Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Martín. —Ella dejó la bandeja en la mesilla con más fuerza de la que pretendía, y el ruido metálico del plato contra la madera sonó más duro de lo que había planeado—.

Llevo doce horas inten‐ tando que comas algo.

Doce. Y no te pido que te comas un cocido entero, te pido tres cucharadas de un caldo que ha hecho tu her‐ mana con las manos, después de un turno de doce horas en la co‐ cina de un restaurante con estrella Michelin que estáis sacando ade‐ lante entre los dos con lo que os queda de energía.

Así que, por fa‐ vor, inténtalo.

El silencio que siguió tuvo un filo que ninguno de los dos espe‐ raba.

Martín la miró con algo parecido a la sorpresa —no estaba acostumbrado a que ella le levantara la voz, ni siquiera un poco, ni siquiera cansada— y por un segundo, un segundo entero, Elena vio pasar por su cara algo parecido al miedo, no al miedo de la enfer‐ medad,

sino al miedo más pequeño y más humano de haberla lle‐ vado, con su cuerpo enfermo y sus días de sótano, hasta un límite que ella no debería tener que tocar.

—Tienes razón —dijo él, muy bajo—. Perdona.

Y entonces fue ella la que se sintió fatal, porque no era eso lo que quería, no quería que él se disculpara por estar enfermo, no quería convertir su agotamiento en una carga más sobre los hom‐ bros de un hombre que ya cargaba con más de lo que ningún hom‐ bro debería soportar.

—No —dijo, y se sentó en el borde de la cama, dejando que el aire tenso entre los dos se deshinchara despacio—.

No, perdóname tú a mí. No es contra ti. Es que estoy cansada, Martín.

Estoy muy cansada, y a veces el cansancio sale por donde no debe, como el agua que encuentra la grieta más tonta de un muro y por ahí se cuela toda.

—Otra vez con las metáforas de edificios.

—Es lo que hay. Tú piensas en salsas que se cortan, yo pienso en muros que se agrietan. Cada uno con lo suyo.

Él alargó una mano, temblorosa pero decidida, y ella se la cogió.

La piel de sus dedos estaba seca, agrietada por la medicación, y aun así Elena sintió, al tocarlo, ese reconocimiento antiguo que ya no dependía del pelo ni de los kilos ni de la fuerza de sus brazos: era Martín, entero, debajo de todo lo que la enfermedad le había quitado.

—Prueba el caldo —dijo ella, más suave—. Aunque sea una cu‐ charada. Por Lucía, que se ha dejado las manos haciéndolo.

Él probó una cucharada. Luego otra. No llegó a las tres, pero llegó a dos, y las retuvo, y eso, en ese día concreto, fue una victoria del tamaño de una catedral entera.

*

Raúl llegó a media tarde, sin avisar, como solía hacer los días que intuía —por algún radar propio que Elena todavía no entendía del todo— que las cosas estaban peor de lo habitual.

Se lo encontró en el porche, sentado con las piernas estiradas y una cerveza sin abrir en la mano, como si llevara ahí un rato reuniendo el valor de entrar.

—¿Cómo está el paciente? —preguntó, aunque el tono no tenía nada de la ligereza que fingía.

—Dormido. Por fin.

—¿Y la cuidadora?

—De pie. Que ya es mucho decir a estas horas.

Raúl le tendió la cerveza sin abrir, un gesto absurdo porque nin‐ guno de los dos la iba a beber en ese momento, pero que Elena en‐ tendió como lo que era: una manera de decir toma, aunque sea esto, aunque no sirva de nada.

Se sentó junto a él en el escalón del porche, con el frío de la piedra colándose a través de los vaqueros, y durante un rato ninguno de los dos dijo nada, mirando cómo la luz de la tarde se iba comiendo poco a poco el jardín.

—Hoy le he gritado —dijo Elena al fin, sin mirarlo, porque le resultaba más fácil confesarlo a un punto fijo del horizonte que a una cara—. Bueno, gritar no. Pero le he hablado mal. Por un plato de caldo.

—Elena.

—Ya sé lo que me vas a decir.

—No, no lo sabes, porque yo no te iba a decir nada de eso.

— Raúl se giró hacia ella, con esa media sonrisa cansada que llevaba semanas siendo su expresión por defecto—.

Te iba a decir que lle‐ vas mes y medio sin un solo día libre, cuidando a un hombre que vomita, que tiene fiebre, que se derrumba de dolor en los huesos, y que si en todo ese tiempo solo le has "hablado mal" una vez, por un plato de caldo,

entonces eres bastante más santa que la mayoría de la gente que conozco.

—No me siento santa. Me siento fatal.

—Porque quieres ser perfecta en esto, y esto no admite perfec‐ ción, Elena.

Yo llevo acompañándolo a las sesiones de quimio desde marzo, a escondidas de todo el pueblo, y te puedo asegurar que hay días en que salgo del hospital y grito dentro del coche, solo, con las ventanillas subidas, porque no tengo otro sitio donde meter la rabia.

No es rabia contra él. Es rabia contra todo esto que nos está pasando a todos y que no elegimos ninguno.

Elena sintió que algo en el pecho se le aflojaba, un nudo que lle‐ vaba toda la tarde apretado sin que ella se hubiera dado cuenta del todo.

—¿Y cómo lo llevas tú? De verdad. Nunca te lo pregunto, siem‐ pre pregunto por él.

Raúl se quedó un momento callado, dándole vueltas a la cerveza sin abrir entre las manos.

—Mal, a ratos. Bien, a ratos. Es mi mejor amigo desde que te‐ níamos ocho años, Elena.

Lo conozco de antes de que su madre muriera, de antes de que aprendiera a cocinar, de cuando todavía era solo un crío flaco que se subía a los acantilados sin miedo.

Verlo así... —Se detuvo, tragó saliva—. Verlo así me recuerda constantemente a lo que pasó con su madre, y una parte de mí tiene tanto miedo como él, aunque intento no decírselo nunca, porque bastante tiene con lo suyo como para cargar también con el mío.

—Deberías decírselo. Que tú también tienes miedo.

—Mira quién habla. La misma que hoy se ha sentido culpable por hablarle mal después de mes y medio sin dormir bien.

Elena soltó una risa breve, más aire que sonido, y apoyó la ca‐ beza en el hombro de Raúl, un gesto fraternal que ninguno de los dos habría imaginado hace unos meses, cuando apenas se conocían, y que ahora les salía con la naturalidad de quienes han compartido trinchera.

—Gracias por venir hoy.

—Vengo todos los días que puedo, Elena. Es lo único que sé ha‐ cer con este miedo: aparecer. No sé arreglar nada, no sé curar nada, pero sé aparecer.

—Pues no es poco. Aparecer es casi todo, al final.

*

Esa noche, cuando por fin Martín se durmió sin sobresaltos — un sueño profundo, casi de niño, la respiración regular por primera vez en muchas horas— Elena se quedó sentada junto a la ventana, mirando la oscuridad que caía sobre Calella de Palafrugell, el mar apenas una línea más negra que el cielo,

y pensó en la conversación con Lucía, en la disculpa que ninguna de las dos supo del todo cómo cerrar.

Pensó que nadie le había explicado nunca esta parte del amor: sábanas cambiadas a las seis de la mañana, cucharadas de caldo contadas una a una, la voz que se te sale más dura de lo que quieres porque el cuerpo ya no tiene reservas para ser amable.

Y pensó, también, con una claridad que le dolió un poco, que si le hubieran dado a elegir entre este agotamiento y la vida ordenada y sin sobresaltos que había construido en Madrid después de que él la dejara, elegiría esto.

Elegiría siempre esto. Elegir con informa‐ ción completa, se dijo, recordando la frase que le había dicho a él hacía apenas unas semanas, en la noche en que por fin se lo con‐ fesó todo.

Se estaba quedando dormida en la silla, vencida por fin por su propio cansancio, cuando el móvil vibró sobre la mesilla. Un men‐ saje de Raúl.

Mañana toca análisis de rutina antes de la siguiente sesión. Re‐ cuérdale a Martín que tiene que estar en ayunas. Y Elena... cuídate tú también. Te veo hecha polvo en las fotos que me manda Lucía.

Elena sonrió, cansada, y contestó con un simple "lo intentaré", sin saber —sin poder saber todavía— que ese análisis de rutina, programado para dentro de dos días, sería la primera señal de que algo, en el cuerpo agotado de Martín,

estaba a punto de torcerse de una manera que ninguno de los dos había previsto.

Apagó la luz. Fuera, el mar seguía respirando en la oscuridad, ajeno a que la calma frágil de esa noche era, en realidad, la calma que precede a las tormentas de verdad.