Capítulo 12
Un día bueno
Martín se despertó sin náuseas, y eso, por sí solo, ya le pareció un milagro digno de contarse.
Se quedó un rato quieto en la cama, catalogando el cuerpo con la misma atención meticulosa con la que catalogaba un producto nuevo en la cocina: sabor, textura, temperatura.
Nada de mareo. Nada de ese sabor metálico que la quimio le dejaba pegado al pala‐ dar durante días, como si se hubiera comido una cuchara.
Los músculos le dolían con un cansancio limpio, el de quien ha dor‐ mido de verdad, no el cansancio pastoso y químico al que ya se ha‐ bía acostumbrado a llamar "los días malos".
Era, sencillamente, un día bueno. El oncólogo se lo había advertido: entre ciclo y ciclo ha‐ bría ventanas así, breves, en las que el cuerpo recuperaba algo pare‐ cido a la normalidad antes de que el siguiente golpe de veneno cu‐ rativo volviera a tumbarlo.
Martín había aprendido a no confiar del todo en esas ventanas.
Y sin embargo, esa mañana, con la luz de ju‐ lio entrando de lado por la persiana medio bajada, decidió que se iba a permitir creer en ella al menos un día.
Elena dormía a su lado, boca abajo, un brazo cruzado bajo la al‐ mohada, el pelo desparramado como si una arquitecta hubiera deci‐ dido, por una vez, dejar que algo en su vida existiera sin plano ni medida exacta.
Llevaba así —durmiendo en su cama, en su casa, con la naturalidad de quien ha vuelto a un sitio que reconoce aun‐ que las paredes hayan cambiado de color— casi tres semanas.
Y sin embargo Martín todavía se despertaba algunas mañanas con el miedo intacto de que fuera a desaparecer, de que abriera los ojos y descubriera que todo había sido una alucinación febril producida por los corticoides.
No lo era. Elena abrió los ojos despacio, lo miró, y sonrió con esa sonrisa mañanera, todavía sin editar, que a él siempre le había parecido la prueba más honesta de que alguien lo quería: nadie se molesta en fingir nada a las ocho de la mañana con los ojos hincha‐ dos de sueño.
—¿Qué? —preguntó ella, notando que él la miraba.
—Nada. Que hoy es un día bueno.
Elena se incorporó sobre un codo, y algo en su cara cambió, la alegría cauta de quien ha aprendido a no soltar el aire del todo hasta comprobar que la buena noticia se sostiene.
—¿De verdad? ¿Cómo de bueno?
—De los que se pueden ir a la playa.
Ella se quedó mirándolo un segundo entero, como si estuviera verificando los cimientos de esa frase antes de construir nada en‐ cima, y después sonrió de una manera que a Martín le recordó, con una punzada dulce y dolorosa a la vez, a la Elena de antes de marzo:
la que planeaba escapadas de fin de semana con la misma pasión con la que reconstruía fachadas del siglo diecisiete, la que decía "vámonos ya" como si cualquier retraso fuera un desperdicio imperdonable de tiempo juntos.
—Pues vámonos ya —dijo, y saltó de la cama.
Mientras Elena preparaba una bolsa con toallas y protector solar, Martín se quedó un momento a solas frente al espejo del baño, con el gorro de lana todavía en la mano, decidiendo si ponérselo o no.
Llevaba semanas sin salir a ningún sitio público sin él, ni siquiera al mercado, ni siquiera para bajar al puerto a comprar pescado como hacía religiosamente cada martes desde que tenía memoria.
El gorro se había convertido en una especie de armadura, una ma‐ nera de controlar al menos un detalle de cómo el mundo lo veía cuando ya no podía controlar casi nada más.
Se miró la cabeza des‐ nuda un instante —la piel pálida donde antes había pelo oscuro y espeso, la forma del cráneo que nunca había tenido ocasión de co‐ nocer tan bien como ahora— y por primera vez en semanas pensó que quizá, solo por un día, por un día bueno,
podía dejar la arma‐ dura colgada del perchero.
Se puso una gorra ligera en su lugar, más por el sol que por es‐ conderse, y cuando salió del baño Elena lo miró con una sorpresa que no dijo nada en voz alta pero que a él le llegó de todos modos, clara como una frase entera.
—¿Qué? —preguntó Martín.
—Nada. Que hoy pareces tú de verdad, sin el disfraz.
—No es un disfraz —empezó a protestar, y luego se rindió, por‐ que en el fondo sabía que ella tenía razón—. Bueno, un poco sí es un disfraz. Pero hoy no me apetece llevarlo puesto. La cala de Canyelles a media mañana de un martes de julio no estaba vacía
La cala de Canyelles a media mañana de un martes de julio no estaba vacía —nunca lo estaba del todo, ni siquiera entre semana, porque el Empordà ya no guardaba secretos de esa clase para nadie — pero tenía ese ritmo pausado que Martín recordaba de los años en que él y Elena bajaban temprano,
antes de que el sol cayera a plomo y llegaran las familias con las neveras portátiles y los niños gritando.
Aparcaron el coche donde siempre, en la explanada de tierra bajo los pinos, y bajaron el sendero de piedra que Martín co‐ nocía con los ojos cerrados desde que tenía memoria: el olor a re‐ sina calentándose al sol,
el chirrido metálico de las cigarras su‐ biendo de volumen con cada metro que se acercaban al mar, el so‐ nido del agua rompiendo contra las rocas con esa cadencia que nunca cambiaba, aunque todo lo demás en su vida llevara un año entero cambiando sin parar.
—Sigue igual —dijo Elena cuando llegaron a la arena, quitán‐ dose las sandalias, con la voz baja, como si hablar más alto pudiera romper algo—. Es raro. Todo lo demás se ha movido, y esta cala si‐ gue exactamente igual.
—Los sitios buenos hacen eso —dijo Martín, extendiendo la toalla sobre la arena con más esfuerzo del que hubiera necesitado hace un año, notando el tirón de cansancio en los brazos y deci‐ diendo, deliberadamente, no darle importancia—. Se quedan quie‐ tos para que uno pueda volver.
Se sentaron. El agua tenía ese color imposible, entre verde y tur‐ quesa, que Martín llevaba toda la vida intentando describir sin con‐ seguirlo del todo —lo más cerca que había llegado fue comparán‐ dolo una vez, borracho, con el color exacto de un caldo de pescado bien clarificado,
y Elena se había reído durante media hora de que solo un cocinero pudiera arruinar el romanticismo de un paisaje comparándolo con un caldo—.
Se quitó la camiseta con un gesto que intentó que pareciera casual, y notó, como notaba siempre en ese instante concreto, la mirada de Elena posándose sobre su torso una fracción de segundo antes de que ella la retirara con cuidado,
como quien aparta la vista de algo para no hacer sentir incómodo al otro.
Él ya conocía ese gesto. Lo conocía y lo odiaba un poco, aunque sabía que no era piedad lo que había en la mirada de Elena.
Era otra cosa, algo más parecido al dolor de ver a alguien que se quiere con‐ vertido en un mapa de todo lo que ha sufrido: las costillas más mar‐ cadas de lo que deberían estar, la piel más pálida en las zonas donde antes el sol dejaba color todo el verano,
el pequeño puerto implantado bajo la clavícula derecha, un abultamiento discreto pero innegable por donde entraba la medicina cada quince días, un re‐ cordatorio permanente de que su cuerpo ya no le pertenecía del todo a él solo.
—Puedes mirar —dijo Martín, con más ligereza de la que sentía —. No me voy a romper.
—No estaba mirando —mintió Elena, y después, al ver que él sonreía, se rindió—: Vale, estaba mirando. Perdona.
—No pidas perdón. —Se tumbó en la toalla, dejando que el sol le cayera de lleno sobre la piel, y cerró los ojos—.
Prefiero que mi‐ res a que finjas que no hay nada que mirar.
Llevo meses viviendo con gente que aparta los ojos como si mi cuerpo fuera de mal gusto.
Contigo quiero poder ser... —buscó la palabra, con esa cos‐ tumbre suya de paladear cada término antes de servirlo— transpa‐ rente.
Aunque lo que se vea a través no sea bonito.
Elena se tumbó a su lado, de costado, apoyada en un codo, mi‐ rándolo con una atención que a Martín le pareció casi física, como una mano recorriéndole la piel sin tocarla.
—Es raro que digas eso tú —dijo ella—. El hombre que ha pa‐ sado media vida obsesionado con que cada plato salga perfecto an‐ tes de sacarlo de la cocina.
—Los platos son distintos. —Abrió un ojo para mirarla—.
Un plato lo controlo yo. Decido qué se ve y qué no.
Esto no lo puedo controlar. Y he tenido que aprender, a las bravas, que hay cosas que no se pueden emplatar bonito por mucho que uno se empeñe.
Solo se pueden servir tal como están y esperar que a alguien le siga ape‐ teciendo comérselas.
Elena no dijo nada durante un rato. El mar seguía su ir y venir de siempre, las cigarras seguían su escándalo de siempre, y en al‐ gún punto de la playa un grupo de niños gritaba jugando a algo con una pelota, un sonido de normalidad absoluta que a Martín, en ese instante,
le pareció el ruido más hermoso del mundo.
Recordó, sin buscarlo, un verano de hacía tres años, el segundo que habían pasado juntos, cuando habían venido a esta misma cala casi todos los días de agosto porque Elena estaba terminando un proyecto agotador de rehabilitación en Madrid y necesitaba, decía ella,
"un sitio donde el tiempo no cuente los minutos".
Recordó cómo se reía entonces con la cabeza hacia atrás, exactamente como se había reído él mismo en el porche el día anterior, y cómo una tarde, tumbados en esta misma arena, ella le había dicho, medio en broma medio en serio, que si algún día alguno de los dos se ponía gravemente enfermo,
el otro tenía prohibido tratarlo con lástima.
"Prométemelo", le había dicho, jugando, sin saber que estaba pro‐ nunciando una profecía que un año después se volvería dolorosa‐ mente literal.
Él se lo había prometido entre risas, sin darle mayor peso, uno de esos juramentos de verano que se hacen sin pensar que algún día habrá que cumplirlos de verdad.
Pensó en decírselo a Elena ahora mismo, recordarle esa promesa hecha en la misma arena tres años atrás, pero decidió guardársela un poco más, saborearla a solas un rato antes de compartirla, como quien deja reposar un vino antes de servirlo.
—¿Sabes lo que pensaba yo de ti, al principio? —dijo Elena de pronto—. Cuando nos conocimos.
—¿Qué pensabas?
—Que eras como un edificio con mucha fachada y poca estruc‐ tura visible.