Capítulo 18 #2
Los días de recuperación trajeron consigo un desfile constante de pueblo entero, cada uno con su manera particular de celebrar sin decir del todo qué celebraban, porque en un pueblo pequeño las no‐ ticias circulan pero el tacto también,
y nadie quería nombrar en voz alta lo cerca que habían estado de perder a Martín Rovira.
Doña Carmen llevó una bandeja de crema catalana "para cele‐ brar, aunque no me preguntéis qué, que ya sabéis que yo me entero de todo tarde o temprano igualmente."
El panadero del pueblo mandó, sin que nadie se lo pidiera, una hogaza recién hecha cada mañana durante una semana entera, "de parte de la casa, que el chef necesita reponer fuerzas."
Incluso el hombre huraño de la ferrete‐ ría, que Martín apenas conocía de saludarlo por la calle, le dejó una caja de herramientas de cocina "por si necesita renovar algo, que estas cosas siempre hacen ilusión."
Elena bajó al mercado del pueblo un sábado por la mañana, la primera vez en semanas que salía a hacer un recado tan trivial como comprar fruta sin llevar encima el peso de una urgencia, y descubrió que la noticia de la mejoría de Martín había corrido más rápido que ella misma.
—¡Elena! —La panadera salió de detrás del mostrador con las manos todavía cubiertas de harina—. Me ha dicho Teresa que el chef ya come normal. ¡Qué alegría, hija, qué alegría!
—Va mejorando, sí.
—Pues llévate esto. —Le metió en la bolsa dos ensaimadas sin cobrárselas, ignorando las protestas de Elena con la autoridad tran‐ quila de quien lleva treinta años vendiendo pan en la misma es‐ quina—. Para que engorde un poco, que está hecho un fideo el pobre.
En la pescadería, el mismo ritual: el pescadero le regaló unas gambas "de las buenas, para el chef, que seguro que las cocina me‐ jor que nadie en el pueblo aunque esté débil todavía."
En la frute‐ ría, Teresa —que llevaba toda la mañana haciendo la ronda de tien‐ das antes que ella, como una especie de heraldo silencioso— ya ha‐ bía avisado a todo el mundo, y Elena volvió a casa con una bolsa que pesaba el triple de lo que había comprado, cargada de regalos disfrazados de compra,
todos con el mismo mensaje sin decir: nos alegramos de que siga aquí.
Fue Doña Carmen, sin embargo, quien llevó la generosidad del pueblo a su culminación más absurda y más entrañable.
Una tarde se presentó en la casa con dos vecinas más, cargadas las tres con bandejas cubiertas de papel de aluminio, y anunció, sin que nadie le hubiera pedido explicaciones, que había organizado "una pequeña encerrona nutricional" para el chef.
—¿Una qué? —preguntó Martín, todavía sentado en el sofá con la manta sobre las rodillas.
—Una encerrona. —Doña Carmen empezó a destapar bandejas sobre la mesa del salón con la eficiencia de un general desplegando tropas—.
Canelones de mi hermana, que le salen mejor que a mí, aunque no se lo digo nunca porque se le sube a la cabeza.
Fricandó de la Montse. Y yo he traído crema catalana, que ya sé que la traigo siempre, pero es que me sale de vicio y no pienso dejar de traerla.
—Doña Carmen, no hace falta que...
—Calla y come, chef, que para una vez que puedo mandarte yo a ti en vez de al revés, no pienso desaprovecharlo.
Martín, entre risas, se rindió sin pelear demasiado, y durante una hora entera la casa se llenó de las voces de tres mujeres mayores discutiendo sobre puntos de cocción y proporciones de canela, mientras Elena, apoyada en el marco de la puerta, sentía que algo en el pecho se le aflojaba del todo,
un nudo que llevaba meses tan apretado que casi había olvidado cómo se sentía sin él: la certeza tranquila de que la vida, poco a poco, volvía a llenarse de cosas pe‐ queñas y ridículas y absolutamente necesarias.
—El pueblo entero se ha vuelto loco —dijo Martín esa noche, mirando la mesa de la cocina llena de tarteras y bandejas que ya no cabían en la nevera—. Vamos a tener que abrir una sucursal de La Sal aquí en casa solo para gestionar la comida que nos traen.
—Es su manera de decir que se alegran de que estés vivo —dijo Elena, sentándose junto a él con dos platos de la crema catalana de Doña Carmen—. El pueblo no sabe hacer discursos bonitos. Sabe hacer croquetas y bizcochos. Es el mismo idioma, solo que traducido.
—¿Y tú? —Martín la miró, con esa mirada suya que ya no es‐ condía nada, que llevaba meses aprendiendo a no esconder nada—. ¿Cómo dices tú que te alegras de que esté vivo?
Elena se quedó pensando un momento, la cuchara suspendida sobre la crema catalana, y sonrió con una sonrisa lenta, cómplice.
—Yo lo digo dejando que uses mis metáforas de arquitectura sin corregirte, aunque las uses fatal.
—No las uso fatal.
—Dijiste el otro día que "la relación estaba bien cimentada". Eso ni siquiera es una metáfora, Martín, es literal.
—Bueno, pues... —Él se quedó pensando, buscando algo mejor, y Elena vio cómo el esfuerzo de encontrar la frase perfecta le ilu‐ minaba la cara con una concentración que hacía meses no le veía dedicar a nada que no fuera sobrevivir el día—.
Nuestra relación es como un fondo bien reducido.
Se ha necesitado mucho tiempo a fuego lento, mucha paciencia, y casi se nos quema un par de veces, pero cuando por fin está en su punto, sabe mejor que cualquier cosa que se hace deprisa.
Elena se rio, una risa que le salió del pecho entero, sin reservas, y le lanzó una servilleta a la cara.
—Eso ha sido horrible.
—Ha sido precioso y lo sabes.
—Ha sido de manual de cocina para principiantes.
—Te has reído.
—Me río de lo malo que eres con las palabras, no de lo que dices.
Pero se acercó a él, despacio, y le apoyó la cabeza en el hombro, sintiendo bajo la mejilla el hueso todavía marcado de su clavícula, más delgada de lo que había sido nunca, y pensó que sí, que tenía razón: habían estado a fuego lento mucho tiempo, habían estado a punto de quemarse más de una vez,
y aun así ahí estaban, los dos, en esa cocina llena de tarteras de vecinos generosos, sabiendo me‐ jor juntos de lo que habían sabido nunca por separado.
*
Una semana después, Raúl llegó una tarde con una botella de cava barato "para celebrar algo, aunque no sepamos exactamente el qué todavía" y los cuatro —Martín, Elena, Lucía y él— se sentaron en el porche de la casa a ver caer la tarde sobre el pueblo,
con las copas llenas y una ligereza en el aire que llevaba meses sin visitarlos.
—¿Sabéis qué echo de menos? —dijo Raúl, con los pies subidos en la barandilla del porche, en una postura que Lucía llevaba rato diciéndole que iba a acabar rompiendo la madera—. Echo de me‐ nos cuando lo peor que nos pasaba era discutir sobre si el Barça iba a fichar bien ese verano.
—Yo echo de menos dormir ocho horas seguidas —dijo Elena.
—Yo echo de menos tener dos cocineros más en plantilla —dijo Lucía.
—Yo no echo de menos nada —dijo Martín, y todos se giraron a mirarlo, sorprendidos por la firmeza inesperada de la frase—. En serio. No cambiaría nada de lo que hemos pasado, porque me ha traído hasta aquí. Hasta este porche. Con vosotros. Con ella.
Se hizo un silencio breve, cálido, de esos que solo existen entre personas que han atravesado algo juntas y ya no necesitan explicárselo.
—Qué cursi te has vuelto desde que casi te mueres —dijo Raúl al fin, rompiendo el momento con una carcajada, y todos se rieron con él, ese tipo de risa que solo se permite después de haber llorado de verdad por lo mismo semanas atrás.
Martín levantó su copa de cava, la primera bebida con alcohol que se permitía en meses, apenas un sorbo simbólico que el médico había aprobado "para ocasiones especiales, con moderación."
—Por la próxima cita médica —dijo—. Por que sea la última. —Por la última —repitieron los demás, brindando, con las co‐ pas chocando en el aire suave de noviembre.
Y mientras el sol terminaba de esconderse detrás de las colinas del Empordà, tiñendo el cielo de ese naranja quemado que Martín siempre había pensado que sabía a caramelo tostado, sintió, por pri‐ mera vez desde marzo, que el futuro no era una amenaza sino una promesa por cumplir.
Faltaba una sola cita más. Una sola confirma‐ ción.
Y después de eso, pensó, mirando de reojo a Elena riéndose de algo que Raúl acababa de decir, con el pelo revuelto por la brisa del atardecer, tenía una pregunta que llevaba semanas guardándose, esperando el momento exacto para hacerla en voz alta.