CAPÍTULO 8 — DIEGO
Despierto antes que Nora, con el sol apenas filtrándose entre las persianas del apartamento, dibujando líneas doradas sobre el suelo de baldosas, y me quedo tumbado en el sofá diminuto que efectivamente resultó ser una tortura considerable para mi espalda durante las últimas dos noches, pensando cuidadosamente en cómo empezar exactamente la conversación que llevo cinco años enteros evitando con toda mi capacidad de evasión perfeccionada.
No hay ningún evento oficial de boda hasta la tarde, un respiro deliberado que Marina incluyó en el itinerario "para que todos podáis descansar antes de la locura final", según su propia nota adjunta al calendario compartido, y cuando Nora finalmente sale del dormitorio, todavía en pijama, con el pelo revuelto de una manera que encuentro completamente inconveniente para mi capacidad de concentración racional, sé que este es probablemente el momento que estuve esperando, sin más excusas disponibles para posponerlo.
—Buenos días —dice, dirigiéndose directamente hacia la cafetera con la eficiencia automática de alguien que necesita cafeína antes de cualquier interacción humana significativa, sin siquiera mirarme completamente todavía.
—Buenos días. —Me incorporo del sofá, sintiendo cada músculo de mi espalda protestar audiblemente por las noches incómodas—. ¿Tienes tiempo hoy? Antes de que empiece la locura de esta tarde con los preparativos finales.
Ella se detiene, la cafetera burbujeando suavemente detrás de ella, el aroma del café llenando gradualmente el espacio pequeño, y me mira con una expresión que reconoce inmediatamente lo que estoy preguntando realmente, sin necesidad de más explicación.
—Sí. Tengo tiempo, por supuesto.
Caminamos juntos hasta el Parque de María Luisa, un espacio verde considerablemente más tranquilo que las calles bulliciosas del centro, con senderos sombreados por árboles centenarios y el sonido distante de fuentes ornamentales, y nos sentamos en un banco bajo la sombra generosa de unos árboles particularmente frondosos, lejos de turistas y de obligaciones de boda y de cualquier distracción que pudiera posponer, una vez más, esta conversación pendiente que ambos sabemos inevitable.
—Está bien —dice Nora, con las manos entrelazadas sobre el regazo, una postura que reconozco como su manera de prepararse para malas noticias, esa rigidez defensiva que aprendió probablemente para protegerse—. Cuéntame, estoy escuchando.
Respiro profundamente, sintiendo el peso de cinco años enteros de silencio acumulado presionando contra mi pecho como una losa.
—Cuando me ofrecieron el trabajo en Buenos Aires, no fue una sorpresa repentina como te hice creer entonces. Llevaba semanas enteras en conversaciones con la agencia, sabiendo perfectamente que probablemente me lo ofrecerían tarde o temprano.
—¿Sabías desde antes? ¿Antes de que yo mencionara lo de mudarnos juntos a Barcelona en aquella cena?
—Sí, lo sabía.
Veo el dolor cruzar su expresión, rápido pero innegable, una sombra que atraviesa sus facciones antes de que pueda controlarla completamente, y continúo antes de perder el valor necesario para terminar completamente la historia que llevo tanto tiempo guardando.
—Nora, mis padres se divorciaron cuando yo tenía catorce años, después de un matrimonio que empezó exactamente como el nuestro: intenso, apasionado, la clase de amor que sientes que puede superar absolutamente cualquier obstáculo imaginable.
Y los vi destruirse mutuamente durante años enteros, primero en silencio incómodo, después con gritos que se escuchaban por toda la casa hasta altas horas de la noche, hasta que finalmente todo terminó en un divorcio tan amargo que todavía hoy, quince años después, apenas se hablan en las bodas familiares, evitándose cuidadosamente en cada evento compartido.
—Diego...
—Cuando mencionaste lo de Barcelona, lo de formalizar completamente lo nuestro, sentí un pánico que no supe cómo procesar apropiadamente en ese momento.
No porque no te quisiera con toda la intensidad que era capaz de sentir entonces.
Te quería más de lo que había querido a nadie en toda mi vida hasta ese punto.
Sino precisamente porque te quería tanto que la idea de repetir lo que vi con mis padres, de eventualmente destruir algo tan genuinamente hermoso entre nosotros, me aterraba más que cualquier otra cosa que hubiera enfrentado antes en mi vida adulta.
Nora se queda en silencio, procesando cuidadosamente cada palabra con esa concentración intensa que siempre la caracterizó, sus ojos brillando con una emoción que no logro identificar completamente, algo entre el dolor y una comprensión incipiente.
—Así que en vez de hablarlo conmigo, en vez de darme la oportunidad de entender genuinamente tus miedos, simplemente huiste sin ninguna palabra.
—Sí. —La palabra sale con una honestidad brutal que llevaba años enteros evitando pronunciar en voz alta—.
Acepté el trabajo sin decírtelo hasta que ya era demasiado tarde para negociar cualquier alternativa razonable entre nosotros.
Y luego, en vez de tener la conversación difícil que merecías escuchar de mi parte, dejé una nota cobarde sobre la mesa de la cocina y me fui, convenciéndome a mí mismo de que era más fácil para los dos si simplemente desaparecía sin ninguna explicación complicada que enfrentar.
—Cinco años, Diego. Pasé cinco años enteros preguntándome qué había hecho mal, reproduciendo mentalmente cada conversación que tuvimos las últimas semanas juntos, buscando obsesivamente alguna señal que hubiera podido perderme sobre tu infelicidad genuina.
—No fue tu culpa en absoluto, Nora. Nunca lo fue, ni por un segundo. Fue completamente mi propio miedo, mi propia cobardía profunda, mi incapacidad completa de confiar en que lo nuestro pudiera ser genuinamente diferente de lo que viví con mis padres durante tantos años de conflicto constante.
Ella se levanta del banco, caminando unos pasos hacia el estanque cercano donde algunos patos nadan despreocupadamente, dándome la espalda mientras procesa evidentemente toda la información recién revelada, sus hombros tensos bajo la luz filtrada de la mañana.
La sigo con cautela, deteniéndome a una distancia respetuosa, sin querer invadir el espacio que claramente necesita en este momento.
—Todo este tiempo —dice finalmente, sin girarse hacia mí, su voz apenas audible por encima del sonido del agua—, pensé que simplemente habías dejado de quererme lo suficiente. Que encontraste algo mejor en Argentina, alguna vida más emocionante que la que teníamos planeada juntos aquí.
—Nora, mírame, por favor. —Espero hasta que finalmente se gira, con los ojos húmedos de una emoción que reconozco como una mezcla compleja de dolor antiguo y algo considerablemente más esperanzador brillando debajo—.
Nunca encontré nada mejor que lo que teníamos juntos.
Ni en Argentina, ni en ningún otro lugar durante los últimos cinco años enteros de mi vida.
Simplemente fui demasiado cobarde para luchar por eso cuando más importaba, cuando todavía había tiempo de arreglarlo entre nosotros.
—¿Por qué me lo cuentas ahora? Después de cinco años enteros de silencio absoluto, ¿por qué precisamente ahora, en medio de la boda de nuestros mejores amigos, con todas estas complicaciones logísticas de por medio?
—Porque compartir este apartamento contigo durante los últimos días, verte reír de nuevo genuinamente, recordar exactamente por qué me enamoré de ti en primer lugar hace tantos años...
me hizo entender que el miedo que sentí hace cinco años no desapareció completamente con el tiempo.
Simplemente aprendí a vivir con él en silencio, enterrándolo bajo trabajo constante y distancia geográfica.
Pero prefiero, con toda honestidad que puedo reunir, enfrentar ese miedo directamente contigo ahora, aunque signifique arriesgarme a que me odies completamente por lo que hice, que seguir viviendo con el arrepentimiento constante de no haberte dado nunca la explicación que merecías escuchar.
Nora se queda en silencio durante un momento prolongado, las lágrimas finalmente cayendo libremente por su rostro sin ningún intento de contenerlas, y siento que el corazón se me detiene completamente esperando su respuesta, cada segundo estirándose interminablemente.
—Necesito tiempo para procesar todo esto, Diego —dice finalmente, con una voz considerablemente más suave de lo que esperaba dada la magnitud de la revelación—. Es mucha información de golpe, después de cinco años enteros preguntándome exactamente esto sin ninguna respuesta.
—Lo entiendo completamente, tómate todo el tiempo que necesites, sin ninguna presión de mi parte.
—Pero gracias —añade, sorprendiéndome genuinamente con esa palabra inesperada—. Por finalmente contármelo, aunque duela considerablemente escucharlo. Prefiero definitivamente la verdad completa, por dolorosa que sea, a seguir viviendo con la incertidumbre constante de los últimos cinco años.
Asiento, sintiendo una mezcla extraña de alivio profundo y terror ante la incertidumbre de lo que viene después, mientras caminamos de vuelta hacia el apartamento en un silencio considerablemente más cargado que el de esta mañana, cada uno perdido en sus propios pensamientos sobre lo que significa exactamente esta verdad recién revelada para el resto de la semana que todavía tenemos por delante juntos, y para lo que sea que venga después de que termine oficialmente.