden producir sin ninguna vergüenza.
Diego baila de la misma manera que recordaba: sin ninguna elegancia particular, pero con un entusiasmo genuino que resulta contagioso a pesar de la torpeza evidente de sus movimientos descoordinados.
Me hace reír, como siempre lo hacía, con una imitación exagerada de algún paso de baile que vio en algún video viral reciente, y por un momento, envuelta en el calor del local y el vino y la música envolvente, olvido completamente mantener la distancia cuidadosa que he estado practicando durante los últimos dos días con considerable esfuerzo.
Cuando la canción cambia hacia algo considerablemente más lento, Marina empuja deliberadamente a algunos de sus invitados hacia parejas específicas, con esa manía suya de organizar hasta los momentos aparentemente espontáneos de la vida ajena, y de repente Diego y yo nos encontramos bailando juntos, considerablemente más cerca de lo que la lógica sugeriría apropiado dado nuestro acuerdo de mantener distancia.
—Marina va a matarnos con su manipulación evidente algún día —murmura Diego, con una sonrisa que reconozco perfectamente de nuestros años juntos, esa sonrisa cómplice reservada para bromas privadas entre nosotros dos.
—Marina siempre ha creído que el universo necesita ayuda ocasional para arreglar las cosas correctamente, según su propia filosofía particular de intervención directa.
—¿Y crees que tiene razón esta vez, con toda su manipulación considerable?
La pregunta llega cargada de una intención que no puedo ignorar completamente, mientras nos movemos juntos al ritmo lento de la música, su mano en mi cintura con una firmeza familiar, la mía apoyada en su hombro casi por instinto, una coreografía que nuestros cuerpos recuerdan perfectamente aunque nuestras mentes hayan pasado cinco años enteros intentando activamente olvidarla.
—No lo sé, Diego —digo finalmente, con una honestidad que el vino probablemente facilita considerablemente, bajando mis defensas habituales—. Pero creo que necesito escuchar esa verdad que prometiste contarme antes de poder responder esa pregunta con certeza absoluta.
Se queda callado un momento, sus ojos fijos en los míos con una intensidad que me roba el aliento por completo, antes de inclinarse ligeramente hacia mí, lo suficiente para que sienta su aliento cálido cerca de mi oído, su voz bajando hasta convertirse en un susurro privado solo para mí.
—Mañana —dice, con una promesa evidente en la voz—. Te lo prometo, Nora, sin ninguna excusa adicional. Mañana te cuento absolutamente todo, sin omitir nada.
Asiento, sintiendo el corazón latir con una anticipación que combina peligrosamente el miedo y la esperanza en proporciones casi iguales, mientras seguimos bailando juntos en la pista improvisada, rodeados de la celebración ajena de nuestros mejores amigos, contando mentalmente las horas hasta que finalmente pueda entender qué pasó realmente hace cinco años enteros entre nosotros dos, qué verdad ha estado escondida todo este tiempo bajo capas de silencio cuidadosamente mantenido.