Capítulo 19 #2
Martín, sentado —todavía se cansaba antes de lo que quería admitir, pero ya nadie lo obligaba a quedarse sentado, ahora se sen‐ taba porque quería disfrutar despacio de cada momento— recibía abrazo tras abrazo, felicitación tras felicitación,
con una expresión en la cara que Elena no le había visto nunca del todo: la de un hom‐ bre que por fin, después de meses de pelear contra su propio cuerpo, se permitía creer que el futuro existía de verdad.
En algún momento de la noche, alguien —nunca se supo bien quién, aunque todas las sospechas apuntaban de nuevo a Doña Car‐ men— pidió silencio golpeando una copa con un tenedor, y el pue‐ blo entero, apretado en la terraza de La Sal, se giró hacia Martín con una expectación que a él le recordó,
absurdamente, al silencio que precede a la salida de un plato en un pase de cocina importante.
—No sé hacer discursos —empezó, con la voz todavía un poco temblorosa, de pie junto a la mesa donde Elena, Lucía y Raúl lo miraban con distintos grados de emoción contenida—. Sé hacer platos. Pero llevo meses queriendo decir algo y creo que esta es la noche, así que allá voy.
Se hizo un silencio total, roto solo por el murmullo suave del mar al fondo y el crepitar de las velas encendidas contra la brisa.
—Hace unos meses tomé una decisión muy mala pensando que era la más generosa que podía tomar.
Le mentí a la persona que más quiero en este mundo, pensando que la estaba protegiendo.
— Miró a Elena, y ella sintió que el corazón se le subía a la garganta —.
Me equivoqué. Y este pueblo entero lo sabe, aunque nadie me lo haya echado en cara, porque este pueblo tiene la generosidad de perdonar antes incluso de que uno se disculpe del todo.
—¡Faltaría más, hijo! —gritó Doña Carmen desde algún punto entre la multitud, arrancando una carcajada colectiva que rompió un poco la tensión del momento.
—Lo que quiero decir —continuó Martín, sonriendo, dejando que la risa se disolviera antes de seguir— es que he pasado los peo‐ res meses de mi vida, y también, sin exagerar nada, los mejores.
Porque en medio de todo ese miedo he tenido a mi hermana lle‐ vando un restaurante entero sobre sus hombros sin quejarse ni una vez delante de mí.
—Lucía se llevó una mano a la boca, ya llorando —.
He tenido a mi mejor amigo viniendo cada semana a escondi‐ das para que no tuviera que pasar por esto solo.
—Raúl levantó su copa, con los ojos brillantes, sin decir nada, porque no hacía falta —.
Y he tenido a Elena, que podría haberse quedado en Madrid, vi‐ viendo una vida tranquila y sin sobresaltos, y en cambio decidió quedarse aquí, con toda la información, sabiendo exactamente lo que le esperaba, y se quedó de todas formas.
Se giró hacia ella del todo, y el resto de la terraza pareció desva‐ necerse un instante, aunque las cien personas seguían ahí, expec‐ tantes, conteniendo la respiración.
—Elena, gracias por elegirme cada día, incluso los días de só‐ tano. Por esto brindo yo esta noche: por la gente que se queda.
—¡Por la gente que se queda! —repitió el pueblo entero, al‐ zando las copas al unísono, y el sonido del brindis, cientos de copas chocando bajo las estrellas de noviembre, le pareció a Elena el ruido más hermoso que había escuchado en su vida.
*
Cuando el discurso terminó y la música volvió a subir de volu‐ men, Lucía se acercó a Elena con dos copas de cava y se sentó junto a ella en el murete bajo que separaba la terraza de la arena.
—Te debo una disculpa antigua —dijo, sin preámbulos, mirando hacia el mar en vez de mirarla a ella, como si fuera más fácil de‐ cirlo así—.
Aquella vez en el mercado, cuando casi te cuento todo y me contuve.
Te traté mal esos meses, Elena. Sabía la verdad y te dejé sufrir sin decir nada, porque se lo había prometido a Martín, y ahora, con todo esto ya superado, pienso en esos meses y me arre‐ piento de cada día que aguanté callada.
—Hiciste lo que tenías que hacer. —Elena le apretó la mano, con una ternura que meses atrás, en esa misma plaza del mercado, le habría parecido imposible sentir hacia esta mujer—. Y al final fuiste tú quien rompió el silencio. Eso es lo que cuenta, Lucía. Eso es lo que siempre voy a recordar.
—Aun así. Perdón.
—Perdonada. —Elena se quedó mirando el mar un momento, y no añadió lo demás que estuvo a punto de decir.
Lucía sonrió, con los ojos todavía húmedos por el discurso de su hermano, y chocó su copa contra la de Elena.
—¿Sabes que eres la única persona que ha conseguido que este idiota hable de sus sentimientos en público, delante de todo el pue‐ blo? En veintisiete años yo no lo había visto nunca.
—Ha tenido mucha práctica este año. Por las malas.
—Por las malas, sí. —Lucía suspiró, mirando hacia donde Mar‐ tín seguía recibiendo abrazos y palmadas en la espalda, todavía flaco, todavía con la pelusa suave sobre el cráneo, pero entero, vivo, riendo con una carcajada que llenaba el aire nocturno—.
Pero mira cómo ha salido, al final. Mira cómo os ha salido a los dos.
—Sí —dijo Elena, siguiendo su mirada, sintiendo que el pecho se le llenaba de algo cálido y sólido a la vez, algo parecido a la cer‐ teza—. Mira cómo nos ha salido.
Elena se sentó un momento apartada, en un extremo de la te‐ rraza, observando la escena entera con esa costumbre suya de tra‐ ducirlo todo a arquitectura: pensó que esa noche, ese pueblo entero reunido para celebrar la vida de un hombre al que todos querían,
era la prueba más hermosa de que existían edificios que no se sos‐ tenían con vigas ni con cemento, sino con algo más simple y más resistente: la gente que decide quedarse, capa sobre capa, hasta for‐ mar un muro capaz de sostener cualquier cosa.
—¿En qué piensas? —Martín se había acercado, con una copa de cava en la mano, y se sentó junto a ella, mirando la misma es‐ cena que ella miraba.
—En que este pueblo te quiere de una manera que no había visto nunca. —Elena apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo el calor de su cuerpo, un calor que ya no era de fiebre sino de vida sencilla y recuperada—. Y en que yo también, por si no había que‐ dado claro después de estos meses.
—Ha quedado clarísimo. —Martín sonrió, y le pasó un brazo por los hombros, atrayéndola más hacia él—. Elena.
—¿Sí?
Él se quedó mirándola un momento largo, con esa mirada que ya no escondía nada, la misma con la que le había confesado toda la verdad semanas atrás, y algo en su expresión hizo que a Elena se le acelerara el corazón de una manera distinta a la alegría de esa tarde, una expectación nueva,
cargada de algo que todavía no tenía nombre pero que ya se adivinaba en el aire, como el olor a lluvia antes de que empiece a caer.
—Hay algo que llevo queriendo decirte desde el hospital —dijo él—. Desde la fiebre. Desde que abrí los ojos y te vi dormida en esa silla horrible.
—Me lo dijiste. Dijiste que había algo, que todavía no ibas a decírmelo.
—Ya no es todavía. —Martín le cogió la mano, y Elena sintió, en el temblor leve de sus dedos, que fuera lo que fuera lo que iba a decir, llevaba meses gestándose dentro de él con la misma pacien‐ cia con la que él reducía sus salsas más complejas, a fuego lento, sin prisa,
hasta encontrar el punto exacto—.
Pero no quiero decír‐ telo aquí, en medio de la fiesta, con Doña Carmen escuchando desde la mesa de al lado fingiendo que no escucha.
Doña Carmen, en efecto, apartó la vista con una rapidez sospe‐ chosa, y Elena soltó una carcajada que le alivió un poco la tensión del pecho.
—¿Entonces cuándo?
Martín se levantó, y le tendió la mano para que ella también se pusiera de pie, con esa sonrisa suya —completa esta vez, sin som‐ bra de miedo detrás, la primera sonrisa entera desde marzo— que le iluminaba toda la cara.
—Pronto —dijo—. Muy pronto. Solo dame unos días más para tener todo listo.
Y mientras la fiesta seguía a su alrededor, con la música y las ri‐ sas y el pueblo entero celebrando la vida recuperada de su chef, Elena sintió que algo en el pecho de Martín, algo que llevaba sema‐ nas cocinándose despacio, estaba a punto de terminar de tomar forma, y que fuera lo que fuera,
ella ya sabía, con esa certeza abso‐ luta que solo dan los edificios bien cimentados, que iba a decir que sí antes incluso de escuchar la pregunta entera.