Lo Que Dejamos en Sevilla CAPÍTULO 1 — NORA
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Lo Que Dejamos en Sevilla

Lo Que Dejamos en Sevilla

Por Sofia Marchena

© inepub.com

CAPÍTULO 1 — NORA

Hay tres reglas que me he prometido seguir durante esta semana en Sevilla.

Regla número uno: no beber más de dos copas de rebujito por evento, porque el rebujito sabe a inocencia y actúa como una emboscada líquida, dulce y traicionera, exactamente del tipo que te hace decir cosas que preferirías haber guardado para ti misma.

Regla número dos: sonreír educadamente en cada foto sin que se me note en los ojos que estoy calculando mentalmente cuántas horas faltan para poder volver al apartamento y quitarme los tacones que ya empiezan a protestar contra mis pies incluso antes de haber salido del aeropuerto.

Regla número tres, la más importante de todas, la que llevo repitiéndome como un mantra desde que confirmé mi vuelo hace semanas: bajo ninguna circunstancia, ni siquiera después del rebujito prohibido, voy a pensar en Diego Salcedo como algo más que el padrino incómodo con el que tengo que coordinar logística de boda durante los próximos siete días.

Llevo exactamente cuarenta minutos en Sevilla y ya he roto la regla número tres cuatro veces.

—Nora Aguilar. —Su voz llega antes que él, cruzando la sala de llegadas del aeropuerto con esa cadencia particular que todavía reconozco en cualquier multitud, como una canción que juré haber olvidado pero que mi cuerpo entero recuerda perfectamente, nota por nota, sin necesidad de que mi mente consciente coopere en absoluto—.

Cinco años y sigues aparentando que el equipaje de mano no te vence en el peso permitido.

Me giro, despacio, dándome un segundo extra para recomponer la expresión antes de que él pueda leer nada revelador en mi rostro, y ahí está él: Diego, más alto de lo que mi memoria traicionera había decidido conservar durante estos años, con esa sonrisa torcida que en su momento me pareció el centro exacto del universo y que ahora, en teoría, no debería significar absolutamente nada para mí.

Lleva una camisa de lino arrugada de una manera que en cualquier otra persona parecería descuido y que en él, inevitablemente, parece estilo deliberado.

—Diego. —Mi voz sale considerablemente más serena de lo que me siento por dentro, un logro del que me siento moderadamente orgullosa dadas las circunstancias—.

Qué sorpresa verte aquí, como si Marina y Tomás no nos hubieran puesto expresamente en el mismo vuelo desde Madrid, con asientos contiguos, por si acaso alguno de los dos tuviera la tentación de fingir que no nos habíamos visto.

—Lo sé. —Se pasa una mano por el pelo, un gesto que reconozco con una punzada incómoda de familiaridad, el mismo gesto exacto que hacía cuando estaba nervioso frente a una cámara importante o frente a mí, en los viejos tiempos—.

Intenté cambiarme de asiento discretamente en el mostrador, antes incluso de embarcar.

El vuelo estaba completo. La azafata me miró como si estuviera loco por querer cambiarme de la fila de emergencia con espacio extra para las piernas.

—Qué considerado de tu parte, intentarlo de todos modos.

—Nora.

—Diego.

Nos quedamos ahí, en medio del aeropuerto de Sevilla, con el bullicio de otros pasajeros fluyendo a nuestro alrededor como agua alrededor de dos piedras testarudas, midiéndonos mutuamente como dos boxeadores esperando la campana del primer asalto, hasta que un mensaje de Marina ilumina mi teléfono con una urgencia que agradezco profundamente por primera vez en mi vida entera.

*¡¡¡Están en el aeropuerto juntos!!! Recojan las llaves del apartamento en la recepción de Triana, dirección adjunta. Nos vemos en la cena de bienvenida a las nueve. OS QUIERO MUCHÍSIMO A LOS DOS, gracias por hacer esto posible, sois los mejores padrinos del mundo entero.*

—¿Qué apartamento? —pregunto, aunque ya sospecho la respuesta antes de que Diego termine de leer su propio teléfono con una expresión que pasa, en cuestión de segundos, de la confusión genuina a algo considerablemente más parecido al pánico contenido.

—Marina mencionó hace semanas que había reservado alojamiento para los padrinos —dice lentamente, como si cada palabra le costara un esfuerzo físico considerable, como si estuviera desactivando una bomba con las manos temblorosas—.

Asumí, sin ninguna razón particular más allá de la lógica básica, que serían habitaciones separadas. O al menos apartamentos separados.

—Por supuesto que asumiste eso. Yo también lo asumí, con la misma confianza ciega.

Sacamos nuestros teléfonos casi simultáneamente, en un gesto casi coreografiado que resultaría cómico en cualquier otro contexto, y el mensaje de confirmación que encuentro me confirma exactamente lo que ya temía en el fondo: un solo apartamento, en el corazón de Triana, con una sola dirección, reservado hace meses bajo el nombre conjunto de "Padrino y Madrina — Boda Marina & Tomás", como si nuestros anfitriones jamás hubieran considerado, ni por un segundo, la posibilidad de que dos personas que fueron pareja durante tres años completos y que ahora apenas se hablan pudieran necesitar, quizás, espacios separados para sobrevivir emocionalmente a una semana entera de proximidad forzada.

—Voy a matarlos —digo, sintiendo que la vena de la sien empieza a palpitar con una regularidad preocupante—. Los voy a matar a los dos, el día de su propia boda, con mucho cariño, por supuesto, pero definitivamente los voy a matar.

—Podríamos pedir un hotel alternativo —sugiere Diego, aunque su tono sugiere que él tampoco cree del todo en esa solución, que la está proponiendo más por cortesía que por convicción genuina—. Explicarles la situación con calma.

—¿Y decirles exactamente qué? ¿"Oye, Marina, sé que llevas meses planeando esta boda con una precisión que asusta a cualquier persona razonable, pero resulta que tu padrino y tu madrina de honor tuvieron una ruptura catastrófica hace cinco años que ninguno de los dos ha superado del todo, así que necesitamos habitaciones separadas para no tener que fingir civilidad las veinticuatro horas del día durante toda la semana previa a tu boda"?

Diego hace una mueca, evidentemente reconociendo la precisión incómoda de mi resumen, tan exacta que casi duele escucharla en voz alta en un aeropuerto lleno de desconocidos.

—Cuando lo pones así, suena considerablemente más dramático de lo que...

—Es exactamente así de dramático, Diego. Tú lo sabes tan bien como yo, no finjas lo contrario ahora.

Se queda en silencio un momento, sopesando algo detrás de sus ojos, antes de hablar con una cautela que no recordaba en él, esa versión más despreocupada de sí mismo que conocí hace años, siempre segura, siempre lista con una broma para aliviar cualquier tensión.

—Podemos hacerlo funcionar durante una semana, Nora. Somos adultos, técnicamente. Compartimos apartamento, cumplimos con nuestras obligaciones de boda, y en siete días exactos cada uno vuelve a su vida sin ningún drama adicional que reportar.

—Fácil de decir.

—Fácil de decir —coincide, con una sombra de la sonrisa antigua cruzando su expresión, apenas un instante, apenas suficiente para que mi estómago dé un vuelco inoportuno—.

Pero también es lo único razonable que tenemos disponible en este momento, a menos que quieras arruinar la boda de dos de nuestros mejores amigos con una explicación considerablemente incómoda sobre nuestro pasado compartido, justo antes de que caminen hacia el altar.

Tiene razón, evidentemente, y odio que la tenga, con esa irritación específica reservada solamente para las ocasiones en que Diego Salcedo demuestra tener sentido común justo cuando yo preferiría seguir enfadada sin ninguna interrupción lógica que complicara mi indignación perfectamente cultivada.

—Está bien —digo finalmente, recogiendo mi maleta con más fuerza de la estrictamente necesaria, como si la rueda defectuosa tuviera la culpa de todo lo demás—.

Una semana. Apartamento compartido. Civilidad forzada.

Pero establecemos reglas básicas, y esta vez las vamos a respetar de verdad, sin excepciones convenientes.

—¿Reglas?

—Reglas, Diego. Nada de conversaciones sobre el pasado. Nada de preguntas sobre por qué desapareciste sin ninguna explicación hace cinco años exactos. Solamente logística de boda, cortesía superficial, y contar los días hasta que esto termine oficialmente.

Algo cruza su expresión al mencionar la palabra "desapareciste", algo que no logro identificar del todo antes de que recupere su compostura habitual, esa fachada profesional pulida que probablemente perfeccionó durante años de fotografiar extraños en situaciones incómodas.

—Trato hecho —dice, aunque su voz suena considerablemente menos segura de lo que sugieren sus palabras cuidadosamente elegidas—. Sin preguntas sobre el pasado. Lo prometo solemnemente.

Salimos juntos del aeropuerto hacia el calor abrasador de Sevilla en pleno junio, el aire denso y dorado envolviéndonos como una advertencia sensorial sobre lo que se avecina durante los próximos días, cada respiración cargada de ese olor particular a asfalto caliente y azahar que solamente el sur de España parece capaz de producir con tanta intensidad.

Mientras subimos al taxi que nos llevará hacia Triana, hacia el apartamento compartido que ninguno de los dos pidió ni planeó ni quiso remotamente, hacia siete días enteros de proximidad forzada con el hombre que rompió mi corazón sin ninguna explicación satisfactoria, entiendo con una claridad incómoda que se asienta en mi estómago como plomo que las reglas que me prometí seguir esta semana ya están, de alguna manera perversa, completamente condenadas desde el principio mismo.