Capítulo 16 #3
Lo encontró en una cama de planta, con una vía en cada brazo y un monitor pitando a un ritmo que a Elena, sin entender del todo lo que significaban esos números, le pareció ir demasiado rápido.
Te‐ nía los ojos entreabiertos, todavía perdidos en algún lugar entre la fiebre y la vigilia, y cuando la vio entrar esbozó algo que no llegó a ser una sonrisa pero que quiso serlo.
—Elena.
—Aquí estoy. —Le cogió la mano, con cuidado de no tocar la vía, y sintió que la piel le quemaba todavía, aunque menos que en el coche, o quizás era solo que ya se había acostumbrado a ese ca‐ lor equivocado—. ¿Cómo te encuentras?
—Cansado. —La voz le salió arrastrada, pastosa—. He soñado con mi madre. Estaba en la cocina de la casa vieja.
Elena sintió que se le encogía el pecho, pero no dijo nada sobre eso, no todavía, no ahí, con un monitor pitando de fondo y el miedo todavía tan fresco que cualquier palabra de más podía romper algo.
—Los médicos te están cuidando bien. Te han puesto un antibió‐ tico fuerte.
—¿Vas a quedarte?
—No me voy a mover de este hospital aunque me echen a patadas.
Él cerró los ojos otra vez, con un suspiro que sonó a alivio, y por un momento, un momento que a Elena le pareció suspendido fuera del tiempo, se quedaron así, cogidos de la mano, sin decir nada más, porque no hacía falta.
—Elena —dijo él, de pronto, con los ojos todavía cerrados, la voz apenas un hilo—, si esto sale mal...
—No va a salir mal.
—Si sale mal —insistió él, con una tozudez que ni la fiebre le había quitado del todo—, quiero que sepas que ya no me arrepiento de nada.
Te lo dije la otra noche y te lo repito ahora, por si esta vez no me da tiempo a repetirlo una tercera: estos meses contigo, con la verdad ya puesta encima de la mesa, sin nada escondido entre los dos, han sido lo mejor de mi vida entera.
Más que cualquier estrella Michelin. Más que cualquier plato que haya cocinado nunca.
—Martín, para. —A Elena se le quebró la voz, y las lágrimas que llevaba horas conteniendo empezaron a caer sin que pudiera hacer nada por evitarlo—. No vas a despedirte de mí. No hoy. No pienso permitírtelo.
Una enfermera asomó la cabeza por la puerta, con gesto amable pero firme.
—Tiene que descansar. Puede volver a la sala de espera, en cuanto tengamos los resultados de los cultivos alguien saldrá a informarle.
Elena se inclinó y le besó la frente, notando bajo los labios ese calor que todavía no había cedido del todo, y salió de la habitación con las piernas temblando, dejando atrás a Martín, otra vez solo,
otra vez a merced de un cuerpo que llevaba meses peleando una guerra que ninguno de los dos había elegido.
*
A las diez y media, un médico salió por fin, con la mascarilla bajada y un gesto que Elena no supo leer, esa neutralidad profesio‐ nal que podía significar cualquier cosa.
Elena se puso de pie tan deprisa que la silla de plástico chirrió contra el suelo.
—¿Familia de Martín Rovira?
—Sí. —Elena dio un paso adelante, con Lucía y Raúl levantán‐ dose también, los tres formando de pronto una especie de muro compacto frente al médico, como si estar juntos pudiera protegerlos de lo que iba a decir—. Soy... soy su pareja.
El médico la miró un momento, y en ese momento —ese se‐ gundo eterno en el que Elena sintió que el mundo entero se sostenía en equilibrio sobre el filo de una palabra todavía no dicha— se dio cuenta de que llevaba media hora sin respirar del todo,
con el aire atrapado en algún lugar entre las costillas, esperando.
—Hemos confirmado neutropenia febril con foco probable res‐ piratorio —dijo el médico, con esa voz plana y entrenada que Elena reconoció, sin saberlo, como la misma voz que Martín le había des‐ crito una vez que usó su oncólogo la noche del diagnóstico—.
Le hemos puesto antibiótico intravenoso de amplio espectro y está in‐ gresado, estable por ahora, pero...
Se detuvo. Y en ese "pero", en esa pausa mínima de un médico eligiendo con cuidado sus siguientes palabras, Elena sintió que el suelo de la sala de espera, ese suelo sin ventanas iluminado por fluorescentes que llevaban horas zumbando,
se abría bajo sus pies como una grieta que llevaba toda la noche extendiéndose en silencio.
—Necesitamos esperar a los resultados de los cultivos de sangre para confirmar qué microorganismo estamos tratando y si el anti‐ biótico que le hemos puesto es el adecuado —continuó el médico —.
Las próximas horas son importantes. Si responde bien al trata‐ miento en las próximas doce horas, es buena señal. Si no...
No terminó la frase. No hacía falta.
—¿Podemos verlo? —preguntó Elena, con la voz reducida a un hilo.
—Un momento, de dos en dos, sin agobiarlo. Está consciente, aunque todavía algo confuso por la fiebre.
El médico se dio media vuelta y desapareció otra vez tras la puerta batiente, dejando atrás tres personas de pie en medio de una sala de espera sin ventanas, sosteniéndose entre ellas sin decir una palabra,
porque no había palabra en ningún idioma que sirviera para llenar ese "si no" que el médico había dejado colgando en el aire, como una viga a medio caer que nadie se atrevía a mirar directamente.