Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Lo que se ve con la fiebre ya baja

Martín volvió al mundo despacio, como quien sube a la superficie desde el fondo de una piscina y descubre que ha estado conte‐ niendo la respiración mucho más tiempo del que creía.

Lo primero que registró fue el olor: ese olor a hospital que lle‐ vaba grabado en la memoria desde los ocho años, antiséptico y plástico y algo indefinible debajo, un olor que durante toda su vida adulta había asociado al miedo puro, a la peor versión de sí mismo.

Esperó, con los ojos todavía cerrados, a que el pánico de siempre le subiera por el pecho como hacía siempre que ese olor le llegaba a la nariz.

No llegó. O llegó, pero distinto, más pequeño, como si algo en él hubiera cambiado de sitio sin que se diera cuenta.

Lo segundo que registró fue el peso ligero de una vía en el dorso de la mano, el tacto áspero de una sábana de hospital, la luz de la mañana filtrándose a través de una persiana entornada con esa cali‐ dad plana y blanquecina tan distinta de la luz del Empordà que co‐ nocía de memoria,

esa luz dorada que se colaba por las ventanas de La Sal a media tarde y que él siempre había pensado que sabía a mantequilla derretida, si la luz pudiera tener sabor.

Lo tercero que registró, cuando por fin abrió los ojos del todo, fue a Elena.

Estaba dormida en la silla junto a la cama, la misma silla — pensó Martín, con una claridad extraña, como si los últimos días hubieran quedado grabados en fragmentos que ahora empezaban a encajar unos con otros— que llevaba semanas ocupando la forma de su cuerpo.

Tenía la cabeza apoyada de lado contra el respaldo, en un ángulo que iba a hacer que le doliera el cuello al despertar, el pelo castaño despeinado y aplastado por un lado, la boca entre‐ abierta,

una postura tan poco favorecedora y tan absolutamente sin‐ cera que a Martín se le encogió algo en el pecho, algo que no tenía nada que ver con la fiebre ni con la infección ni con ninguna de las cosas que le habían llevado hasta esa cama.

Llevaba puesta la misma camiseta del día anterior —o de hacía dos días, no estaba seguro de cuánto tiempo había pasado— y tenía ojeras profundas, moradas,

del color exacto de las ciruelas que él usaba para la reducción de la salsa de caza en La Sal cuando quería un tono oscuro con un punto de dulzor amargo.

Pensó, con esa cos‐ tumbre suya de traducirlo todo a sabores y texturas incluso en los momentos menos indicados, que Elena, dormida así, en esa silla in‐ cómoda, parecía hecha de los mismos ingredientes que él más amaba: algo elegante bajo el desgaste,

algo que resistía el fuego más alto sin quemarse del todo.

No la despertó enseguida. Se quedó mirándola, con la vía ti‐ rando levemente de la mano, y dejó que los recuerdos de los últi‐ mos días —fragmentados, borrosos, atravesados por la fiebre como fotografías veladas— fueran encajando uno detrás de otro.

Se acordó del coche, de la voz de Elena diciéndole que no le iba a pasar nada mientras conducía demasiado rápido por la carretera oscura.

Se acordó, con una vergüenza sorda, de haber hablado de puntos de cocción del aceite en mitad del delirio, convencido du‐ rante unos segundos de estar en su cocina y no camino de urgen‐ cias.

Se acordó de haberle repetido lo del cuaderno rojo de las rece‐ tas de su madre, esta vez con más miedo todavía que la primera, "pase lo que pase", y sintió, al recordarlo, un escalofrío que no te‐ nía nada que ver con la fiebre:

había vuelto a estar a un paso de de‐ cir un adiós que no quería decir, otra vez, la segunda vez en apenas dos semanas, y esa repetición le dolía más que la propia fiebre,

por‐ que significaba que el peligro no era un accidente aislado sino una posibilidad que iba a acompañarlos durante todo lo que quedara de tratamiento.

Pero esta vez no se había apartado de ella.

Esta vez la había de‐ jado conducir, la había dejado quedarse, la había dejado sentarse en esa silla incómoda noche tras noche mientras él ardía de fiebre.

Y eso, pensó, mirándola dormir con la boca entreabierta y el cuello en un ángulo imposible, era la diferencia entera entre el hombre que había sido en marzo y el hombre que era ahora.

*

—Elena.

Su nombre le salió con la voz ronca, quebrada por horas sin usarla, pero suficiente. Ella se despertó de golpe, con ese sobresalto instantáneo de quien lleva días durmiendo con una alarma interna encendida, lista para saltar ante cualquier sonido que viniera de la cama.

—Martín. —Se incorporó tan deprisa que la silla chirrió contra el suelo—. Martín, ¿cómo estás? ¿Te duele algo? Voy a llamar a la enfermera...

—Elena. —Le cogió la mano, la que no tenía la vía, con una fuerza que a él mismo lo sorprendió, como si el cuerpo hubiera de‐ cidido, sin consultarle, que necesitaba anclarla ahí antes de que ella saliera corriendo a buscar a alguien—. Estoy bien. Creo que estoy bien.

Ella se quedó mirándolo, y Martín vio, en el segundo que tardó en procesar sus palabras, cómo algo se le desmoronaba en la cara: no de tristeza, sino de puro alivio, un alivio tan intenso que por un momento pareció más devastador que cualquier mala noticia, como si el cuerpo,

tras sostener el miedo durante tantas horas, no supiera bien qué hacer cuando por fin se le permitía soltarlo.

—Tienes la fiebre bajada. —Le puso la mano en la frente, casi sin poder creerlo, comprobándolo dos veces—. Dios, Martín, tienes la fiebre bajada de verdad.

—¿Cuánto tiempo he estado...?

—Dos días. —La voz de Elena tembló, y Martín vio cómo se le llenaban los ojos de lágrimas que llevaba conteniendo, adivinó él, desde la sala de espera sin ventanas de la que ella nunca le había hablado del todo pero que él ya podía imaginar con precisión, por‐ que conocía a Elena,

conocía su manera de sostenerse recta cuando todo alrededor se derrumbaba—.

Dos días, Martín. Pensé... —Se detuvo. Negó con la cabeza, como si quisiera espantar el pensa‐ miento antes de terminar de decirlo—.

No importa lo que pensé. Estás aquí. Eso es lo que importa.

—Cuéntamelo.

—Martín...

—Cuéntamelo, Elena. Necesito saberlo.

Ella respiró hondo, y él vio, en ese gesto, el peso entero de lo que estaba a punto de confesarle.

—Pensé que te perdía. —Las palabras le salieron atropelladas, como una represa cediendo—.

En la sala de espera, cuando el mé‐ dico salió y dijo lo de esperar a los cultivos, lo de las próximas doce horas, pensé...

pensé en todo, Martín. En la casa vacía.

En La Sal sin ti. En Lucía. En que apenas hacía unas semanas que por fin te tenía de verdad, entero, sin mentiras entre los dos, y que quizás el universo tenía un sentido del humor tan cruel como para dármelo todo justo antes de quitármelo.

—Elena...

—Y me quedé ahí sentada, en esa sala sin ventanas, con Lucía y Raúl y hasta Doña Carmen que apareció con un termo de caldo como si eso pudiera arreglar algo, y no me moví.

No me moví ni un segundo, Martín, porque pensé que si me quedaba ahí, si no me rendía a la idea de que podías no estar cuando esa puerta se abriera otra vez, de alguna manera absurda te estaba sosteniendo yo tam‐ bién, desde fuera.

Martín sintió que algo se le rompía por dentro, no de dolor sino de una especie de asombro reverente.

Durante meses había estado convencido —lo había estado la noche del diagnóstico, lo había es‐ tado la noche que rompió con ella en Madrid— de que protegerla significaba alejarla del dolor.

Ahora, mirándola con esas ojeras co‐ lor ciruela y esa voz rota de dos días sin apenas dormir, entendió que se había equivocado: ella lo había elegido sabiéndolo todo, y se había quedado.

—Gracias —dijo él, con la voz quebrada—. Gracias por quedarte.

—No me las des. —Elena le apretó la mano, y una lágrima le cayó por la mejilla, de las pocas que se había permitido derramar delante de él en todos esos meses—. No hay nada que agradecer. Es lo que elegí. Es lo que sigo eligiendo cada mañana.

*

La puerta se abrió antes de que Martín pudiera responder, y en‐ tró el médico, el mismo que Elena reconoció de la sala de espera, seguido de una enfermera que llevaba una tablet en las manos.

—Buenos días, señor Rovira. Me alegra verlo despierto y con buena cara.

—¿Qué tal la fiebre? —preguntó Elena, incorporándose, con una tensión nueva en los hombros, la tensión de quien ya sabe que las buenas noticias existen pero todavía no se atreve a darlas por seguras.

—Excelente evolución. —El médico consultó la tablet, y Martín vio cómo Elena contenía la respiración esperando cada palabra—.

Los cultivos han confirmado el microorganismo y el antibiótico que le pusimos era el correcto desde el principio.

La fiebre lleva bajada más de doce horas, el recuento de neutrófilos está empe‐ zando a recuperarse. Ha respondido muy bien.

—¿Va a estar bien? —La pregunta le salió a Elena con una ur‐ gencia que no intentó disimular.

—Va a estar bien. —El médico sonrió, esa sonrisa profesional pero genuina de quien también, a veces, se alegra de verdad por sus pacientes—. Necesitará unos días más de observación, pero lo peor ya ha pasado.

Martín sintió que el aire de la habitación, antes tan denso, se volvía de pronto respirable.

Miró a Elena y la vio llevarse una mano a la boca, conteniendo algo entre la risa y el llanto, ese punto exacto donde las dos emociones se confunden porque el alivio, cuando es lo bastante grande, no sabe distinguir entre ellas.

—Y hay algo más —añadió el médico, y algo en su tono hizo que tanto Martín como Elena se giraran hacia él con una atención distinta, más contenida, preparándose para lo que fuera—.

Aprove‐ chando que el señor Rovira está ingresado, hemos adelantado los análisis de marcadores tumorales que tenía programados para la se‐ mana que viene, junto con una prueba de imagen de control.

Sacó unos papeles de la carpeta que llevaba bajo el brazo, y Martín sintió que el corazón le latía de una manera distinta al miedo de los últimos días, un latido nuevo, expectante, casi dolo‐ roso de tan tenso.

—Los resultados muestran una reducción significativa de la masa tumoral respecto al estudio anterior.

Los marcadores han ba‐ jado considerablemente.