Capítulo 13 #2
—Sigues siendo lo más bonito que he visto nunca —murmuró él contra su cuello, y Elena notó el calor de su aliento como una pro‐ mesa concreta—. Llevo meses soñando con esto y despertándome pensando que no me lo merecía.
—¿Por qué no ibas a merecerlo? —preguntó ella, apartándose lo justo para mirarlo a los ojos.
—Porque me pasé meses convencido de que la versión de mí que te dejó marchar en marzo no merecía que volvieras. Y ahora estás aquí, y sigo sin entender del todo cómo he tenido la suerte de que me perdones algo así.
—No te he perdonado del todo —dijo Elena, con una ternura que desmentía la dureza literal de la frase—.
Ya te lo he dicho. Pero esto, Martín, esto que estamos haciendo ahora, no es perdón.
Es otra cosa. Es elegirte, otra vez, con los ojos bien abiertos, sabiendo exactamente en qué me estoy metiendo.
Eso también es un regalo, aunque no tenga la forma de un perdón completo todavía.
Él la besó de nuevo, más despacio esta vez, con una gratitud que le temblaba en los labios, y Elena sintió que aquella respuesta — esa distinción tan suya entre perdonar y elegir— acababa de sellar algo entre los dos que ninguna disculpa, por sentida que fuera, ha‐ bría podido sellar del mismo modo.
—Te lo mereces —dijo ella, y le tomó la cara entre las manos para que la mirara a los ojos—. Y yo elijo esto. Te elijo a ti, así, ahora, con todo lo que traes. No es lástima, Martín. Es la decisión más clara que he tomado en mi vida.
Se tumbaron juntos en la cama deshecha, la luz del atardecer vi‐ rando ya hacia un naranja más profundo, casi rojo, que les pintaba la piel a los dos del mismo color cálido, borrando por un momento cualquier diferencia entre el cuerpo que había cambiado y el cuerpo que no.
Se movieron el uno hacia el otro con una lentitud que no te‐ nía nada que ver con la prisa de los primeros años de su relación, cuando el deseo era simple y no cargaba con meses de miedo de‐ trás.
Esto era distinto: cada gesto llevaba pegada una pregunta si‐ lenciosa —¿todavía me quieres así?
, ¿todavía me deseas así?— y cada respuesta llegaba no en palabras sino en la manera en que las manos de Elena seguían el contorno nuevo de su cuerpo sin vacilar, en la manera en que Martín la atraía hacia sí con una necesidad que no tenía nada de frágil pese a la fragilidad evidente de sus brazos.
Elena sintió, cuando por fin se unieron, una oleada que no era solo física sino que le recorrió algo más hondo, un desplazamiento de peso en su propio pecho, como si una estructura entera que lle‐ vaba meses sosteniéndose sobre andamios provisionales encontrara por fin su cimentación definitiva.
Cerró los ojos y se dejó ir al ritmo lento que Martín marcaba, un ritmo que en cualquier otro momento de su vida juntos habría interpretado como delicadeza ro‐ mántica y que ahora reconocía, con una ternura que le apretó la garganta,
como el ritmo de un cuerpo que hacía lo que podía con lo que tenía, generoso pese a sus límites, decidido a estar presente en cada segundo de aquello en lugar de dejarse arrastrar por la urgencia.
—Elena —dijo él en algún momento, la voz quebrada contra su oído, no en súplica sino en una especie de asombro puro—, estás aquí.
—Estoy aquí —contestó ella, y no hicieron falta más palabras.
Después, cuando ya solo quedaba el sonido de sus respiraciones acompasándose despacio de vuelta a la normalidad y el canto de los grillos entrando por la ventana entreabierta, se quedaron enredados bajo la sábana fina, la cabeza de Elena apoyada en el pecho de Martín,
justo sobre el latido de su corazón, escuchándolo como quien escucha la prueba física de que algo, contra todo pronóstico, sigue en pie.
—Ha sido... —empezó Martín, y se detuvo, buscando la palabra con esa precisión suya, como si estuviera nombrando un plato re‐ cién creado que todavía no tenía nombre en ningún menú del mundo.
—No hace falta que lo describas —dijo Elena, sonriendo contra su piel—. Lo sé.
—Quiero decirlo de todos modos. Ha sido como volver a probar algo que llevaba meses seguro de haber perdido el gusto para siem‐ pre.
Como si la quimio me hubiera anestesiado también esa parte de mí, y de repente...
—le pasó los dedos por el pelo, despacio, un gesto casi reverente— de repente todo vuelve a saber a algo. A ti. A nosotros.
Elena levantó la cabeza para mirarlo, y en la penumbra que ya casi era noche cerrada vio en su cara una paz que no le había visto desde antes de marzo, una tregua momentánea entre el miedo y la esperanza que a ella le pareció, en ese instante,
la cosa más frágil y más valiosa que había visto en meses.
—Te quiero —dijo ella, en voz baja, las primeras dos palabras de ese peso exacto que ninguno de los dos había pronunciado desde el reencuentro—. Sigo enfadada. Y te quiero. Las dos cosas.
Martín cerró los ojos, y Elena sintió cómo el pecho de él se es‐ tremecía bajo su mejilla en algo que no era del todo un sollozo pero que tampoco era del todo otra cosa.
—Yo también te quiero —dijo, con la voz deshecha—. Más de lo que voy a ser capaz nunca de explicarte del todo.
Se quedaron un rato más en silencio, escuchando la noche insta‐ larse del todo sobre el jardín, y Martín, con la cabeza de Elena to‐ davía apoyada sobre su pecho, sintió que por primera vez en meses el miedo no era lo único que ocupaba espacio dentro de él.
Había sitio también para esto: la piel de Elena contra la suya, el peso tran‐ quilo de su cuerpo, la certeza pequeña y enorme de que, pasara lo que pasara con el tratamiento, aquella noche había existido, entera, real, imposible de arrebatarle a ninguno de los dos.
—¿Sabes qué pensaba yo cuando planeaba dejarte, en marzo? —dijo de pronto, la voz baja, casi un susurro contra su pelo—. Pen‐ saba que te estaba salvando de exactamente esto. De tener que aprender a querer un cuerpo que ya no es el que conociste. Pensaba que te ahorraba algo.
—¿Y ahora qué piensas? —preguntó Elena, sin moverse, con los ojos ya cerrados.
—Ahora pienso que me equivoqué en casi todo.
Que no había nada que ahorrarte, porque esto —bajó una mano para trazarle la lí‐ nea de la espalda, un gesto lento, casi distraído— no ha sido un sa‐ crificio que hayas tenido que hacer.
Ha sido, no sé cómo explicarlo sin que suene raro, el momento más bonito que hemos tenido en cuatro años.
Y he estado a punto de no dejar que pasara nunca.
Elena no contestó con palabras. Le besó el esternón, justo sobre el corazón, y se quedó así, escuchando el latido, hasta que la respi‐ ración de los dos se volvió lenta y pareja, la noche cerrándose des‐ pacio sobre la masía,
el olor a jazmín del jardín de Teresa colán‐ dose por la ventana mezclado con el aroma de la piel de los dos.
Elena pensó, justo antes de quedarse dormida con la mano de Mar‐ tín trazándole distraídamente la espalda, que aquella noche había sido la primera vez en meses en que la palabra "futuro" no le había dado miedo pronunciar, ni siquiera en silencio, ni siquiera solo para sí misma.
No supo, mientras se dormía, que a las tres de la madrugada Martín seguiría despierto a su lado, con los ojos abiertos en la oscu‐ ridad, notando un calor extraño empezando a subirle por la nuca que no tenía nada que ver con lo que acababan de compartir, y que ese calor,
esa fiebre que empezaba a treparle por el cuerpo como una marea silenciosa, iba a partir en dos la noche más bonita que habían tenido en meses.