Capítulo 19
La palabra que llevaba meses esperando
La cita era a las nueve de la mañana, en la consulta de oncología del hospital de Girona, y Elena no había dormido casi nada la no‐ che anterior, no por miedo esta vez sino por una especie de vibra‐ ción interna que no la dejaba quieta,
como un edificio que tiembla un instante antes de que se confirme si el terremoto ha sido grande o pequeño.
—Vas a hacerte un agujero en la alfombra —dijo Martín, sen‐ tado en el borde de la cama, viéndola caminar de un lado a otro de la habitación mientras se anudaba la bufanda por tercera vez—. Ven aquí.
—No puedo estarme quieta.
—Elena.
Ella se detuvo, al fin, y lo miró: vestido, con más color en la cara del que había tenido en meses, el pelo empezando a asomar en una pelusa oscura y suave sobre el cráneo que ella ya no podía evi‐ tar tocar cada vez que pasaba cerca,
como quien comprueba que un brote nuevo sigue ahí después de la helada.
—Pase lo que digan hoy —dijo él, con esa calma que había ido ganando semana a semana, una calma que a Elena le parecía casi milagrosa después de haberlo visto deshecho de miedo tantas veces —, hemos llegado hasta aquí juntos. Eso ya es una victoria, se con‐ firme lo que se confirme ahí dentro.
—Ya lo sé. —Elena se sentó junto a él y le cogió la mano, esa mano con las cicatrices de cocina que ella conocía cicatriz por cica‐ triz—. Pero quiero que hoy sea la victoria de verdad, Martín. Quiero que se acabe.
—Yo también.
Se quedaron un momento así, en silencio, cogidos de la mano en el borde de la cama, respirando el mismo aire cargado de expecta‐ ción, hasta que Raúl tocó el claxon del coche desde la calle —había insistido en llevarlos él, "porque alguien tiene que conducir con la cabeza fría hoy,
y los dos la tenéis puesta en otro sitio"— y el mo‐ mento se rompió en la urgencia práctica de coger las llaves, la cha‐ queta, el bolso con todos los informes anteriores por si los pedían.
*
La sala de espera de oncología no se parecía en nada a la sala sin ventanas de urgencias donde Elena había pasado la peor noche de su vida.
Tenía ventanales grandes que dejaban entrar la luz de noviembre, plantas de plástico que alguien había intentado hacer pasar por reales, y una máquina de café que Raúl insistió en probar "porque si vamos a esperar, que sea con algo caliente en la mano, aunque sepa a rayos."
Lucía llegó diez minutos después, sin haber podido cerrar del todo el restaurante, todavía con el delantal asomando bajo el abrigo porque no había tenido tiempo ni de cambiarse.
—No me lo perdería por nada —dijo, sentándose junto a Elena y cogiéndole la mano libre, formando una cadena entre los cuatro que Elena sintió, en ese momento, como el armazón invisible que había sostenido todo el proceso desde el principio: Martín en el centro, y alrededor de él,
sosteniéndolo sin que él tuviera que pe‐ dirlo, esta gente.
Cuando llamaron a Martín, los cuatro se pusieron de pie a la vez, y la enfermera, con una sonrisa comprensiva, dijo que solo po‐ día pasar el paciente y un acompañante.
—Ve tú —dijo Lucía a Elena, sin dudarlo—. Nosotros espera‐ mos aquí. Ya me lo contarás todo con pelos y señales.
Elena entró con Martín, con el corazón latiéndole tan fuerte que temió, absurdamente, que la oncóloga pudiera oírlo desde el otro lado de la mesa.
*
El doctor Aguilar los recibió con la carpeta ya abierta sobre el escritorio, los estudios de imagen recientes desplegados en la pan‐ talla del ordenador.
Era un hombre de unos cincuenta años, con una voz calmada que a Elena, tras meses de citas, ya le resultaba fami‐ liar, casi reconfortante en su neutralidad profesional.
—Bien, Martín. —El doctor se puso las gafas, revisando los pa‐ peles—. Hemos completado el ciclo de tratamiento y tenemos ya los resultados de la última prueba de imagen y de los marcadores.
Elena sintió que Martín, a su lado, se tensaba, y le apretó la mano bajo la mesa, un gesto pequeño que decía todo lo que las pa‐ labras no llegaban a tiempo de decir.
—Los estudios muestran ausencia completa de actividad tumo‐ ral.
—El doctor levantó la vista de los papeles, y algo en su expre‐ sión, esa neutralidad profesional que llevaba meses acompañándo‐ los, se abrió por un instante en algo más cálido, más humano—.
Los marcadores están dentro de rango normal. No hay evidencia de enfermedad activa.
El silencio que siguió tuvo la densidad de todo lo que no se dice de inmediato porque el cuerpo necesita un segundo entero para pro‐ cesar que la palabra que ha estado temiendo y esperando en igual medida por fin ha llegado.
—¿Eso significa...? —empezó Martín, con la voz quebrada, in‐ capaz de terminar la pregunta.
—Significa que está usted en remisión completa, Martín.
La palabra cayó en la habitación como algo físico, como una piedra lanzada a un estanque en calma, y Elena sintió que las ondas de esa piedra le llegaban al pecho, al estómago, a las piernas, todo a la vez, un temblor que no sabía si era de risa o de llanto porque, de nuevo,
en la intensidad exacta de ese momento, las dos emocio‐ nes eran indistinguibles.
—Remisión completa —repitió Martín, como si necesitara oír las dos palabras juntas otra vez, en su propia voz, para empezar a creérselas.
—Completa —confirmó el doctor, con una sonrisa que ya no te‐ nía nada de profesional distante, sino toda la calidez de alguien que también, después de meses acompañando un caso difícil, se permi‐ tía alegrarse—.
Seguiremos con controles periódicos, como es ha‐ bitual, pero a día de hoy, Martín, no hay rastro de la enfermedad en su cuerpo.
Elena no pudo contener el sollozo que le subió por la garganta, un sollozo que era pura alegría, sin ninguna sombra de tristeza, y sintió cómo Martín le apretaba la mano con una fuerza que ya no era de miedo sino de una euforia que no encontraba otro cauce.
—Gracias —dijo él, con la voz deshecha, mirando al doctor—. Gracias por todo.
—El mérito es suyo, Martín. Usted ha hecho el trabajo difícil. Yo solo elegí el tratamiento.
Salieron de la consulta cogidos de la mano, y en cuanto Lucía y Raúl vieron sus caras —esas caras que ya no sabían disimular nada, que llevaban la noticia escrita entera en cada gesto— no hizo falta ni una palabra.
Lucía se levantó de un salto y cruzó la sala de es‐ pera corriendo, con los brazos abiertos, y Raúl, detrás de ella, dejó escapar un grito de alegría que hizo que dos enfermeras asomaran la cabeza por una puerta cercana, alarmadas primero y sonrientes después, cuando entendieron de qué se trataba.
—¡Remisión! —gritó Lucía, abrazando a su hermano con tanta fuerza que él tuvo que pedirle, entre risas, que tuviera cuidado con las costillas—. ¡Remisión completa, joder, Martín!
—Cuidado con el vocabulario, que estamos en un hospital — dijo Raúl, abrazándolos a los dos a la vez, con lágrimas abiertas que no intentó disimular—. Aunque la verdad, hoy me da igual todo. ¡Remisión completa!
*
La noticia llegó al pueblo antes de que el coche de Raúl hubiera terminado de aparcar frente a La Sal.
Doña Carmen, que llevaba se‐ manas siendo el canal de comunicación más rápido y menos oficial de todo el Empordà, ya estaba en la puerta del restaurante cuando llegaron, con las manos en la cara y los ojos llorosos.
—¡Me lo ha dicho Teresa, que se lo ha dicho no sé quién de la farmacia, que se lo había dicho Lucía por teléfono desde el coche!
—anunció, sin que nadie le hubiera preguntado nada, abrazando a Martín con una efusividad que a él, más flaco todavía de lo habi‐ tual, casi le sacó todo el aire de los pulmones—.
¡Hijo mío, qué alegría, qué alegría más grande!
—Doña Carmen, todavía no hemos ni entrado por la puerta.
—¡Pues ya está todo el pueblo enterado, así que más vale que entres, porque te hemos preparado algo!
Y así era. La Sal, que llevaba semanas reabierta a medio gas, con turnos reducidos y un Martín todavía convaleciente supervi‐ sando desde su taburete, se había transformado en cuestión de ho‐ ras —Elena nunca llegó a entender del todo cómo se había organi‐ zado tan rápido,
sospechó que Lucía había hecho una sola llamada y el resto se había propagado solo, como el fuego bien alimentado — en el escenario de una fiesta improvisada que parecía llevar se‐ manas de preparación.
Había mesas dispuestas fuera, en la terraza que daba al mar, con manteles blancos que ondeaban con la brisa suave de noviembre.
Había velas encendidas pese a que todavía era de tarde, porque a alguien —seguramente Doña Carmen— le había parecido que la ocasión merecía velas.
Había bandejas de todo lo que el pueblo ha‐ bía ido cocinando durante semanas "por si acaso", ahora reunidas de golpe en una celebración que por fin tenía nombre: croquetas de la panadería, la crema catalana de Doña Carmen,
una paella desco‐ munal que alguien había encargado esa misma mañana con una fe ciega en que las noticias serían buenas, botellas de cava que Teresa había bajado de la bodega de la casa de la abuela de Elena "para cuando hiciera falta, que yo sabía que este día llegaría."
—Teresa. —Elena la abrazó, sintiendo cómo la mujer mayor, tan fuerte siempre, tan sostén de todos, temblaba un poco entre sus brazos—. ¿Cómo has organizado todo esto tan rápido?
—No lo he organizado yo sola, hija. Lo ha organizado el pueblo entero.
Llevamos meses esperando este día sin decirlo en voz alta, por si acaso lo espantábamos con la esperanza.
—Teresa se apartó, secándose los ojos con el dorso de la mano, y sonrió con esa sabi‐ duría cálida que la caracterizaba—.
Las cosas buenas, cuando por fin llegan, hay que recibirlas a lo grande.
Que si no, ¿para qué sirve tanto sufrir por el camino?
*
La fiesta se prolongó hasta bien entrada la noche, con música que alguien puso desde un altavoz portátil, con niños del pueblo correteando entre las mesas,
con Raúl contando por tercera vez la historia del brazo roto de la infancia de Martín a un grupo cada vez más numeroso de vecinos que se reían más fuerte en cada repeti‐ ción.