Lo Que Dejamos en Sevilla CAPÍTULO 5 — NORA
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CAPÍTULO 5 — NORA

El lugar que Diego elige está escondido en una calle estrecha que apenas cabe en el ancho de mis brazos extendidos, una taberna diminuta con seis mesas y un dueño que lo saluda como si fueran viejos amigos de toda la vida, aunque después descubro, con una risa que no logro contener del todo, que Diego solamente estuvo aquí una vez, hace dos días, buscando localizaciones apropiadas para las fotos del banquete, y que su encanto natural funciona con la misma eficacia devastadora sobre desconocidos que sobre mí misma años atrás.

—Tienes ese talento particular de hacer que la gente te quiera en cinco minutos exactos —digo, sentándome en la mesa que el dueño nos reserva junto a la ventana, con vista hacia la calle estrecha donde algunos gatos callejeros se pasean con esa indiferencia elegante tan característica del sur de España—.

Siempre lo tuviste, desde el primer día que te conocí en aquella fiesta horrible de la facultad.

—Es un talento útil en mi trabajo, honestamente. La gente no te deja fotografiar sus momentos más íntimos, sus bodas, sus funerales, sus celebraciones familiares, si no confía mínimamente en ti primero, si no sienten esa conexión genuina aunque sea breve.

—O simplemente eres encantador por naturaleza pura y el trabajo te dio una excusa profesional conveniente para ejercitarlo constantemente sin ninguna culpa.

Se ríe, un sonido genuino que no había escuchado en años enteros y que reconozco con una punzada incómoda en el pecho, como encontrar una canción antigua que solías amar profundamente y descubrir, con cierta sorpresa, que todavía conoces cada nota, cada silencio entre los acordes, sin ningún esfuerzo consciente de tu parte.

—¿Cómo está tu carrera? —pregunta, mientras el camarero nos sirve una jarra de vino tinto sin que nadie lo haya pedido explícitamente, una costumbre local que Diego parece conocer perfectamente de sus días explorando la ciudad para el trabajo—.

Marina mencionó algo sobre un artículo importante que publicaste el año pasado, algo sobre pescadores, si mal no recuerdo su descripción entusiasta.

—El reportaje sobre las comunidades pesqueras del norte de España, sí. Ganó un premio menor de periodismo regional, nada extraordinario realmente, aunque me tomó muchísimo tiempo y esfuerzo emocional.

—No suena menor en absoluto, honestamente, viniendo de ti que siempre subestimas tu propio trabajo.

—Fue considerablemente más trabajo del que valió la pena económicamente, honestamente.

Seis meses viviendo prácticamente en Galicia, en pueblos donde apenas había cobertura de teléfono, peleando constantemente con editores que querían una historia más "optimista" sobre un sector que se está muriendo lentamente ante nuestros ojos, sin que nadie parezca dispuesto a contar la verdad incómoda al respecto.

—Siempre tuviste esa terquedad particular de contar la verdad incómoda en vez de la versión bonita y digerible que todos quieren escuchar sin ningún esfuerzo.

—Uno de mis rasgos menos rentables profesionalmente, ciertamente, aunque el que más me enorgullece de mí misma.

—Uno de los que siempre más admiré de ti, honestamente, incluso cuando discutíamos sobre eso mismo.

La confesión llega tan directamente, tan sin previo aviso, que me quedo momentáneamente sin palabras, sintiendo el calor subir por mi cuello de una manera que espero que la luz tenue de la taberna disimule adecuadamente ante su mirada atenta.

—Diego...

—Lo siento. —Se pasa una mano por el pelo, un gesto nervioso que reconozco de nuestros años juntos, ese tic particular que aparecía cuando decía algo que no había planeado decir en voz alta—. Dijimos sin pasado. Se me olvidó momentáneamente la regla que acabábamos de establecer.

—Está bien —digo, aunque no estoy completamente segura de que lo esté genuinamente—.

Es difícil, evidentemente, mantener esa regla artificial cuando llevamos cinco años enteros compartiendo amigos en común sin compartir absolutamente ninguna conversación real entre nosotros dos, ninguna palabra sincera más allá de saludos protocolares en las fotos de Instagram de amigos mutuos.

—¿Alguna vez te preguntaste...? —Se detiene, reconsiderando lo que sea que estaba a punto de preguntar, la duda visible en su expresión repentinamente cautelosa.

—¿Preguntarme qué exactamente?

—Nada. Olvídalo, no importa.

—Diego, no puedes empezar una pregunta así, dejándola suspendida en el aire de esta manera, y luego simplemente abandonarla sin ninguna explicación.

Se queda en silencio un momento, jugando con el pie de su copa de vino, girándola lentamente entre sus dedos con una concentración excesiva, antes de hablar con una vulnerabilidad que no recordaba en él, esa versión más despreocupada que conocí hace años, siempre segura de sí misma hasta el punto de la arrogancia ocasional, considerablemente distinta de este hombre cauteloso sentado frente a mí ahora.

—¿Alguna vez te preguntaste si cometimos un error al no intentar solucionarlo entonces? Antes de que me fuera, quiero decir, antes de que todo se rompiera irreparablemente entre nosotros.

La pregunta aterriza con un peso que no esperaba, abriendo una puerta que llevo cinco años enteros manteniendo cerrada con toda la fuerza de voluntad disponible, una puerta que creía genuinamente sellada de manera permanente.

—Todos los días, Diego —digo finalmente, con una honestidad que me sorprende incluso a mí misma, saliendo de mí antes de que pueda filtrarla apropiadamente—. Durante los primeros dos años, prácticamente todos los días sin excepción, cada mañana al despertar y cada noche antes de dormir.

—¿Y ahora?

—Ahora he aprendido a no pensarlo con tanta frecuencia, a distraerme con trabajo, con amigos, con la vida cotidiana que sigue avanzando inevitablemente. Pero eso no significa que la pregunta haya desaparecido completamente de mi mente, que simplemente se haya evaporado con el paso del tiempo.

Nos miramos a través de la mesa pequeña, con la vela entre nosotros proyectando sombras suaves sobre su rostro, esas sombras que le dan una vulnerabilidad adicional a sus facciones habitualmente tan controladas, y por un momento peligroso siento que las reglas cuidadosamente establecidas —sin pasado, sin preguntas, sin drama adicional— se disuelven completamente en el aire cálido de la taberna, evaporándose como si nunca hubieran existido realmente entre nosotros.

—¿Por qué te fuiste realmente, Diego? —La pregunta sale de mí antes de que pueda contenerla, rompiendo abiertamente la única regla que ambos habíamos acordado seguir apenas unas horas antes—.

Nunca me diste una explicación real, ni entonces ni después.

Solamente una nota sobre la mesa de la cocina y un trabajo en Argentina que apareció de la nada, sin ningún aviso previo.

Su expresión se cierra ligeramente, esa fachada profesional que usa con extraños volviendo a instalarse en sus facciones con una rapidez casi mecánica, como una puerta cerrándose silenciosamente.

—Nora, acordamos...

—Sé lo que acordamos, perfectamente bien.

Pero llevo cinco años enteros preguntándome qué hice mal, qué dije mal, qué pude haber cambiado para que no te fueras sin siquiera darme la oportunidad de discutirlo contigo cara a cara.

Creo que merezco, como mínimo, una respuesta honesta antes de que esta semana termine y volvamos cada uno a nuestras vidas separadas.

Se queda en silencio durante un momento prolongado, y por su expresión puedo ver que está librando alguna batalla interna considerable, algo que va considerablemente más allá de la incomodidad simple de una conversación difícil entre dos ex.

—Es complicado —dice finalmente, la misma frase genérica que yo misma usé con Carmen hace apenas unas horas, casi como si fuéramos parte de un guion no escrito que ambos seguimos instintivamente cuando el dolor se vuelve demasiado cercano.

—Todo el mundo dice siempre que es complicado, Diego. Pero desde donde yo estoy sentada, después de cinco años enteros sin ninguna explicación satisfactoria, no parece tan complicado en absoluto. Parece simplemente que decidiste, en algún momento, que yo no merecía la verdad completa.

—No es eso en absoluto, Nora, créeme.

—¿Entonces qué es exactamente lo que impide que me lo cuentes ahora mismo?

El camarero elige ese momento preciso para interrumpir con los platos que habíamos pedido, colocándolos cuidadosamente sobre la mesa con una ceremonia innecesaria dado el ambiente tenso, y el momento se rompe completamente, dejando la pregunta suspendida entre nosotros sin ninguna respuesta satisfactoria, mientras Diego evita cuidadosamente mi mirada, concentrándose repentinamente en el salmorejo que tiene delante como si contuviera respuestas que el plato claramente no puede ofrecerle bajo ninguna circunstancia.

Terminamos la cena en un silencio considerablemente más incómodo que el que compartíamos antes de sentarnos, cada uno perdido en sus propios pensamientos privados, y mientras caminamos de vuelta al apartamento por las calles ya oscurecidas de Triana, el silencio entre nosotros pesando considerablemente más que cualquier palabra pronunciada, entiendo que quizás rompí algo esta noche que llevaba cinco años enteros manteniéndose delicadamente equilibrado entre nosotros dos, un equilibrio frágil que probablemente ya no puede reconstruirse fácilmente.

Pero también entiendo, con una certeza que no logro descartar del todo por más que lo intente, que necesito genuinamente esa respuesta antes de que esta semana termine, sin importar cuánto duela finalmente escucharla, sin importar qué verdad incómoda pueda estar esperándome del otro lado de su silencio cuidadosamente mantenido.