Lo Que Dejamos en Sevilla CAPÍTULO 3 — NORA
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CAPÍTULO 3 — NORA

La cena de bienvenida se celebra en un patio andaluz con paredes cubiertas de buganvillas moradas que caen en cascadas sobre la piedra vieja, en un restaurante que Marina eligió específicamente porque, según sus propias palabras repetidas durante meses de planificación obsesiva, "tiene la luz perfecta para las fotos y el jamón perfecto para la felicidad.

" Marina siempre ha tenido una manera particular de reducir la vida entera a fórmulas simples que, inexplicablemente, y para exasperación general de todos sus amigos, suelen resultar completamente ciertas.

—Estáis vivos los dos —dice en cuanto nos ve llegar juntos, abrazándonos simultáneamente con esa energía desbordante que la caracteriza desde que la conozco, desde aquellos primeros días de universidad cuando organizaba fiestas para gente que apenas conocía solamente porque "todo el mundo merece divertirse un poco"—.

Y sin heridas visibles todavía. Eso es considerablemente más de lo que esperaba, honestamente, dado el historial que tenéis vosotros dos.

—Marina —digo, con un tono de advertencia que ella ignora completamente, como ignora la mayoría de las advertencias razonables que recibe de cualquier persona en su vida.

—¿Qué? Solo digo que estoy sorprendida gratamente por vuestra capacidad de supervivencia mutua. Tomás pensó que ibais a exigir habitaciones separadas antes de las siete de la tarde, incluso apostó veinte euros conmigo sobre eso.

—Lo consideramos seriamente, debo admitir —dice Diego, con una sonrisa que sugiere que ha decidido, sabiamente, no pelear esta batalla particular en público delante de tanta gente —.

Pero decidimos que sería considerablemente más divertido para vosotros dos si sufríamos en silencio digno, sin quejarnos abiertamente.

Tomás aparece detrás de Marina, abrazándome con la calidez genuina que siempre lo ha caracterizado desde que lo conocí, ese hombre tranquilo que de alguna manera logró domesticar el caos entusiasta de Marina sin apagar ni un ápice de su energía particular, encontrando ese equilibrio delicado que tantas parejas buscan sin éxito durante años.

—Gracias por venir, Nora, de verdad, sinceramente. Sé que esto pudo haber sido... complicado, para decirlo suavemente.

—Nada que un poco de rebujito no pueda arreglar temporalmente, al menos durante las próximas horas —respondo, aceptando la copa que me ofrece un camarero que pasa cerca en el momento perfecto, casi como si el universo entero estuviera confabulado para asegurarse de que tuviera algo con qué distraerme.

La cena transcurre entre presentaciones interminables de familiares que no conozco, brindis improvisados de tíos entusiastas que claramente han bebido considerablemente más rebujito del recomendado, y la tarea interminable de fotografiar cada momento que Diego cumple con una profesionalidad que, a regañadientes, admiro genuinamente.

Lo observo trabajar desde la distancia segura de mi silla, moviéndose entre las mesas con la cámara pegada al rostro, capturando risas genuinas y lágrimas de emoción anticipada con esa precisión que siempre lo caracterizó, y recuerdo, con una punzada incómoda que preferiría evitar, todas las veces que lo vi hacer exactamente esto durante nuestros años juntos: perderse completamente en el acto de capturar un momento, olvidando temporalmente todo lo demás a su alrededor, incluida yo misma en ocasiones.

—Está bueno, ¿verdad? —dice una voz a mi lado, y me giro para encontrar a Carmen, la hermana pequeña de Marina, mirando descaradamente en la misma dirección que yo, sin ninguna vergüenza aparente por su falta total de sutileza—.

Diego, quiero decir. Siempre pensé que erais la pareja más guapa que conocía, en todo el círculo de amigos combinado.

—Carmen.

—¿Qué? Es un hecho objetivo y verificable por cualquier persona con ojos funcionales. —Se encoge de hombros, sin ningún rastro de vergüenza por el comentario directo—. ¿Nunca pensaste en intentarlo de nuevo con él? Han pasado años ya, suficientes para que las cosas cambien considerablemente.

—Han pasado años porque las cosas terminaron por una buena razón, Carmen, aunque nunca he estado completamente segura de cuál fue esa razón exacta.

—¿Cuál razón exactamente? Nunca nos contaste los detalles completos, ni tú ni él.

Un día estabais juntos, felices, planeando mudaros juntos a Barcelona con todos esos planes elaborados, y al siguiente él se había ido a Argentina sin ninguna despedida apropiada y tú llorabas en mi sofá durante todo un fin de semana sin explicar absolutamente nada a nadie, ni siquiera a Marina, que se moría de curiosidad.

La pregunta directa me toma desprevenida, precisamente porque nunca he encontrado una respuesta satisfactoria para dármela ni siquiera a mí misma después de tanto tiempo procesándolo en privado.

—Es complicado —digo finalmente, la respuesta genérica que he perfeccionado durante cinco años enteros de evitar esta conversación exacta con cualquiera que se atreviera a preguntarla directamente.

—Todo el mundo dice siempre que es complicado cuando en realidad no quiere hablar del tema.

—Carmen me mira con esa perspicacia inesperada de los veinte años, cuando todavía no se ha aprendido completamente a fingir que no se nota lo obvio, cuando la honestidad brutal todavía parece la única opción razonable disponible—.

Pero desde aquí, Nora, observándoos toda la noche, no parece tan complicado en absoluto.

Parece que los dos seguís completamente enamorados y que ninguno de los dos tiene el valor suficiente de admitirlo abiertamente, ni siquiera ante sí mismos.

Antes de que pueda formular alguna respuesta apropiada a esa acusación devastadoramente precisa, Diego aparece a mi lado con la cámara colgada del cuello y una expresión que sugiere que ha escuchado, como mínimo, el final incómodo de la conversación entre Carmen y yo.

—Marina quiere una foto de todos los padrinos juntos —dice, evitando cuidadosamente mi mirada directa—. En la fuente del patio, dice que la luz ahí es "absolutamente perfecta" según sus propias palabras exactas.

Nos organizamos junto a la fuente central, rodeados de las demás damas de honor y padrinos vestidos elegantemente, y cuando el fotógrafo oficial —contratado específicamente para liberar a Diego de sus obligaciones fotográficas durante las fotos grupales, aunque él mismo insiste en supervisar cada ángulo con considerable minuciosidad— nos indica que nos acerquemos más para que quepamos todos en el encuadre, siento la mano de Diego posarse brevemente en mi cintura, un gesto puramente mecánico necesario para la composición de la foto, y aun así mi cuerpo entero reacciona con una intensidad que considero, francamente, una traición absoluta de mi propio sistema nervioso que debería saber comportarse mejor a estas alturas.

—Sonríe —murmura, tan bajo que solo yo puedo escucharlo entre el bullicio general de la celebración—. Pareces que estás en un funeral solemne, no en una celebración alegre de boda.

—Estoy sonriendo, técnicamente.

—Estás enseñando los dientes de una manera que sugiere amenaza inminente, no alegría genuina compartida.

A pesar de mí misma, siento que la comisura de mis labios se curva genuinamente, sin ningún esfuerzo consciente de mi parte, y el fotógrafo capta el momento exacto en que mi expresión pasa de la hostilidad calculada a algo considerablemente más real y espontáneo.

—Perfecta —dice el fotógrafo, sin saber exactamente lo que acaba de capturar en ese instante fugaz—. Siguiente pose, por favor.

Cuando finalmente terminan las fotos y podemos volver a nuestras respectivas esquinas seguras de la fiesta, cada uno a su propia distancia estratégica, Diego se detiene un momento, como si quisiera decir algo más, algo importante que se atasca antes de encontrar la salida apropiada, antes de pensarlo mejor y alejarse hacia el bar improvisado del patio, dejándome sola con mis propios pensamientos revueltos.

Me quedo ahí, junto a la fuente, sintiendo el fantasma cálido de su mano todavía en mi cintura como una marca invisible, y pienso, con una honestidad que solo el rebujito parece capaz de extraerme sin ninguna resistencia efectiva, que Carmen tal vez tiene considerablemente más razón de la que me gustaría admitir en voz alta ante nadie, ni siquiera ante mí misma en la privacidad de mis propios pensamientos.