Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Los días que no salen en las fotos

Diez días después de aquella noche en el hospital —diez días des‐ pués de la fiebre, de la palabra neutropenia dicha en voz baja, de la confesión que Martín le había hecho de madrugada con la máquina del gotero marcando el compás— Elena aprendió que había una di‐ ferencia enorme entre saber que el

tratamiento sería duro y estar dentro de un día en que lo era de verdad.

Habían vuelto a casa con las heridas todavía abiertas pero por fin nombradas, sin secretos que sostener, y una parte de Elena ha‐ bía creído, ingenuamente, que decirse la verdad entera bastaría para hacer más ligero lo que quedaba de tratamiento.

No fue así. El cuerpo de Martín no entendía de confesiones ni de perdones: seguía el calendario que le marcaban los ciclos de quimio, ajeno a que sus corazones, por fin, estuvieran en paz.

Lo supo del todo un martes, a las seis y cuarto de la mañana, cuando el sonido que la despertó no fue el despertador sino Martín incorporándose de golpe en la cama con una arcada seca que no llegó a nada, solo espasmo tras espasmo,

la mano apretando el borde del colchón como si la habitación se hubiera puesto a girar.

Ella ya estaba de pie antes de terminar de abrir los ojos —el cuerpo aprende esas cosas más rápido que la mente— y llegó al baño con él a tiempo de sujetarle la frente mientras vomitaba la nada que le quedaba en el estómago desde la cena de la noche anterior, que tampoco había sido gran cosa.

—Ya está —dijo ella, con la voz que había ido puliendo para es‐ tos momentos, ni compasiva ni alarmada, solo firme, como una pa‐ red de carga—. Ya está, Martín, aquí estoy.

Él no contestó. No podía. Tenía la frente perlada de sudor frío y los ojos cerrados con una fuerza excesiva, como si cerrarlos más fuerte pudiera cerrar también el estómago, las náuseas, el mundo entero.

Cuando por fin terminó, se quedó apoyado en el retrete con la respiración entrecortada, y Elena le pasó una toalla húmeda por la nuca y por detrás de las orejas, ese gesto que él le había ense‐ ñado sin querer meses atrás —"así se hace en los desmayos de co‐ cina,

cuando alguien se marea del calor de los fogones"— y que ahora usaba varias veces por semana.

—Lo siento —dijo él, con la voz rota, casi sin aire.

—No hay nada que sentir.

—Sí que lo hay. —Abrió los ojos. Los tenía enrojecidos, hundi‐ dos en unas ojeras que llevaban semanas sin desaparecer del todo, y el cráneo desnudo bajo la luz del baño le daba un aspecto de esta‐ tua inacabada, todo huesos y ángulos donde antes había habido una cara que ella conocía de memoria—.

Odio que tengas que ver esto.

—Ya lo sé. —Elena se sentó en el borde de la bañera, frente a él, y le sostuvo la barbilla entre dos dedos hasta que la miró—. Y aun así estoy aquí. Esa parte ya la decidimos, ¿te acuerdas?

Él intentó sonreír. Le salió una mueca torcida, apenas un rastro del hombre que hacía bromas sobre la textura de las salsas mientras la enseñaba a cocinar, pero fue suficiente.

Elena lo ayudó a levan‐ tarse, notando bajo las manos cómo el cuerpo de Martín —ese cuerpo que ella había memorizado entero, hombro por hombro, ci‐ catriz por cicatriz— pesaba menos de lo que debía, como si alguien le hubiera ido quitando materia poco a poco, con una lija paciente y cruel.

Lo llevó de vuelta a la cama. Le cambió las sábanas del lado donde había sudado, un truco que había aprendido de un foro para cuidadores que visitaba a escondidas, de madrugada, cuando él dor‐ mía y ella necesitaba sentir que hacía algo útil con el miedo.

Le dio agua a sorbos pequeños con una pajita, porque los sorbos grandes le daban arcadas.

Y luego se sentó en la silla junto a la cama —esa silla que ya tenía la forma de su cuerpo, de tantas horas— y esperó a que el sueño lo venciera otra vez.

*

La fatiga, había descubierto Elena, no era simplemente cansan‐ cio.

Era una especie de gravedad extra que caía sobre Martín en oleadas impredecibles, sin relación aparente con lo que había hecho ese día.

Podía estar bien a las diez de la mañana, casi normal, gas‐ tando bromas sobre el café aguado del hospital, y a las doce que‐ darse dormido a media frase, con la cabeza cayéndole hacia el pe‐ cho como si alguien le hubiera cortado un hilo invisible.

Ese martes fue de los malos. De los que Raúl, con su media son‐ risa cansada, llamaba "días de sótano" —días en que el cuerpo de Martín decidía bajar todos los pisos de golpe y no había ascensor que lo devolviera arriba antes de la noche.

A las once, cuando debía tomar la medicación contra las náu‐ seas, Martín ya no tenía fuerzas ni para sostener el vaso de agua.

Elena se lo dio ella, sujetándole la nuca con una mano, y notó cómo le temblaba la mandíbula al tragar, un temblor fino y constante que no era frío ni eran nervios: era simplemente que el cuerpo, agotado de pelear contra sí mismo, ya no tenía energía de sobra ni para las funciones más simples.

—Duele —dijo él, con los ojos cerrados, en un susurro que no parecía dirigido a ella sino a sí mismo, como si necesitara decirlo en voz alta para creérselo—. No sé por dónde me duele. Todo. Los huesos. Como si alguien me hubiera dado la vuelta a las articulaciones.

—Es el estimulante de médula —dijo Elena, repitiendo lo que Raúl le había explicado tantas veces que ya lo recitaba de memoria, aunque las palabras técnicas seguían sonándole ajenas, como un idioma que hablaba sin entenderlo del todo—.

Genera glóbulos blancos deprisa. Duele en los huesos largos, dijo el médico. Es ho‐ rrible pero es buena señal.

—Qué manera más rara de estar mejorando.

—Sí. —Elena le apartó con dos dedos el sudor de la sien, un gesto tan repetido ya que sus manos lo hacían solas—. El cuerpo tiene un sentido del humor pésimo.

Él soltó algo parecido a una risa, apenas un soplo de aire, pero fue suficiente para que Elena sintiera que algo en su pecho, tenso desde la madrugada, se aflojaba un poco.

Pensó, no por primera vez, que la relación entre ellos se había vuelto una arquitectura nueva y extraña: una casa que se sostenía a base de pequeñas vigas de humor colocadas justo donde el muro amenazaba con ceder.

Sin ellas, todo se habría venido abajo hacía semanas.

*

A las tres de la tarde, Martín seguía sin poder comer nada só‐ lido, y Elena bajó a la cocina de la casa a intentar algo —un caldo suave, agua de arroz, cualquier cosa que el cuerpo de él aceptara sin rebelarse— cuando llamaron a la puerta.

Era Lucía, con un táper en las manos y la cara de alguien que llevaba doce horas trabajando en un restaurante con estrella Miche‐ lin sin la ayuda de su hermano y sin quejarse de ello ni una sola vez delante de él.

—Traigo caldo de pollo desgrasado —dijo, entrando sin esperar invitación, como llevaba haciendo desde que Elena se instaló en la casa de Martín—. Con jengibre. Dice Raúl que ayuda con las náu‐ seas, aunque yo creo que Raúl se inventa la mitad de las cosas que dice que "dicen los médicos".

—Gracias. —Elena cogió el táper. Notó, al hacerlo, que le tem‐ blaban un poco las manos, y no supo si era del cansancio o de las tres horas seguidas de tensión contenida—. Está fatal hoy.

—¿Cuánto de fatal?

—De los peores. —Elena se apoyó en la encimera.

Notó, de pronto, el peso entero de la noche sin dormir cayéndole encima de golpe, como una losa que llevaba horas sujetando con los brazos y que ahora, al bajar la guardia un segundo, se le venía encima—.

No ha podido ni con el agua, Lucía. Le ha costado tragarse una pastilla.

Lucía la miró un momento, evaluándola con esa mirada rápida y práctica que compartía con su hermano, la de quien lleva media vida en una cocina calculando de un vistazo cuánto aguanta un pro‐ ducto antes de estropearse.

—¿Y tú cuánto llevas sin dormir?

—Duermo.

—Elena.

—Duermo lo que se puede dormir cuando la persona con la que compartes cama se despierta vomitando cada dos noches.

—Le sa‐ lió más cortante de lo que pretendía, y se arrepintió al instante, pero ya estaba dicho, flotando entre las dos como un plato roto en el suelo de la cocina—. Perdona. No quería...

—No pasa nada. —Lucía se sentó en uno de los taburetes altos, y por primera vez en meses Elena la vio de verdad cansada, no solo ocupada: cansada con ese cansancio profundo de quien lleva dema‐ siado tiempo sosteniendo a otros y a nadie se le ha ocurrido pre‐ guntarle a ella cómo está—.

Yo tampoco duermo mucho. Llevo el restaurante con dos cocineros menos porque no encuentro sustituto decente para Martín en temporada alta, y cada noche antes de acos‐ tarme miro el móvil sesenta veces por si me escribes tú o me es‐ cribe Raúl diciendo que hay que ir a urgencias.

Se quedaron un momento en silencio, dos mujeres agotadas en una cocina que olía a jengibre y caldo, escuchando el silencio del piso de arriba donde Martín dormía —o intentaba dormir— su enésimo día de sótano.

—A veces pienso —dijo Elena, más para sí misma que para Lu‐ cía— que nadie te explica esta parte.

Todo el mundo te habla del amor, de estar ahí, de acompañar.

Nadie te explica que hay días en que estás tan cansada que casi...

—se detuvo, buscando la palabra exacta, la viga que sostenía el pensamiento entero— casi le tienes rabia.

No a él. A la situación. Pero como él es la situación, a veces se mezcla, y luego te sientes fatal por haberlo sentido.

—Eso es humano, Elena.

—Ya lo sé. No me hace sentir mejor.

Lucía alargó una mano y le apretó el brazo, un gesto breve, sin dramatismo, el tipo de gesto que se hacen las personas que ya no necesitan explicarse mucho entre ellas.

—Sube. Yo me quedo un rato aquí abajo, por si necesitáis algo. Ve a verlo.

*

Cuando Elena subió con el caldo, Martín ya se había despertado.

Estaba incorporado contra el cabecero, con los ojos entreabiertos y esa palidez amarillenta que a veces se le instalaba en la piel como una capa de barniz mal aplicado.

La miró llegar con la bandeja y algo en su expresión se torció, una mueca de disculpa anticipada.

—No creo que pueda con eso.

—Prueba solo un poco.

—Elena, de verdad, no...