CAPÍTULO 6 — DIEGO
Nora no me habla directamente durante el desayuno, un silencio que se siente considerablemente más pesado que el que compartimos ayer por la mañana, cargado de todo lo que quedó sin resolver anoche, y aunque intento concentrarme en revisar el itinerario del día en mi teléfono, la mayor parte de mi atención está fijada en la tensión evidente en sus hombros mientras prepara café en la cocina diminuta, cada movimiento suyo considerablemente más brusco de lo habitual.
—Marina quiere que vayamos juntos a la Plaza de España —digo finalmente, rompiendo el silencio con la única información neutral que tengo disponible, agradecido por tener algo concreto que decir—.
Necesita fotos de los padrinos en localizaciones específicas para el álbum previo a la boda, dice que es prioritario terminarlas hoy mismo.
—Bien.
—¿Bien como en "está bien, vamos", o bien como en "no quiero hablar contigo pero tengo que aceptarlo por obligación logística ineludible"?
Ella me mira finalmente, apartando la vista de la cafetera, con una expresión que oscila entre el cansancio genuino y algo considerablemente más suave que no esperaba encontrar ahí.
—Bien como en las dos cosas a la vez, honestamente, Diego.
Anoche crucé una línea que habíamos acordado no cruzar, y ahora me siento incómoda por haberlo hecho de esa manera tan directa, pero eso no cambia el hecho de que tenemos obligaciones de boda que cumplir hoy, sin importar cómo nos sintamos personalmente al respecto.
—No cruzaste ninguna línea que yo no mereciera que cruzaras, honestamente. Tenías todo el derecho de preguntar.
Se queda callada un momento, sorprendida evidentemente por mi respuesta inesperada, algo cambiando sutilmente en su postura defensiva.
—¿Qué significa eso exactamente?
—Significa que mereces una explicación real, Nora. Siempre la mereciste, desde el primer día que me fui sin decirte nada apropiado. Simplemente no he encontrado todavía la manera de dártela sin que suene patética o insuficiente comparada con el dolor que causé.
—Prueba de todos modos, aunque suene patética. Las explicaciones patéticas siguen siendo considerablemente mejores que cinco años enteros de silencio absoluto sin ninguna palabra al respecto.
Antes de que pueda responder, mi teléfono vibra con un mensaje de Marina recordándonos la hora exacta de la sesión de fotos programada, y el momento se escapa una vez más, dejando la conversación pendiente suspendida entre nosotros como una tormenta que ambos sabemos que eventualmente va a estallar sin remedio.
La Plaza de España nos recibe con esa grandiosidad casi excesiva que solamente Sevilla parece capaz de producir con tanta naturalidad: el semicírculo monumental de ladrillo y cerámica extendiéndose majestuosamente ante nosotros, el canal artificial donde algunos turistas reman despreocupadamente en pequeñas barcas de alquiler, el calor de mediodía reflejándose en cada superficie dorada de manera casi cegadora.
El fotógrafo oficial —no yo mismo en esta ocasión, ya que se supone que debo aparecer en las fotos en vez de tomarlas, algo que todavía me resulta extraño después de años detrás de la cámara— nos coloca cuidadosamente junto a uno de los bancos de azulejos que representan las provincias españolas, cada uno pintado con escenas históricas particulares.
—Necesito que os acerquéis considerablemente más —dice el fotógrafo, un hombre joven con una paciencia envidiable para lidiar con parejas incómodas, probablemente acostumbrado a este tipo de tensión sutil en su trabajo diario—.
Y que parezca que estáis disfrutando genuinamente el momento, no sufriendo una tortura medieval elaborada.
Nora resopla, un sonido que casi se convierte en risa genuina a pesar de sí misma, y me acerco cuidadosamente hacia ella, sintiendo el calor de su cuerpo incluso a través del espacio mínimo que todavía nos separa deliberadamente.
—¿Recuerdas cuando vinimos aquí la primera vez?
—pregunto, en voz baja, específicamente para que solamente ella pueda escucharme entre el bullicio general de turistas—.
Hace siete años, en aquel viaje improvisado que hicimos con la beca de la universidad, cuando apenas teníamos dinero para el hostal.
—Te caíste al canal intentando hacer una foto artística del atardecer, con toda tu equipo colgando peligrosamente.
—No me caí exactamente. Me resbalé estratégicamente para conseguir el ángulo perfecto que necesitaba para la composición.
—Diego, literalmente gritaste como si te estuvieran atacando un tiburón en cuarenta centímetros de agua estancada, todo el mundo se giró a mirarnos.
A pesar de sí misma, se ríe genuinamente esta vez, un sonido brillante que atrae la atención del fotógrafo, quien captura rápidamente varias fotos consecutivas del momento exacto en que su expresión se abre completamente, sin ninguna guardia protectora manteniéndola cerrada.
—Perfecto —dice el fotógrafo, satisfecho con el resultado—, exactamente así. Mantened esa energía natural, no la forcéis.
Y por un momento peligroso, mientras Nora sigue riendo y yo la miro con una intensidad que probablemente resulta evidente para cualquiera que nos observe con atención, olvido completamente que se supone que estamos actuando para las cámaras, que esto es simplemente logística de boda cuidadosamente coreografiada, que las reglas cuidadosamente establecidas todavía deberían aplicar entre nosotros dos sin ninguna excepción.
—Diego —dice ella, con la respiración todavía entrecortada por la risa reciente—, deja de mirarme así, con esa expresión concentrada.
—¿Así cómo exactamente?
—Como si estuvieras memorizando algo que sabes que vas a perder de nuevo, algo importante que se te está escapando entre los dedos otra vez.
La observación me golpea con una precisión que no esperaba en absoluto, precisamente porque es exactamente eso lo que estoy haciendo en este momento, sin ninguna intención consciente de hacerlo.
Por un momento considero seriamente decirle la verdad completa ahí mismo, en medio de la Plaza de España, delante del fotógrafo y de los turistas curiosos y de siete años enteros de historia compartida que todavía no hemos logrado resolver apropiadamente entre nosotros.
—Nora, hay algo que necesito contarte, algo importante que llevo demasiado tiempo posponiendo.
—¿Ahora mismo? ¿Aquí, con todo el mundo mirando?
—No aquí exactamente, entiendo que no es el lugar apropiado. Pero pronto. Esta semana, antes de que termine y cada uno vuelva a su vida separada.
Ella me mira con una intensidad evaluadora considerable, sopesando cuidadosamente mis palabras como si buscara alguna trampa oculta detrás de ellas, antes de asentir lentamente, aceptando la promesa con una cautela evidente pero real.
—Está bien. Pronto, entonces. Te tomo la palabra.
El fotógrafo nos llama de nuevo para otra pose, esta vez junto al canal artificial donde las barcas siguen deslizándose despreocupadamente, y mientras seguimos cumpliendo obedientemente con las instrucciones para el álbum de boda, siento el peso de la promesa que acabo de hacer asentándose pesadamente en mi pecho, consciente de que finalmente he cruzado un límite del que ya no hay marcha atrás posible, sin importar cuánto miedo todavía sienta al respecto.
La verdad completa va a salir a la luz esta semana, quiera yo o no, sin importar cuántas excusas encuentre para posponerla.
Solamente espero, con una esperanza que apenas me atrevo a nombrar completamente ante mí mismo, que Nora pueda perdonarme cuando finalmente la escuche completa, sin ninguna omisión conveniente.