Capítulo 12 #2
Todo el mundo veía al chef con estrella, la sonrisa, el aplomo, la seguridad con la que te movías en tu cocina como si el mundo entero fuera tuyo.
Y yo, que llevo toda la vida mirando edi‐ ficios, sé que la fachada no dice nada de si el edificio aguanta un terremoto.
Tardé meses en descubrir cómo eras por dentro, dónde estaban tus vigas de verdad.
—Se quedó callada un segundo, mi‐ rando el mar—.
Y ahora es al revés. Ahora la fachada se ha caído, y por primera vez veo directamente la estructura.
Y ¿sabes qué, Mar‐ tín? Aguanta. Aguanta mejor de lo que aguantaba antes, cuando te‐ nía todo ese revestimiento bonito por delante escondiéndola.
Martín se incorporó despacio, sentándose frente a ella, y por un momento no dijo nada porque no confiaba en su propia voz.
Había pasado meses convencido de que dejarse ver así —flaco, calvo bajo el gorro, con el puerto implantado como una cicatriz de guerra visi‐ ble— era exponer la peor versión posible de sí mismo ante la única persona cuya opinión le importaba de verdad.
Y ahora Elena aca‐ baba de decirle, con esa precisión suya de arquitecta que nunca de‐ cía nada que no hubiera medido primero, que lo que veía le gustaba más, no menos.
—Elena.
—¿Qué?
Él no respondió con palabras. Le tomó la cara entre las manos, despacio, dándole tiempo de sobra a apartarse si quería, y ella no se apartó. Y entonces la besó.
No fue un beso fácil. Martín llevaba semanas —meses, si con‐ taba desde marzo— cargando tanto miedo y tanta culpa que el beso llegó cargado de todo eso, de la rabia de ella que él sabía que se‐ guía ahí, agazapada debajo de la ternura reciente, sin resolver del todo;
del terror de él a que aquello fuera solo compasión disfrazada de amor, a que Elena se estuviera quedando por lástima y no por‐ que de verdad quisiera aquello, este cuerpo nuevo, este futuro in‐ cierto.
Fue un beso lento, casi tímido al principio, los labios de Elena entreabriéndose despacio contra los suyos como quien prueba si el suelo aguanta antes de poner todo el peso encima.
Mar‐ tín notó el sabor a sal en su boca —sal del aire, sal quizás de alguna lágrima que ninguno de los dos iba a mencionar— y por debajo de eso el sabor que llevaba cuatro años reconociendo como el sabor de estar en casa: algo cálido, ligeramente dulce, inconfundiblemente Elena.
Ella le puso una mano en la nuca, atrayéndolo un poco más, y el beso dejó de ser tímido para volverse más hondo, más urgente, con esa desesperación silenciosa de dos personas que llevan meses con‐ teniéndose por miedo a romper algo frágil y de pronto descubren que lo frágil, en realidad,
es más resistente de lo que pensaban.
Martín sintió que algo se le deshacía en el pecho, una tensión acu‐ mulada durante meses cediendo de golpe, y con ella subió también el miedo —siempre subía el miedo, ahora, mezclado con todo lo demás— de estar a punto de perder aquello otra vez,
de que el cuerpo lo traicionara antes de que tuviera tiempo de merecer del todo lo que Elena le estaba devolviendo.
Se separaron despacio, sin prisa, las frentes todavía juntas, res‐ pirando el mismo aire.
—Llevaba meses queriendo hacer eso —dijo Martín, con la voz ronca—. Desde que te vi en el mercado. Calvo, con el gorro puesto, pensando que ibas a salir corriendo, y lo único que quería era besarte.
—Yo quería salir corriendo —admitió Elena, con una risa tem‐ blorosa—. Y también quería besarte. Las dos cosas a la vez. Fue muy confuso.
—¿Y ahora? —preguntó él, apartándose lo justo para mirarla a los ojos—. ¿Sigue siendo confuso?
Elena tardó en contestar. Miró el mar, después a él, y Martín re‐ conoció en su cara el gesto de alguien sopesando una estructura an‐ tes de decidir si se le puede confiar el peso de un edificio entero.
—Sigo enfadada —dijo al fin, con una honestidad que a Martín le dolió y le alivió a partes iguales—.
No se me ha pasado. No sé si se me va a pasar del todo alguna vez, lo de que decidieras esto tú solo, sin contar conmigo, como si yo no tuviera derecho a elegir qué era capaz de soportar.
Eso sigue ahí, Martín. No ha desapare‐ cido solo porque hoy sea un día bueno y estemos en la cala besán‐ donos como si tuviéramos veintitrés años.
—Lo sé —dijo él, y era verdad, lo sabía, lo sentía como una pie‐ dra concreta en el estómago cada vez que ella lo miraba con esa mezcla de amor y reproche que llevaba semanas sin poder nombrar del todo—. No espero que se te pase. Ni siquiera sé si merezco que se te pase.
—Pero estoy aquí —siguió Elena, y le puso una mano en el pe‐ cho, justo encima de donde Martín sabía que tenía el puerto im‐ plantado, un gesto tan deliberado que a él se le cortó la respiración —.
Estoy aquí a pesar de estar enfadada. Y creo que eso es lo que tienes que entender, Martín: las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.
Puedo seguir furiosa contigo por lo que hiciste y también querer besarte en esta playa hasta que se nos acabe el oxí‐ geno.
No son cosas que se anulen entre sí. Son solo...
—buscó la metáfora, y la encontró, porque siempre la encontraba— dos plan‐ tas del mismo edificio.
Conviven. No hace falta derribar una para que la otra se sostenga.
Martín la abrazó entonces, fuerte, con la cara hundida en su pelo, respirando su olor a sal y a protector solar y a algo más anti‐ guo y más suyo que ninguna palabra lograba capturar del todo.
Sin‐ tió el corazón de Elena latiendo contra el suyo, un poco acelerado todavía, y pensó que aquel era, quizás, el sabor más complejo que había probado nunca: alivio y miedo y deseo y culpa, todo mez‐ clado en una misma cucharada, imposible de separar en sus compo‐ nentes,
y sin embargo —de algún modo que su formación de chef nunca le había enseñado a explicar— delicioso de todos modos.
—¿Sabes qué echo de menos? —dijo Elena contra su pecho, la voz amortiguada—.
Los planes tontos. Antes hacíamos planes ton‐ tos todo el tiempo.
Que si nos íbamos a Cerdeña en septiembre, que si comprábamos aquella casa en ruinas de la calle del Mar solo para que yo la rehabilitara por capricho, que si algún día abrías un res‐ taurante más pequeño, sin estrellas, solo para cocinar lo que te ape‐ teciera sin que nadie te juzgara.
Llevamos semanas sin hacer un solo plan que no tenga que ver con análisis de sangre o con ciclos de quimio.
Martín se apartó un poco para mirarla, y algo en su pecho se movió, una idea tomando forma con la misma claridad repentina con la que a veces se le ocurría la combinación exacta de un plato nuevo.
—Pues hagamos uno.
—¿Ahora?
—Ahora. Aquí mismo. —Se sentó más recto, con una energía que llevaba semanas sin sentir, el día bueno todavía sosteniéndolo —.
Cuando esto termine —y no dijo "si termina", dijo "cuando", con una convicción deliberada que a él mismo le sorprendió pro‐ nunciar en voz alta por primera vez— quiero reabrir La Sal con un menú nuevo.
Uno que no tenga nada que ver con impresionar a nin‐ gún inspector de guías.
Uno que sea solo... comida que a mí me sepa a algo. ¿Y sabes cuál va a ser el primer plato?
—¿Cuál?
—Escudella. La de doña Carmen. Voy a poner en la carta de un restaurante con estrella Michelin la escudella de una viuda de se‐ tenta y ocho años que amenazó con traerme la Guàrdia Civil si no me la comía. Y en la carta va a decir su nombre. Escudella de Carmen.
Elena se rió, una risa completa, sin editar, que a Martín le pare‐ ció el sonido más bonito de toda la mañana, más bonito incluso que el mar.
—Le va a encantar. Se va a poner insufrible presumiendo por todo el pueblo.
—Que se ponga. Se lo ha ganado. —Le tomó la mano, entrela‐ zando los dedos con los de ella, y miró el mar, ese color imposible que nunca había sabido nombrar del todo—. Es el primer plan que hago en meses que no da miedo pensar. Gracias por eso.
Elena apoyó la cabeza en su hombro, y se quedaron así un rato largo, viendo el agua, escuchando a los niños gritar jugando con la pelota, dejando que el día bueno se extendiera todo lo posible antes de que llegara, inevitablemente, el siguiente ciclo.
Fue esa misma tarde, ya de vuelta en la masía, con la piel toda‐ vía tibia de sol y de sal, cuando Martín, mientras se quitaba la ca‐ miseta antes de ducharse, sintió que las piernas le fallaban de golpe, sin aviso previo, y tuvo que agarrarse al marco de la puerta para no caer.
—¿Martín? —La voz de Elena, desde el pasillo, cambió de tono en una fracción de segundo, la alarma sustituyendo de golpe a la li‐ gereza de toda la tarde—. ¿Qué pasa?
—Nada —dijo él, aunque la habitación le daba vueltas despacio, aunque un sudor frío y repentino le había empapado la nuca en cuestión de segundos—. Un mareo. Ya se me pasa.
Pero no se le pasó enseguida. Y cuando Elena entró en la habita‐ ción y lo vio agarrado al marco de la puerta, pálido de un modo dis‐ tinto al pálido habitual de la quimio, con los labios ligeramente descoloridos, Martín vio en su cara que el día bueno, con toda su promesa de normalidad recuperada,
acababa de terminarse mucho antes de lo que ninguno de los dos hubiera querido.