Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Capítulo 16
71%

Capítulo 16

La sala de espera no tiene ventanas

A las cuatro de la madrugada, meses después de aquel primer in‐ greso, Elena despertó porque Martín ardía otra vez.

Fue un despertar que ya conocía, y esa familiaridad, lejos de cal‐ marla, la asustó más: reconoció al instante la textura exacta de ese calor, la misma humedad anormal en la piel, el mismo peso repen‐ tino de la certeza.

Raúl se lo había advertido la noche que salieron del hospital la primera vez, con la voz seria de quien no quiere dar falsas esperanzas: "Puede repetirse, Elena. En el ciclo siguiente, si las defensas vuelven a caer demasiado, puede volver a pasar, y a veces la segunda vez es peor,

porque el cuerpo ya está más cansado de pelear."

Ninguno de los dos había querido creérselo del todo.

Y sin embargo, ahí estaba otra vez: el cuerpo de él, pegado al suyo por costumbre más que por calor —porque llevaba semanas necesi‐ tando calor extra, siempre frío, siempre con capas de ropa aunque fuera octubre— sacándola de golpe del sueño con una temperatura que no encajaba con nada,

un calor húmedo y anormal que traspa‐ saba la camiseta y le quemaba a ella la piel del brazo donde él lo apoyaba.

—Martín. —Le puso la mano en la frente y la retiró casi de in‐ mediato, asustada por lo que había sentido—. Martín, despierta.

Él gimió, un sonido pastoso, desde muy lejos, como si la voz le llegara envuelta en algodón.

Elena encendió la luz y lo que vio le paró el corazón un segundo entero: la cara de Martín, enrojecida, empapada, los labios agrietados y un temblor que le sacudía todo el cuerpo pese al calor que desprendía, como si tuviera frío y fiebre a la vez,

dos cosas que no deberían caber juntas en un mismo cuerpo.

Corrió a por el mismo termómetro que había usado hacía dos se‐ manas, el que ya reconocía por el tacto en la oscuridad sin necesi‐ dad de encender del todo la luz, y se lo puso bajo el brazo con ma‐ nos que ya no eran del todo firmes.

Los segundos que tardó en pitar le parecieron un edificio entero derrumbándose piso a piso, otra vez, exactamente por la misma grieta que la última vez habían creído reparada.

Treinta y nueve y ocho. Dos décimas más que la vez anterior.

Elena sintió que el suelo, ese suelo de la casa de Martín que ya conocía de memoria, cada tabla, cada crujido, se volvía de pronto inestable bajo sus pies, como si los cimientos, apenas apuntalados de la última vez, hubieran vuelto a ceder sin avisar.

Se acordó, con una claridad brutal, de las palabras de Raúl la noche que salieron del hospital la primera vez, cuando le repitió el protocolo con esa seriedad poco habitual en él, como quien reza una fórmula que espera no tener que usar nunca más:

"Si alguna vez le vuelve a subir la fiebre por encima de treinta y ocho, no lo dudes ni un segundo, Elena. Es otra vez una neutropenia febril, y esta vez su sistema inmune va a estar más débil todavía, porque el cuerpo no tiene tiempo de recuperarse del todo entre ciclo y ciclo.

Una infección que la primera vez controlamos a tiempo, la segunda vez puede complicarse mucho más deprisa. No se espera. No se toma paracetamol y se ve cómo evoluciona. Se va directos a urgen‐ cias, siempre, sin excusas."

—Martín, nos vamos al hospital. Ahora.

—Estoy bien —murmuró él, con los ojos apenas entreabiertos, la voz arrastrada—. Solo... cansado.

—No estás bien. —Elena ya estaba cogiendo ropa, moviéndose con una eficiencia que no sabía que tenía, el cuerpo actuando antes de que el miedo terminara de organizarse en pensamientos coheren‐ tes—. Vamos a vestirte.

Le costó un mundo. Martín, que unas semanas atrás todavía se levantaba solo de la cama pese a la debilidad, ahora apenas podía sostenerse en pie, y tuvo que apoyar casi todo su peso —ese peso que ya no era el de antes, más ligero, más quebradizo— en el hom‐ bro de ella para llegar hasta el coche.

Elena notó, mientras lo ayu‐ daba a sentarse, que él temblaba de un modo que no tenía nada que ver con el frío de la madrugada.

—Elena —dijo él, con la lengua espesa, en un momento de luci‐ dez que se abrió paso entre la confusión—. Si me pasa algo...

—No te va a pasar nada.

—Escúchame. —Le cogió la muñeca con una fuerza sorpren‐ dente para lo débil que estaba—. La otra noche no llegué a decír‐ telo del todo, con la fiebre y las prisas. El cuaderno rojo de las re‐ cetas de mi madre está en el cajón de abajo de mi escritorio. Quiero que lo tengas tú. Pase lo que pase.

—Martín, para. —Elena sintió que se le quebraba algo en la voz, un muro entero cediendo de golpe—.

Ya te dije que no ibas a necesitar dármelo, y sigo pensando exactamente lo mismo ahora.

Vamos al hospital, te van a poner antibiótico, y en dos días estás protestando porque la comida del hospital sabe a cartón, otra vez.

Ese es el plan. Ese es el único plan que existe.

Él no contestó. Cerró los ojos, y por un instante que a Elena le pareció una eternidad completa, el silencio en el coche fue tan denso que pudo escuchar su propio corazón golpeando contra las costillas como algo que quiere salir.

*

El trayecto hasta el hospital de Palamós, veinte minutos de ca‐ rretera oscura y curvas que Elena tomó más rápido de lo prudente, transcurrió con Martín entrando y saliendo de una duermevela fe‐ bril, murmurando cosas que a veces tenían sentido y a veces no.

—El fuego está muy alto —dijo en un momento, con los ojos cerrados, la voz perdida en algún recuerdo que no era el presente —. Baja el fuego, Lucía, se va a agarrar el fondo.

—No hay ningún fuego, Martín. Estamos en el coche.

—El aceite tiene que estar a ciento ochenta, ni un grado más...

Elena apretó el volante con las dos manos y siguió conduciendo, tragándose el miedo porque no tenía tiempo ni espacio para él, no ahora, no mientras Martín deliraba en el asiento de al lado ha‐ blando de temperaturas de aceite como si estuviera en su cocina y no ardiendo de fiebre camino de

urgencias.

Pensó, de manera fugaz y aterradora, en la palabra que Raúl había usado: matar.

En horas. Sin previo aviso. Miró de reojo a Martín, la cabeza apoyada contra la ventanilla, los labios moviéndose en un idioma de fondos de salsa y puntos de cocción, y sintió que el pecho se le cerraba como un puño.

No. Ahora no. Todavía no.

*

Dentro de la fiebre, el mundo de Martín se había convertido en un lugar sin bordes definidos, donde el tiempo no avanzaba en lí‐ nea recta sino en fogonazos inconexos.

Sabía que había un coche. Sabía que había una voz que era la de Elena, aunque a veces se le mezclaba con otra voz más antigua, la de su madre llamándolo desde la cocina de la casa vieja, Martín, ven a probar esto, y él no sabía ya si tenía ocho años o treinta y seis,

si el calor que sentía en la piel era la fiebre o el vapor de una olla puesta al fuego.

Veía luces que pasaban por la ventanilla, rojas y blancas, alargándose como si el propio aire se hubiera vuelto lí‐ quido, y en algún momento, entre una luz y la siguiente, pensó con una claridad extraña, aislada, como una isla de cordura en medio de un mar confuso: no quiero irme todavía.

No he acabado de decirle todo lo que quiero decirle.

Después no hubo más que un vaivén de manos —manos que lo sujetaban, manos que le clavaban algo frío en el brazo, manos que le apartaban el pelo ya casi inexistente de la frente— y una palabra que le llegaba de tanto en tanto, repetida como un ancla: Martín.

Martín. Aquí estoy. Se aferró a esa palabra, a esa voz, del mismo modo en que de niño se había aferrado al borde de la cama de su madre en el hospital, sin saber muy bien por qué, solo sabiendo que si dejaba de sostenerse algo terrible iba a suceder.

*

En urgencias todo sucedió muy deprisa y a la vez con una lenti‐ tud insoportable, esa paradoja que solo existe en los hospitales a las cuatro y media de la madrugada.

En cuanto Elena dijo las palabras "paciente oncológico, quimioterapia, treinta y nueve y ocho de fie‐ bre", el personal se movió con una urgencia distinta, casi coreogra‐ fiada, y en minutos Martín estaba en una camilla, con una vía puesta,

rodeado de gente en batas verdes que hablaban en un có‐ digo que a Elena le sonaba a otro idioma: recuento absoluto de neu‐ trófilos, hemocultivos, antibiótico empírico de amplio espectro.

—¿Es su pareja? —le preguntó una enfermera, con amabilidad profesional, la que se usa para no asustar más de lo necesario a quien ya está aterrado.

—Sí.

—Va a tener que esperar fuera. Vamos a estabilizarlo y a hacerle pruebas. En cuanto sepamos algo, alguien vendrá a hablar con usted.

—¿Va a estar bien?

La enfermera le sostuvo la mirada un segundo de más, ese se‐ gundo que en cualquier otro contexto no significaría nada y que en ese momento, en ese pasillo, significó todo el miedo del mundo.

—Está en buenas manos. Vaya a la sala de espera. Alguien la avisará.

*

La sala de espera de urgencias de Palamós a las cinco de la ma‐ drugada no tenía ventanas, solo tubos fluorescentes que zumbaban con un runrún constante y sillas de plástico naranja atornilladas al suelo en filas rígidas, como pupitres de un colegio del que nadie quería graduarse.

Elena se sentó en una de ellas, con el móvil apre‐ tado entre las manos, y sintió que el mundo entero se reducía a ese espacio sin ventanas, sin reloj visible, sin nada que le dijera cuánto tiempo llevaba ahí ni cuánto le quedaba.

Llamó a Lucía. Le costó dos intentos porque le temblaban tanto las manos que erró el contacto la primera vez.

—Lucía. —La voz le salió rota antes de que pudiera contenerla —. Otra vez. Fiebre alta, otra vez. Estamos en urgencias de Palamós.

Hubo un silencio al otro lado, un silencio que Elena reconoció porque era el mismo que ella misma acababa de atravesar: el silen‐ cio de alguien que esperaba no tener que oír nunca más esa frase y la oye de todos modos,

y necesita un segundo entero para que el cuerpo la procese antes de poder hablar.

—Voy para allá. Llamo a Raúl.

—Lucía, el restaurante...

—Que se joda el restaurante. —La voz de Lucía sonó quebrada y feroz a la vez—. Voy para allá.

*