Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Lucía llegó cuarenta minutos después, todavía con el pijama puesto bajo un abrigo mal abrochado, el pelo recogido de cualquier manera, la cara de quien ha conducido con el corazón en la gar‐ ganta todo el trayecto.

Se sentó junto a Elena sin decir nada, y las dos se quedaron mirando la puerta batiente de urgencias como si mirarla con suficiente intensidad pudiera hacer que se abriera antes con noticias buenas.

Raúl llegó veinte minutos más tarde, desde Girona, con el motor del coche todavía caliente y la respiración entrecortada de haber corrido desde el aparcamiento.

Se sentó al otro lado de Elena y, sin decir nada tampoco, le cogió la mano.

Fue un gesto tan simple y tan necesario que Elena sintió que algo dentro de ella, que llevaba una hora sujetando sola, por fin encontraba con quién repartirse el peso.

—Va a estar bien —dijo Raúl, aunque no sabía si era verdad, aunque su voz sonaba tan asustada como la de los demás, más asus‐ tada incluso que la primera vez, porque la primera vez todavía tenía la inocencia de lo desconocido y esta ya no—.

Es un luchador de mierda, Martín. Perdón, Elena, pero es que lo es.

Desde niño. Se cayó una vez del acantilado de detrás de su casa, doce años tenía‐ mos, y se levantó con el brazo roto diciendo que no pasaba nada, que solo era un rasguño.

—Se lo tuvieron que operar —añadió Lucía, con una sonrisa temblorosa, forzada, un intento de humor que no llegaba a serlo del todo pero que servía, aunque fuera solo un poco, para llenar el si‐ lencio insoportable de la sala—.

Y aun así, en el hospital, se que‐ jaba más de que se iba a perder el partido que del brazo.

—Es tozudo —dijo Elena, con la voz rota, agarrándose a esas anécdotas como quien se agarra a una cornisa—. Muy tozudo.

—El más tozudo que conozco —dijo Raúl—. Y eso, ahora mismo, es lo mejor que tiene a su favor.

Nadie dijo nada más durante un rato largo.

Los tres se quedaron sentados en las sillas de plástico naranja, bajo el zumbido de los fluorescentes, escuchando el ir y venir de otras urgencias ajenas — un niño llorando en algún pasillo, una voz pidiendo una silla de ruedas,

el pitido lejano de un monitor— y cada sonido nuevo hacía que los tres levantaran la cabeza al unísono, esperando que fuera alguien viniendo a buscarlos con noticias.

*

Pasaron dos horas. Luego tres. El reloj del móvil de Elena marcó las ocho de la mañana y ella se dio cuenta, con una especie de estupor lejano, de que llevaba sin dormir más de veinticuatro horas y de que su cuerpo, en algún momento de esa espera intermi‐ nable,

había dejado de registrar el cansancio porque el miedo ocu‐ paba todo el espacio disponible.

Doña Carmen se enteró —nadie supo nunca bien cómo, el pue‐ blo tenía sus propios canales, invisibles y velocísimos— y a las nueve de la mañana apareció en la sala de espera con un termo de caldo caliente y una bolsa de bocadillos,

sin más explicación que un abrazo torpe y fuerte a Elena y un "no vais a comer nada como no os traiga yo la comida, así que aquí la tenéis" que, en cualquier otra circunstancia, habría sonado a comedia, y que en esa mañana concreta sonó, simplemente,

a la única bondad disponible en un mundo que de pronto se había vuelto muy afilado.

—Otra vez el hospital —dijo, más para sí misma que para nadie, sentándose junto a ellos sin que nadie se lo pidiera, con una preocu‐ pación que ya no intentaba disimular bajo su habitual desparpajo —. Con lo bien que iba el chico. ¿Sabéis algo?

—Todavía no.

—Se lo he dicho a Teresa, para que rece por él, aunque yo no sea de mucho rezar.

—Doña Carmen se santiguó de todos modos, con una devoción práctica, funcional, la de quien no está segura de que sirva de algo pero prefiere no arriesgarse—.

Y le he pedido a Mosén Jaume que encienda una vela en la iglesia. Total, no cuesta nada y algo ayudará.

—Gracias, Doña Carmen —dijo Elena, con una sonrisa débil, agradecida por la distracción mínima que suponía escuchar a la an‐ ciana hablar de velas y curas mientras el reloj seguía sin moverse.

—No me las des a mí. Dáselas al chico cuando salga de esta, que va a salir, porque yo lo he visto todo en este pueblo, hija, se‐ senta años llevo aquí, y los tozudos como él siempre salen adelante.

Los blandos son los que se rinden. Martín no tiene ni un hueso blando en el cuerpo, aunque ahora esté hecho un fideo.

Nadie supo si reír o llorar ante la mezcla extraña de ternura y brusquedad con que Doña Carmen soltaba sus verdades, pero el efecto, de algún modo, funcionó: la sala pareció, por un instante, un poco menos fría.

—Pues esperamos. —Doña Carmen se cruzó de brazos con la determinación de quien ha decidido plantar batalla en una sala de espera sin ventanas—. Yo no me muevo de aquí.

Y no se movió. Se quedó, con su bolsa de bocadillos que nadie tenía hambre de comer pero que igualmente comieron, poco a poco, porque el cuerpo necesita combustible aunque el alma esté en otra parte, en algún lugar detrás de esa puerta batiente donde Mar‐ tín seguía sin dar señales.

*

A las nueve y media dejaron pasar a Elena, un momento, "solo para que lo vea tranquila, que está estable de momento", le dijo la enfermera, con esa cautela de quien elige con cuidado hasta las pa‐ labras más pequeñas.