Lo Que Dejamos en Sevilla CAPÍTULO 4 — DIEGO
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CAPÍTULO 4 — DIEGO

Vuelvo al apartamento antes que Nora, alegando trabajo pendiente con las fotos del evento, aunque la verdad es considerablemente más simple y considerablemente más patética de lo que estoy dispuesto a admitir en voz alta ante nadie: necesitaba alejarme de ella antes de decir algo de lo que no podría retractarme fácilmente, algo que probablemente arruinaría por completo el frágil equilibrio de civilidad que habíamos logrado establecer durante las últimas horas.

*Pareces que sigues completamente enamorado y que no tienes el valor de admitirlo.*

Las palabras de Carmen se quedan dando vueltas en mi cabeza mientras descargo las fotos del día en mi portátil, seleccionando entre cientos de imágenes con una concentración fingida que no logra distraerme del todo de esos pensamientos persistentes.

Encuentro, sin buscarla específicamente, casi como si mis propios dedos me hubieran traicionado dirigiéndome deliberadamente hacia ella, la foto que el fotógrafo oficial capturó junto a la fuente: Nora riendo genuinamente, con esa expresión que solo aparece cuando baja completamente la guardia, cuando olvida por un instante toda la coraza cuidadosamente construida, mi mano todavía visible en su cintura en el encuadre, un testimonio silencioso de algo que ninguno de los dos ha nombrado todavía en voz alta.

La miro durante más tiempo del que debería admitir públicamente, ampliando la imagen en la pantalla, estudiando cada detalle como si fuera evidencia forense de algo importante.

Llevo cinco años enteros construyendo cuidadosamente una versión de mi propia historia donde irme a Argentina fue simplemente una decisión profesional inevitable, una oportunidad que no podía rechazar bajo ninguna circunstancia razonable, un capítulo necesario en mi carrera como fotógrafo que casualmente coincidió con el final de nuestra relación.

Es una versión considerablemente más cómoda que la verdad completa, la que nunca le conté a nadie, ni siquiera a Tomás, mi mejor amigo desde la universidad, la persona que probablemente más merecía escuchar la historia real detrás de mi partida repentina.

La verdad, la que evito examinar con demasiada frecuencia, es que me fui porque tenía miedo, un miedo profundo y paralizante que no supe cómo procesar apropiadamente en su momento.

Nora había mencionado, apenas dos semanas antes de que me ofrecieran el trabajo en Buenos Aires, que quería mudarnos juntos a Barcelona, formalizar completamente lo nuestro, quizás incluso hablar de matrimonio en un futuro cercano, una conversación casual durante una cena que se sintió, en su momento, como el comienzo emocionante de nuestra vida adulta juntos.

Y en vez de decirle la verdad —que la idea me aterraba profundamente, no porque no la quisiera con toda la intensidad que un veintitantos añero es capaz de sentir, sino precisamente porque la quería demasiado, porque había visto a mis propios padres destruirse mutuamente en un matrimonio que empezó con la misma intensidad exacta que sentíamos nosotros dos, la misma certeza absoluta de que nada podría interponerse jamás entre ellos— acepté el trabajo en Argentina sin decirle nada hasta que ya era demasiado tarde para negociar cualquier alternativa razonable, y me fui dejando solamente una nota escueta y cobarde sobre la mesa de la cocina que ni siquiera merecía llamarse propiamente una explicación.

Nunca tuve el valor de contarle la verdad completa.

Y cinco años después, todavía no sé cómo empezar exactamente esa conversación sin destruir absolutamente todo lo que queda de la civilidad forzada entre nosotros, sin arriesgar el poco terreno neutral que hemos logrado establecer en apenas unas horas de convivencia forzada.

La puerta se abre justo cuando cierro apresuradamente el portátil, como si Nora pudiera de alguna manera ver a través de la pantalla exactamente lo que estaba pensando, como si mis pensamientos más privados fueran visibles a través de la luz azulada de la pantalla que acababa de apagar precipitadamente.

—¿Trabajando? —pregunta, dejando su bolso sobre la mesa con un gesto cansado, deslizándose los tacones fuera de sus pies con un suspiro evidente de alivio.

—Seleccionando fotos del día, entre otras cosas. —No es del todo mentira, aunque tampoco es del todo verdad—. ¿Cómo estuvo el resto de la fiesta después de que me fui?

—Bien, considerablemente bien. Carmen decidió que su misión personal esta semana es analizarme psicológicamente cada cinco minutos exactos, con una precisión de reloj suizo.

—Los Aguilar de veinte años tienen ese efecto particular en la gente, por lo visto, esa combinación de perspicacia y ausencia total de filtro social.

Se sienta en el sofá pequeño, quitándose los tacones definitivamente con un suspiro evidente de alivio absoluto, y por un momento el apartamento se siente casi cómodo, casi normal, como si fuéramos simplemente dos personas compartiendo espacio de manera natural sin todo el peso histórico que cargamos silenciosamente entre nosotros dos.

—¿Puedo preguntarte algo? —dice finalmente, con una cautela que no es habitual en ella, una vacilación que reconozco como fuera de carácter completamente.

—Pensé que habíamos acordado nada de preguntas sobre el pasado, esa era literalmente la regla número uno que establecimos hace apenas unas horas.

—No es sobre el pasado exactamente. Es sobre ahora mismo, sobre el presente inmediato.

—Se gira hacia mí en el sofá, con las piernas recogidas bajo el cuerpo en esa postura familiar que reconozco de nuestros años juntos, cuando se acomodaba así antes de cada conversación seria—.

¿Por qué aceptaste ser padrino si sabías que esto iba a ser tan complicado emocionalmente para ambos?

La pregunta me toma desprevenido, precisamente porque nunca me la he formulado con tanta claridad a mí mismo, ni siquiera durante las largas horas de vuelo desde Buenos Aires cuando tuve tiempo suficiente para reflexionar.

—Porque Tomás es mi mejor amigo desde hace quince años enteros, y decirle que no podía estar en su boda por algo que pasó entre nosotros dos hace media década me pareció, honestamente, considerablemente más patético que simplemente aguantar una semana incómoda con la mujer que rompió mi corazón sin quererlo así.

—Esa es una respuesta razonablemente madura, Diego, considerablemente más madura de lo que esperaba de ti.

—Intento serlo, de vez en cuando, con resultados variables según el día.

Ella sonríe, apenas, un gesto pequeño que ilumina algo en mi pecho que llevaba años enteros dormido deliberadamente, silenciado con considerable esfuerzo consciente.

—¿Y tú? —pregunto, aprovechando la vulnerabilidad momentánea del ambiente antes de que se disipe—. ¿Por qué aceptaste tú, sabiendo perfectamente que yo estaría presente todo el tiempo?

—Por la misma razón exactamente. Marina es mi mejor amiga desde la universidad, desde aquellos primeros días de facultad cuando ni siquiera sabíamos todavía en qué nos íbamos a convertir.

No hay ninguna versión del universo donde yo falte a su boda por evitarte a ti específicamente, no importa cuánta incomodidad me cause.

—Halagador, honestamente.

—No pretendía que fuera halagador. Pretendía que fuera simplemente honesto, sin ningún adorno adicional.

Nos quedamos en silencio un momento, un silencio que ya no se siente completamente hostil como al principio, sino más bien cargado de algo considerablemente más complicado de nombrar con precisión, algo suspendido entre nosotros que ninguno de los dos parece dispuesto a examinar demasiado de cerca todavía.

—¿Tienes hambre? —pregunto finalmente, necesitando desesperadamente cambiar el rumbo peligroso de la conversación hacia territorio considerablemente más seguro—. Hay un lugar cerca de aquí que hace el mejor salmorejo de todo Triana, según Tomás, que insistió considerablemente en recomendármelo.

—¿Estás proponiendo que salgamos juntos a cenar? Pensé que la estrategia acordada era mantener contacto mínimo fuera de las obligaciones oficiales de boda.

—Estoy proponiendo que ambos tenemos que comer de todos modos, inevitablemente, y que sería considerablemente más eficiente hacerlo juntos que fingir que no estamos ambos en la misma cocina diminuta intentando evitarnos mutuamente durante la próxima hora completa, tropezando literalmente el uno con el otro.

Ella lo considera un momento, con una expresión calculadora que reconozco de nuestros años juntos, cuando sopesaba cuidadosamente cada decisión antes de comprometerse completamente con ella, esa manera suya de procesar las cosas metódicamente.

—Está bien —dice finalmente—. Pero es estrictamente logística de supervivencia, entiéndelo bien. No es una cena romántica ni nada parecido. Es dos personas que comparten apartamento comiendo en el mismo lugar por conveniencia práctica exclusivamente.

—Por supuesto. Estrictamente logística de supervivencia.

—Estrictamente logística —repite, aunque hay algo en su tono, una levedad que no estaba ahí hace una hora exacta, que sugiere que quizás ninguno de los dos cree del todo en esa definición cuidadosamente elaborada.

Salimos juntos hacia las calles doradas de Triana, el calor de la tarde cediendo lentamente hacia la temperatura más amable del atardecer inminente, y mientras caminamos uno junto al otro sin tocarnos, con la distancia cuidadosamente calculada de dos personas que solían caminar entrelazadas sin pensarlo dos veces, entiendo que voy a necesitar considerablemente más que siete días para descubrir cómo sobrevivir a esta cercanía renovada sin decirle, finalmente, la verdad completa que llevo cargando durante cinco años enteros de silencio cuidadosamente mantenido.