Capítulo 18
La Sal, a fuego lento
Martín volvió a casa un martes de finales de octubre, con una bolsa de medicamentos nuevos, una fecha para la próxima sesión de qui‐ mio y una sensación extraña, casi olvidada, de que el cuerpo podía sentirse ligero en vez de pesado.
—No corras las escaleras —le dijo Elena, mientras lo ayudaba a bajar del coche frente a la casa, con Lucía sujetándole la bolsa desde el otro lado como si fuera un objeto de valor incalculable en vez de una simple mochila con pijamas.
—No pensaba correrlas.
—Ibas a intentar subir de dos en dos, te conozco.
—Eso ha sido una vez. Hace meses. Cuando estaba bien.
—Y ahora estás mejor que hace una semana, que no es lo mismo que estar bien. —Elena le pasó un brazo por la cintura, con esa mezcla de firmeza y cuidado que había ido perfeccionando du‐ rante semanas de práctica involuntaria—. Un escalón cada vez, chef. Como en tus recetas: no se salta ningún paso.
—Ahora usas mis metáforas contra mí.
—Alguna ventaja tenía que sacar de convivir con un cocinero.
Lucía, subiendo detrás con la bolsa, puso los ojos en blanco con una sonrisa que llevaba días sin aparecer del todo en su cara.
—Sois insufribles los dos. Llevo un mes viviendo entre un hos‐ pital y una cocina y ahora encima tengo que aguantar vuestras cur‐ siladas de escalera.
—Cállate y sube la bolsa, Lucía.
—Sí, chef.
Fue la primera vez en semanas que alguien lo llamó "chef" con humor y no con la cautela preocupada que se había instalado en las voces de todos desde septiembre, y Martín sintió, al oírlo, algo pa‐ recido a reconocerse otra vez.
*
La recuperación no fue una línea recta —nada en esa enferme‐ dad lo había sido nunca— pero sí fue, por fin, una línea que apun‐ taba hacia arriba.
Los días buenos empezaron a superar en número a los días de sótano.
El apetito volvió despacio, primero con cosas suaves —el caldo de Lucía, que ya no rechazaba sino que pedía él mismo, para sorpresa de todos—, luego con algo más de sustancia, hasta que una tarde, dos semanas después del alta,
Martín anunció con una solemnidad que no admitía discusión que quería comer algo que él mismo hubiera cocinado.
—Ni de coña —dijo Lucía, cruzada de brazos en la puerta de la cocina de la casa—. Todavía no puedes estar de pie más de veinte minutos seguidos.
—Puedo sentarme en un taburete.
—Martín.
—Lucía. —Él la miró con esa expresión suya de niño testarudo que Elena reconocía de las fotos de la infancia que Raúl le había enseñado una vez, riéndose, para "que veas que siempre ha sido así, no es cosa de la enfermedad"—.
Llevo mes y medio sin tocar una sartén. Necesito hacerlo. No para el restaurante. Para mí.
Elena, que escuchaba la discusión desde la mesa de la cocina, intervino antes de que Lucía pudiera negarse otra vez.
—¿Y si se sienta en el taburete y yo hago lo que él me diga?
Ambos hermanos la miraron con la misma expresión de sor‐ presa absoluta.
—¿Tú? —dijo Martín, con una ceja levantada—. Elena, la úl‐ tima vez que intentaste hacer un sofrito casi incendias la sartén.
—Fue una vez. Y fue porque me distraje contigo, que llevabas puesta esa camiseta vieja del delantal que te queda ridículamente bien y no es culpa mía si...
—Vale, vale. —Lucía levantó las manos, con una carcajada breve, la primera carcajada de verdad que Elena le oía en semanas —.
Paro aquí antes de que esto se ponga demasiado íntimo para mi gusto.
Está bien. Martín, taburete, veinte minutos, y Elena hace lo que tú le digas exactamente, sin margen de improvisación.
Y si te mareas, se acaba ahí mismo, sin discusión.
—Sí, jefa.
—No me llames jefa, que suena raro viniendo de mi hermano.
*
Y así, una tarde de noviembre, Martín Rovira se sentó en un ta‐ burete alto en la cocina de la casa de su infancia, con una manta so‐ bre las rodillas que Elena insistió en ponerle pese a sus protestas, y dirigió, palabra por palabra, gesto por gesto,
la elaboración de un arroz de senyoret que llevaba meses queriendo hacer bien y nunca había tenido tiempo, antes de todo esto, de hacer con calma.
—No, así no. El sofrito tiene que quedar casi deshecho, Elena, no en tropezones. Baja el fuego.
—Lo estoy bajando.
—Más.
—Martín, si lo bajo más se apaga.
—Exagerada.
—Cocinero frustrado en un taburete dando órdenes como un ge‐ neral, esto es surrealista.
Pero lo hizo despacio, con paciencia, corrigiéndola con una ter‐ nura burlona que Elena no le conocía del todo —o que quizás sí co‐ nocía, de los primeros meses de su relación, antes de que la enfer‐ medad se comiera esa parte ligera de él— y cuando el arroz estuvo listo,
con el punto exacto de socarrat en el fondo que Martín había ido dirigiendo desde su taburete como un director de orquesta sen‐ tado, los tres se lo comieron en la mesa de la cocina, Martín con porciones pequeñas pero reales, saboreando cada bocado con los ojos cerrados un segundo de más.
—Sabe a gloria —dijo, y Elena vio cómo Lucía, frente a él, se llevaba la servilleta a los ojos disimuladamente, fingiendo que se limpiaba una miga.
—Sabe a arroz quemado por un lado —corrigió Lucía, con la voz temblorosa de la risa contenida—, pero me alegro tanto de que puedas decir que sabe a gloria que no pienso corregirte más.
*
La Sal reabrió sus puertas a mediados de noviembre, primero solo cuatro noches a la semana, con un menú reducido que Lucía había diseñado con la ayuda —remota, desde el taburete, desde el sofá, a veces desde la cama con el portátil apoyado en las rodillas — de Martín.
El día de la reapertura, Martín insistió en estar presente.
Elena lo llevó en coche, con una silla plegable en el maletero "por si la ne‐ cesita, aunque él diga que no", y Martín se pasó la primera hora de servicio protestando por la silla y la segunda hora sentado en ella sin decir una palabra, porque el cuerpo, pese a las protestas del or‐ gullo,
todavía se cansaba antes de lo que él quería admitir.
Pero estaba ahí. Con un gorro de lana —ya no de quimio, sino de los que se ponía cualquier persona con frío, aunque el motivo debajo fuera el mismo—, supervisando desde una esquina de la co‐ cina, dando indicaciones con la voz todavía un poco débil pero con la autoridad intacta,
probando salsas con una cucharilla que Lucía le acercaba a la boca porque él ya no tenía fuerza de sobra para le‐ vantarse constantemente.
—El punto de la reducción de oporto necesita dos minutos más —dijo, tras probar—. Se nota el alcohol crudo todavía.
—Sí, chef.
—Y dile a Marc que el rodaballo de la mesa cuatro no puede pa‐ sar de los seis minutos de horno o se le va a secar.
—Ya se lo he dicho, chef. Dos veces.
—Pues díselo una tercera.
Elena, sentada a una mesa del comedor —Doña Carmen insis‐ tiendo en hacerle compañía "para que no estés ahí sola como un pasmarote mirando la cocina"— observaba la escena con una sen‐ sación que no sabía nombrar del todo:
algo entre el orgullo y la ter‐ nura y un alivio tan profundo que le costaba respirar del todo alre‐ dedor de él.
—Mira que está flaco todavía el chico —dijo Doña Carmen, sir‐ viéndose vino con una generosidad que no pedía permiso—, pero tiene la misma cara de mandón de siempre. Eso es buena señal.
—Es la mejor señal que hay, Doña Carmen.
—Y tú, hija, tienes mejor cara que hace un mes. Se te habían puesto unas ojeras que parecía que hubieras estado excavando un pozo tú sola.
Elena se rio, una risa cansada pero genuina, porque Doña Car‐ men tenía razón, y porque solo ella era capaz de decir algo así con tanta naturalidad, sin la delicadeza almibarada con la que el resto del pueblo llevaba meses hablándole.
—He dormido algo más últimamente.
—Pues que siga así. —Doña Carmen levantó la copa—. Por el chef, que vuelve a mandar en su cocina como Dios manda.
*
Raúl apareció esa misma noche por la puerta trasera de La Sal, cuando el servicio ya se acababa, con una bolsa de hielo bajo el brazo y una excusa poco convincente sobre "necesitar hielo para algo en casa."
—No necesitas hielo para nada, Raúl. Vives a diez minutos y tienes congelador.
—Vale, no necesito hielo. —Se sentó en un taburete junto al de Martín, con la familiaridad de quien lleva media vida entrando y saliendo de esa cocina sin pedir permiso—.
Necesitaba verte de pie, cocinando, aunque sea sentado y dando órdenes.
Necesitaba verlo con mis propios ojos, no solo que me lo contara Lucía por teléfono.
Martín lo miró un momento, y algo en la cara de su amigo —esa mezcla de alivio y cansancio acumulado de meses de acompañarlo a escondidas, de guardar un secreto que no le correspondía a él pero que había cargado igual,
por lealtad pura— le hizo sentir una gratitud tan grande que no supo bien cómo decirla en voz alta.
—Gracias por todo, Raúl. En serio. Por las sesiones de quimio a las que me acompañaste sin que nadie lo supiera. Por aguantarme cuando estaba insoportable. Por esto también, por venir a compro‐ bar con tus propios ojos que sigo aquí.
—No me las des. —Raúl le dio un golpe suave en el hombro, incómodo con la emoción directa, como siempre—.
Para eso están los amigos de toda la vida.
Aunque, ya que estamos siendo cursis los dos, te diré una cosa: cuando esto empezó, en marzo, pensé que te iba a perder de dos maneras.
Por la enfermedad, y porque ibas a espantar a la única mujer que te ha aguantado de verdad en esta vida con esa estupidez de romper con ella para "protegerla".
Me alegro de haberme equivocado en la segunda.
—Yo también me alegro.
—Bueno, ahora en serio, dame algo de comer, que el hielo era mentira pero el hambre es real.
Martín se rio, una risa completa, sin reservas, y le pidió a Lucía que le sacara a Raúl un plato de las sobras del servicio, mientras pensaba que esa cocina, con su ruido de fondo, sus olores a mar y a mantequilla derretida, sus amigos entrando por la puerta trasera con excusas absurdas,
era exactamente el lugar al que había querido volver durante cada uno de los días de sótano de los últimos meses.
*