Lo Que Dejamos en Sevilla CAPÍTULO 2 — DIEGO
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CAPÍTULO 2 — DIEGO

El apartamento en Triana tiene exactamente un dormitorio.

Lo descubro en cuanto Nora abre la puerta y se queda inmóvil en el umbral, mirando la cama de matrimonio que domina la única habitación disponible con una expresión que reconozco perfectamente: la misma que ponía cuando algo salía completamente mal en un reportaje y tenía que reescribir todo desde cero, cinco minutos antes de la entrega, con esa mezcla particular de pánico controlado y determinación feroz que siempre encontré, incluso entonces, considerablemente atractiva.

—Hay un sofá —digo, con más optimismo del que siento genuinamente, mirando hacia el pequeño sofá de dos plazas apretujado contra la pared del salón, entre una estantería llena de guías turísticas olvidadas y una planta que claramente necesita atención urgente—.

Puedo dormir ahí. No hay ningún problema real.

—Ese sofá mide metro y medio, Diego. Tú mides casi metro noventa. Las matemáticas básicas no están de tu lado en este escenario particular.

—He dormido en peores condiciones, créeme.

—Y es cierto, aunque no pienso mencionar específicamente las circunstancias: cinco años cubriendo historias en lugares donde un sofá incómodo habría representado un lujo considerable comparado con el suelo de una furgoneta destartalada o un saco de dormir extendido sobre roca volcánica todavía tibia por el sol del día anterior.

Nora deja caer su maleta con un golpe seco sobre el suelo de baldosas sevillanas, ese sonido cerámico particular que solamente estas casas antiguas producen, y durante un momento me permito observarla sin que se dé cuenta, algo que llevo evitando cuidadosamente desde el aeropuerto con una disciplina que me sorprende a mí mismo.

Lleva el pelo más corto de lo que recuerdo, cortado justo por encima de los hombros de una manera que enmarca su rostro con una nitidez nueva, y hay una seguridad diferente en la manera en que ocupa el espacio, algo que no tenía a los veintitrés años cuando la conocí por primera vez en una fiesta universitaria que ninguno de los dos quería estar realmente atendiendo.

Sigue siendo, de manera completamente inconveniente para mis propósitos declarados de mantener la compostura durante los próximos siete días, la mujer más interesante que he conocido nunca, en ningún continente, en ninguna de las ciudades que he recorrido buscando historias que contar con mi cámara.

—Voy a llamar a Marina —anuncia, sacando el teléfono con una determinación que reconozco como el preludio inequívoco de una confrontación telefónica considerable—.

Tiene que haber algún error administrativo en la reserva.

Quizás alguien confundió los nombres, o el hotel se equivocó al asignar habitaciones.

La llamada dura exactamente noventa segundos, y por la expresión de Nora puedo seguir toda la conversación sin necesidad de escuchar directamente las palabras de Marina resonando desde el otro lado.

—No hay ningún error —dice finalmente, guardando el teléfono con una violencia contenida que sugiere que preferiría lanzarlo contra la pared más cercana—.

Marina dice, cito textualmente porque quiero que quede constancia exacta de sus palabras exactas, que "ya sois adultos, que hace cinco años que rompisteis, y que si no podéis compartir un apartamento durante una semana entonces claramente hay algo que todavía no habéis resuelto entre vosotros dos, así que mejor lo vais resolviendo ya. "

—Eso suena exactamente a algo que diría Marina, con esa lógica suya imposible de rebatir del todo.

—Suena exactamente a una encerrona deliberada, es lo que suena en realidad.

—Se cruza de brazos, mirándome como si yo tuviera alguna responsabilidad directa en la conspiración evidente de nuestra amiga común, aunque técnicamente ambos somos víctimas igualmente inocentes de la manipulación de Marina—.

¿Sabías algo sobre esto de antemano? ¿Alguna llamada secreta, algún mensaje confidencial que se te haya olvidado mencionar?

—Nora, hasta hace cuarenta minutos yo tampoco sabía que íbamos a compartir apartamento.

Créeme, si hubiera sabido que esto era parte del plan maestro de Marina, habría cancelado mi vuelo inmediatamente y habría mandado el regalo de boda por correo certificado, con una nota de disculpa considerablemente elaborada.

Algo en mi tono, quizás la frustración genuina detrás de la broma, parece ablandarla ligeramente, porque su expresión pierde parte de la hostilidad calculada de los últimos cuarenta minutos, sustituyéndola por algo considerablemente más parecido al cansancio compartido.

—Bien —dice, con un suspiro que suena a rendición parcial, aunque todavía guarda cierta reserva estratégica en la voz—.

Tú te quedas con la cama las primeras tres noches.

Yo me quedo con el sofá torturador. Después cambiamos, y ninguno de los dos se queja del resultado, sin importar cuánto duela la espalda.

—Nora, no voy a dejar que duermas en un sofá que claramente fue diseñado, con toda probabilidad, para alguien de metro sesenta como máximo.

—Y yo no voy a aceptar caridad de un hombre que hace cinco años desapareció sin siquiera una llamada de despedida apropiada, así que supongo que ambos vamos a tener noches considerablemente incómodas esta semana, Diego, y vamos a tener que aprender a vivir con eso.

El comentario aterriza exactamente donde ella pretendía, con la precisión quirúrgica de alguien que lleva años enteros perfeccionando el arte de herir con la menor cantidad de palabras posibles, cada sílaba calculada para maximizar el impacto sin desperdiciar ninguna energía adicional.

Siento el golpe en algún lugar específico del pecho, un dolor familiar que había esperado, ingenuamente, haber superado ya después de tanto tiempo transcurrido, tantos kilómetros recorridos, tantas noches intentando convencerme de que había seguido adelante genuinamente.

—Dijimos sin preguntas sobre el pasado —logro decir finalmente, con la voz considerablemente más controlada de lo que siento en realidad, aunque el esfuerzo por mantener esa compostura me cuesta considerablemente más de lo que estoy dispuesto a admitir.

—No fue una pregunta. Fue una observación fáctica y verificable.

—Nora.

—Diego. —Su voz se suaviza apenas, lo suficiente para que note el esfuerzo consciente detrás, esa lucha visible entre la irritación justificada y algo considerablemente más complicado—.

Lo siento. No debí decir eso de esa manera tan directa.

Estamos aquí para Marina y Tomás, no para reabrir heridas de hace media década que ninguno de los dos está preparado para procesar completamente en un apartamento diminuto de Triana.

Asiento, aunque el silencio que sigue está cargado de todo lo que ninguno de los dos está diciendo, cada palabra no pronunciada ocupando el espacio reducido del apartamento con una presencia casi física, palpable, como si pudiéramos tropezar literalmente con todo lo que dejamos sin resolver.

—Tengo que hacer las fotos del ensayo de la cena de esta noche —digo finalmente, agradecido por tener una excusa profesional legítima para escapar de la tensión creciente—. Voy a revisar el equipo, asegurarme de que las baterías estén cargadas.

—Y yo tengo que confirmar los últimos detalles del itinerario con el coordinador de la boda.

—Saca su portátil de la maleta con una eficiencia que reconozco como su manera particular de imponer orden sobre el caos emocional que amenaza con desbordarse—.

Trabajo separados. Cenamos juntos porque es obligatorio para la imagen de la boda ante los demás invitados.

Y mañana empezamos oficialmente con las tareas de padrinos que Marina nos asignó con tanta minuciosidad.

—Suena como un plan considerablemente sólido, honestamente.

—Es el único plan que tenemos disponible, Diego. No hay ninguna alternativa razonable esperándonos.

Nos instalamos en extremos opuestos del pequeño apartamento, ella en la mesa del comedor con su portátil abierto, yo en el pequeño balcón revisando mis cámaras con una concentración fingida, y mientras el sol de la tarde sevillana empieza a teñir de dorado los tejados de Triana a través de la puerta abierta, el cielo adquiriendo esos tonos cálidos que tanto amaba fotografiar durante nuestros viajes juntos hace años, pienso, no por primera vez desde que la vi cruzar la sala de llegadas del aeropuerto, en cuánto tiempo voy a lograr mantener el secreto que llevo cargando durante cinco años enteros, ahora que estoy encerrado con ella en cuarenta metros cuadrados durante los próximos siete días sin ninguna vía de escape real.