Capítulo 13
Lo que queda cuando se cae la fachada
El mareo pasó en veinte minutos, sentado en el borde de la cama con la cabeza entre las rodillas y un vaso de agua con azúcar que Elena le preparó con las manos temblando más que las de él.
Raúl, avisado por teléfono, diagnosticó a distancia con la autoridad de quien lleva meses estudiándose el protocolo de memoria: bajada de tensión, deshidratación después de un día entero al sol, nada que un poco de sal, agua y descanso no arreglaran.
"Si en una hora sigue mareado o le sube la fiebre, llamas a urgencias", dijo, y esa frase —"llamas a urgencias"— se quedó flotando en el aire de la habita‐ ción durante el resto de la tarde como una advertencia que ninguno de los dos quiso nombrar en voz alta.
No subió la fiebre. Una hora después, Martín estaba sentado en la cama, pálido todavía pero estable, comiendo despacio unas galle‐ tas saladas que Elena le había traído junto con más agua, mirándola con una expresión avergonzada que a ella le pareció, en ese mo‐ mento, casi insoportablemente tierna.
—Perdona el susto —dijo él.
—No pidas perdón por marearte, Martín. No es una falta de educación.
—Ya. Pero odio que tengas que verme así. Cayéndome contra el marco de una puerta como un anciano.
Elena se sentó a su lado en la cama, le quitó el paquete de galle‐ tas de las manos con suavidad y lo dejó en la mesita, y le sostuvo la cara entre las manos exactamente igual a como él había hecho esa mañana en la cala.
—Escúchame bien, porque no pienso repetirlo cada semana.
— Su voz sonó firme, sin rastro de la fragilidad que a ella misma le sorprendió no sentir en ese momento—.
Yo no estoy aquí espe‐ rando la versión de ti que corre por la playa y hace bromas sobre cerdos felices.
Estoy aquí para todo. Para los días buenos y para los mareos y para lo que venga después.
Si necesitas que te lo diga cada día para que te entre en la cabeza, te lo diré cada día.
Martín cerró los ojos un segundo, y cuando los abrió, algo en ellos se había aflojado, una tensión antigua cediendo un grado más.
—¿Cómo lo haces? —preguntó, con una voz que ya no era de médico ni de paciente, solo de hombre cansado—. ¿Cómo consi‐ gues no tener miedo?
—Tengo muchísimo miedo —dijo Elena—. Todo el rato. Pero he decidido que el miedo no es tuyo para gestionarlo por mí. Es mío. Y yo elijo qué hago con él.
Se quedaron un rato en silencio, la habitación bañada ya por la luz naranja del atardecer que entraba oblicua por la ventana, dibu‐ jando una franja cálida sobre la colcha.
Fuera, las cigarras habían bajado el volumen con el descenso del calor, y en su lugar empeza‐ ban a oírse los primeros grillos, ese cambio de guardia sonoro tan propio de las noches de verano en el Empordà.
—Antes, en la cala —dijo Elena, rompiendo el silencio—, cuando me besaste...
Llevaba semanas preguntándome si volvería‐ mos a eso alguna vez.
Si no lo habríamos perdido para siempre, quiero decir.
Lo físico. Después de todo lo que ha pasado, pensaba que quizá el miedo se había comido esa parte de nosotros y no iba a volver.
—Yo pensaba lo mismo —admitió Martín—. Durante meses no sentí ni una chispa de deseo por nada.
Ni por la comida, que es mu‐ cho decir viniendo de mí, ni por nada.
La quimio te apaga cosas que no sabías que se podían apagar.
Y luego, hoy, en la playa, vién‐ dote reír con el sol en la cara...
ha sido como si alguien hubiera vuelto a encender la luz de golpe.
Me ha dado hasta miedo, la in‐ tensidad con la que ha vuelto.
—¿Miedo de qué?
—De que fuera solo un espejismo. De que mañana la quimio me lo vuelva a apagar todo y descubra que hoy ha sido una excepción, no una vuelta a la normalidad.
—Se quedó callado un momento, mirando el techo—.
Llevo meses aprendiendo a no confiar en los días buenos.
A tratarlos como préstamos, no como certezas.
Elena le tomó la mano por encima de la colcha, entrelazando los dedos despacio.
—Pues hoy no lo trates como un préstamo. Trátalo como lo que es: un día que estamos teniendo, aquí, ahora, los dos. Lo de mañana ya lo pensaremos mañana.
Martín se recostó despacio contra las almohadas, y Elena se tumbó a su lado, de costado, mirándolo.
—Gracias por quedarte —dijo él, en voz baja—. Hoy, y en ge‐ neral. Sé que no te lo digo lo suficiente.
—No hace falta que me lo digas. Se nota.
—Quiero decírtelo de todos modos.
Elena sonrió, y alargó una mano para acariciarle la mejilla, no‐ tando bajo los dedos la barba incipiente, más rala de lo habitual, otra pequeña baja que la quimio le había impuesto al cuerpo.
Mar‐ tín cerró los ojos ante el contacto, con un gesto que no era de placer exactamente, o no solo de placer, sino de alguien que llevaba meses conteniendo el impulso de dejarse tocar sin miedo a lo que la otra persona pudiera pensar de lo que encontraba.
—¿Puedo? —preguntó Elena, y no hizo falta especificar qué pe‐ día permiso para hacer, porque los dos entendieron la pregunta en‐ tera en esa sola palabra.
Martín abrió los ojos y la miró largamente, con una intensidad que a ella le recorrió la piel entera antes de que él dijera nada.
—Tengo miedo de que no te guste lo que veas —dijo, con una honestidad que le costó un esfuerzo casi físico pronunciar—.
He perdido quince kilos, Elena. Tengo una cicatriz nueva bajo la claví‐ cula por el puerto.
No me queda ni un pelo en el cuerpo. No soy el mismo que dejaste...
que dejé —se corrigió, porque hasta en ese de‐ talle necesitaba ser exacto— en marzo.
Elena se incorporó un poco, apoyándose en un codo, y lo miró con una seriedad que no dejaba lugar a dudas.
—Martín. Escúchame. Yo no me enamoré de un cuerpo.
Me enamoré de un hombre que discute con el vecino sobre la felicidad de los cerdos, que pone la mano en la espalda baja cuando cruza‐ mos una calle aunque no haya ningún coche a la vista, que llora viendo documentales de naturaleza y luego lo niega si se lo digo.
Ese hombre sigue exactamente aquí. Lo demás...
—recorrió con la mirada su torso, sin apartarla esta vez, sin fingir que no miraba— lo demás es solo la fachada, y ya te dije en la cala lo que pienso de las fachadas.
Le desabrochó despacio el primer botón de la camisa que él se había puesto para la cena, esperando en cada gesto una señal de que parara si él quería que parara.
No llegó ninguna señal de esas. Mar‐ tín se dejó desnudar el torso con una quietud que a Elena le pareció más íntima que cualquier otra cosa que hubieran hecho juntos en cuatro años de relación: un hombre acostumbrado a controlar cada detalle de lo que mostraba al mundo, entregándole a ella,
delibera‐ damente, el control de mirar lo que él más temía que se viera.
La luz del atardecer le caía sobre la piel, dorada y honesta, sin disimular nada: las costillas marcadas bajo una piel más pálida de lo que Elena recordaba, la pequeña protuberancia del puerto bajo la clavícula, un moretón amarillento en el antebrazo donde le habían pinchado una vía días atrás.
Elena posó la palma de la mano justo sobre el esternón, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la piel, y se inclinó despacio para besar la cicatriz del puerto, un gesto tan deliberado, tan cargado de intención, que sintió a Martín contener la respiración entera.
—Elena...
—Calla —dijo ella, sin levantar la cabeza, la voz suave contra su piel—. Deja que haga esto.
Siguió besando despacio, sin prisa, cada zona que él había aprendido a esconder incluso de sí mismo delante del espejo: las costillas, el hombro donde antes había músculo y ahora había solo el recuerdo de él, el moretón del antebrazo con un cuidado casi re‐ verente,
como quien restaura una fachada antigua descubriendo bajo el revoque dañado la piedra original, intacta, esperando a que alguien se tomara el trabajo de encontrarla otra vez.
Y mientras lo hacía, pensó —porque incluso en ese momento, o quizás sobre todo en ese momento, su mente seguía traduciéndolo todo al lenguaje que mejor conocía— que restaurar un edificio nunca consiste en fingir que el tiempo no ha pasado.
Consiste en aceptar cada grieta, cada desconchón, cada cicatriz de la intemperie, y decidir que pre‐ cisamente ahí, en esas marcas, está la historia que hace que el edifi‐ cio merezca la pena conservarse.
Martín, mientras tanto, sentía que cada roce le devolvía un sabor concreto que llevaba meses sin poder nombrar del todo: el calor de la boca de Elena contra la piel del hombro le supo, absurdamente, a las primeras cucharadas de un caldo bien reducido,
ese punto exacto en que la intensidad no abruma sino que se despliega despa‐ cio en el paladar, capa sobre capa.
Notó que la respiración se le en‐ trecortaba, no de dolor sino de la pura sobrecarga de sentir algo con tanta nitidez después de meses de sabores apagados por la medica‐ ción.
Notó también las manos de ella recorrerle los brazos, el pe‐ cho, con una lentitud deliberada que no tenía nada de médica ni de compasiva, y comprendió, con un alivio que le subió por la gar‐ ganta como algo a punto de desbordarse, que Elena no lo estaba to‐ cando a pesar de lo que encontraba,
sino porque quería estar exac‐ tamente ahí, en ese cuerpo concreto, sin nostalgia por el cuerpo de antes.
Se sorprendió a sí mismo conteniendo un sonido a medio ca‐ mino entre la risa y el llanto, sin conseguir decidir cuál de los dos pesaba más.
—Deja que te vea a ti también —dijo él, con la voz ronca, incor‐ porándose lo suficiente para llevar las manos a los botones del ves‐ tido de lino que ella llevaba puesto desde la playa.
Elena asintió, y se dejó desabrochar despacio, sintiendo cada bo‐ tón como una pequeña puerta que se abría.
Cuando el vestido cayó, Martín la miró con una atención que ella conocía bien —la misma atención con que él probaba un ingrediente nuevo, buscando en cada matiz algo que nombrar— y le recorrió con las manos la cin‐ tura, la curva de la cadera, el hombro,
deteniéndose en cada zona con una lentitud que a Elena le pareció casi insoportable, en el buen sentido, en el sentido en que lo insoportable a veces es simple‐ mente lo que más se ha echado de menos.