Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Todo lo que no dijo

A las tres y veinte de la madrugada, Martín se dio cuenta de que temblaba.

No era el temblor suave de tener frío. Era otra cosa, un temblor que le nacía en algún punto profundo del cuerpo y se le extendía hacia fuera en oleadas, castañeteándole los dientes pese al calor que notaba subirle por la piel como si alguien le hubiera encendido un fuego por dentro.

Se incorporó despacio en la cama, procurando no despertar a Elena, y notó el sudor empapándole ya la camiseta, frío y pegajoso pese al bochorno interior.

El termómetro, que Raúl le había obligado a tener siempre en la mesita —"por si acaso, Mar‐ tín, aunque tú creas que no hace falta"— marcó 38,9 antes de que le diera tiempo a terminar de leerlo del todo.

—Elena —dijo, y su propia voz le sonó rara, pastosa, como si perteneciera a otra persona—. Elena, despierta.

Ella se incorporó de golpe, con esa rapidez de alarma que solo tienen las personas que llevan semanas durmiendo con un oído puesto en la posibilidad de una emergencia, y encendió la lámpara. —¿Qué pasa? ¿Qué tienes?

—Fiebre. —Le tendió el termómetro con una mano que no aca‐ baba de sostenerse firme—. Casi treinta y nueve.

El protocolo, que Raúl les había explicado tantas veces que Elena podía recitarlo dormida, era claro y no dejaba margen para la duda: cualquier fiebre por encima de 38 en un paciente en quimio‐ terapia era una neutropenia febril hasta que se demostrara lo con‐ trario,

y una neutropenia febril era una urgencia real, de las que no esperan a que amanezca, de las que se tratan en menos de una hora o se convierten en algo mucho más grave.

Elena ya estaba de pie, marcando el número de Raúl con dedos que a Martín, incluso a tra‐ vés de la niebla de la fiebre, le parecieron sorprendentemente firmes.

—Raúl, es Martín, tiene 38,9, llevamos al hospital de Palamós, sí, ahora.

Los siguientes cuarenta minutos se le quedaron a Martín graba‐ dos en fragmentos sueltos, como fotogramas de una película mal montada: el frío del asiento del coche contra la espalda empapada en sudor, las luces de las farolas pasando demasiado rápido por la ventanilla,

la mano de Elena en su rodilla en cada semáforo, apre‐ tando con una fuerza que él sabía que era la manera que ella tenía de no gritar.

Recordó, sin venir a cuento, una noche parecida de ha‐ cía casi treinta años: su madre en el asiento trasero de otro coche, su padre conduciendo con las manos blancas de tanto apretar el vo‐ lante, él mismo con ocho años sentado detrás, mudo de miedo,

sin entender del todo lo que pasaba pero entendiendo perfectamente que algo pasaba, que el mundo se estaba rompiendo por algún sitio que nadie le explicaba.

En la sala de espera, mientras a Martín le hacían las primeras pruebas detrás de una puerta que Elena no podía cruzar, Raúl llegó corriendo con el pelo revuelto y la camisa mal abrochada,

y se sentó junto a ella en una de esas sillas de plástico duro que parecen diseñadas específicamente para hacer más incómoda la espera.

—¿Qué te ha dicho el médico?

—Nada todavía. Le están sacando sangre, le están mirando la vía. —Elena se frotó los brazos, aunque no hacía frío, solo esa clase de frío que nace del miedo y no de la temperatura del aire—. Raúl, dime la verdad. ¿Esto es grave?

—Con los pacientes de quimio, cualquier fiebre alta es una ur‐ gencia real, eso no te lo voy a suavizar.

Pero también te digo que es de las cosas más comunes del protocolo, Elena.

Le va a pasar más de una vez durante el tratamiento, y cada vez que pase, hay que ha‐ cer exactamente lo que habéis hecho esta noche: venir corriendo, no esperar a ver si se le pasa solo. Eso es lo que lo mantiene a salvo.

—Me da miedo que esto se convierta en la normalidad. Que cada semana toque venir corriendo a un hospital a las tres de la madrugada.

—Puede que sea así, durante un tiempo. —Raúl le puso una mano en el hombro, con la misma cautela con que tocaba siempre a Martín, calculando la fuerza exacta para que el gesto reconfortara sin pesar—.

Pero eso no significa que vaya a ser así para siempre.

Significa que estáis en la parte dura del camino.

Y la parte dura, con este tipo de linfoma, suele tener un final bueno al otro lado.

No te puedo prometer nada con certeza absoluta, nadie puede, pero los números están de vuestro lado.

Elena asintió, sin decir nada, mirando la puerta cerrada tras la que estaba Martín.

Aquella sala de espera, con sus sillas incómodas y su luz demasiado blanca, iba a convertirse, muy probablemente, en un escenario recurrente de los próximos meses.

Tendría que aprender a habitarla sin que la fuera desgastando por dentro cada vez un poco más.

En urgencias le sacaron sangre, le pusieron una vía, le hicieron preguntas que él contestó a medias porque la fiebre le nublaba las palabras, y en algún momento, entre el pinchazo de la vía y el suero frío entrándole en el brazo,

oyó a un médico decir la palabra "neu‐ tropenia" en voz baja a una enfermera, y ese sonido —esa palabra concreta, la que llevaba meses temiendo escuchar dicha en voz alta sobre él mismo— fue lo que finalmente le rompió algo por dentro.

No fue el pinchazo. No fue el suero. Fue esa palabra, y la cara de Elena al oírla, pálida bajo la luz fluorescente de la sala, sujetán‐ dole la mano con una fuerza que a él, en ese momento, le pareció lo único real en todo el hospital.

—Va a estar bien —le oyó decir Elena, no a él, sino a Raúl, que seguía a su lado sin haberse movido de la sala—. Va a estar bien, ¿verdad? Dime que va a estar bien.

—Lo van a controlar con antibiótico intravenoso, Elena. Es lo protocolario. Da miedo, pero es exactamente lo que tiene que pasar cuando pasa esto. Están haciendo lo correcto.

Le ingresaron. Le bajaron la fiebre con antibióticos de amplio espectro en cuestión de horas, y hacia el amanecer, cuando ya lle‐ vaba el termómetro marcando 37,2 durante dos controles seguidos,

un médico joven con cara de no haber dormido mucho más que ellos les confirmó que probablemente se trataba de una infección leve, controlada a tiempo, sin mayor complicación.

"Ha hecho bien en venir rápido", le dijo a Elena.

"Con estos pacientes, cada hora cuenta."

Cuando por fin los dejaron solos en la habitación, con la luz gris del amanecer entrando por la persiana entornada y la máquina del gotero marcando su ritmo constante y tranquilizador, Martín se quedó mirando el techo con los ojos abiertos, agotado pero incapaz de dormir, y algo en su interior,

algo que llevaba meses sosteniendo con las dos manos, con los dientes, con cada gramo de fuerza que le quedaba, se rompió del todo.

—No puedo más —dijo, con la voz deshecha, sin previo aviso, y Elena, que estaba sentada en la silla junto a la cama con la cabeza apoyada contra el colchón, levantó la vista de golpe.

—¿Qué necesitas? ¿Llamo a alguien?

—No. —Cerró los ojos, y cuando los abrió, las lágrimas ya le corrían sin que hiciera nada por contenerlas, algo que Elena no le había visto hacer nunca en cuatro años de relación, ni siquiera en los peores momentos de marzo—.

No necesito nada. Necesito de‐ círtelo. Todo. Ya no puedo seguir guardándomelo.

Elena se subió a la cama con cuidado, esquivando el cable del gotero, y se sentó a su lado, tomándole la mano entre las suyas.

—Te escucho.

Martín tardó en empezar. Cuando lo hizo, las palabras le salie‐ ron atropelladas al principio, como agua acumulada demasiado tiempo detrás de una presa que por fin cede.

—Tenía ocho años cuando mi madre se puso enferma.

—Miró al techo, no a ella, porque no confiaba en poder decir aquello mirán‐ dola a los ojos—.

No te he hablado nunca de esto de verdad, solo lo justo, lo de "murió cuando yo era niño", como si eso resumiera algo.

No resume nada. Lo que recuerdo, Elena, no es su cara, que ya casi ni recuerdo bien, es el olor del hospital.

Es el sonido de la máquina del gotero, exactamente este sonido que estamos oyendo ahora mismo, y el sonido me ha estado taladrando la cabeza desde que hemos llegado esta noche porque es idéntico, es exactamente el mismo sonido, y llevo horas con ocho años otra vez sin poder evitarlo.

—Martín...

—Déjame terminar, por favor, porque si paro ahora no voy a po‐ der empezar otra vez.

—Respiró hondo, un temblor recorriéndole la voz—.

Recuerdo a mi padre. Recuerdo cómo se le fue vaciando la cara durante esos meses, cómo dejó de ser mi padre y se convirtió en una persona que solo sabía estar sentada en sillas de hospital con las manos entre las rodillas, esperando.

Y recuerdo, sobre todo, el día que ella murió, cómo mi padre no volvió a ser el mismo hom‐ bre nunca más.

No es una forma de hablar, Elena. No volvió a reírse igual.

No volvió a cocinar, y eso que cocinaba precioso, era él quien me enseñó lo poco que sé de sabores antes de que yo aprendiera el resto solo.

Se apagó una parte de él ese día, y nunca más se volvió a encender.

Yo tenía ocho años y entendí una cosa con una claridad que no debería tener nunca un niño de ocho años: que ver morir a alguien que quieres no te rompe solamente mien‐ tras pasa.

Te rompe para siempre. Te deja así, apagado, el resto de tu vida.

Elena no dijo nada. Le apretó la mano, y esperó, porque enten‐ día, con una intuición que le venía de meses observándolo en silen‐ cio, que aquello necesitaba salir entero, sin interrupciones, antes de que ella pudiera decir nada que sirviera de algo.

—Hay una cosa más que nunca le he contado a nadie, ni si‐ quiera a Lucía, ni siquiera a Raúl.

—Martín cerró los ojos, y su voz bajó todavía más, como si las palabras costaran menos dolor cuanto más bajito se pronunciaran—.

El último día que mi madre estuvo consciente del todo, me pidió que le preparara algo de comer, aun‐ que ella ya casi no podía tragar nada.

Le hice una crema de cala‐ baza, muy suave, casi solo caldo, porque era lo único que a veces conseguía pasar.

Se tomó dos cucharadas. Dos. Y me dijo que es‐ taba buenísima, que iba a ser cocinero algún día, que tenía manos de artista.

Fue lo último que me dijo con sentido antes de que em‐ pezara a irse de verdad.