Capítulo 11 #3
con veinte años menos en‐ cima y ningún diagnóstico todavía en el horizonte—. ¿Qué tal el ánimo?
—Mejor de lo que esperaba. —Martín bajó la voz, aunque el ba‐ rullo de la mesa hacía casi imposible que nadie los oyera—. Es raro, Raúl. Toda esta gente sabe que algo me pasa y no me hacen ni una sola pregunta incómoda. Es la primera vez en meses que no tengo que explicar nada.
—Es que no hace falta explicar nada para que te quieran, tío.
— Raúl le dio una palmada en el hombro, con cuidado, calculando la fuerza justa para no hacerle daño, un gesto que a Elena, que llevaba semanas viendo a Raúl medir cada contacto físico con Martín como quien maneja algo frágil sin querer que se note,
le pareció una de las formas de cariño más discretas y más grandes que había presen‐ ciado en mucho tiempo—.
Deja que te cuiden. No todo el mundo tiene la suerte de tener un pueblo entero dispuesto a hacerlo.
La tarde se alargó entre risas, entre las primas segundas con‐ tando el escándalo de una boda en Palafrugell que había terminado con el novio huyendo por la ventana del baño,
entre Toni inten‐ tando enseñarle a Lucía una canción de rumba catalana con una guitarra desafinada que alguien había traído sin que nadie recordara quién, entre Teresa organizando ya, en voz baja,
el turno de quién traería comida la semana siguiente "porque esto no puede ser una cosa de un solo día, hay que sostenerlo, que un chico no engorda en una tarde".
Cuando por fin se fue el último invitado —el Sebas, que insistió en llevarse "solo un poquito" de todo lo que había sobrado, car‐ gando una bolsa que pesaba como un saco de cemento— el porche quedó sembrado de platos vacíos,
servilletas de papel arrugadas y la guitarra desafinada apoyada contra la pared.
Martín se dejó caer en una silla con un suspiro que sonaba a agotamiento feliz, y Elena se sentó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro, notando bajo la camisa la delgadez que todavía le costaba aceptar del todo pero que ya no le daba miedo tocar.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó, porque esa pregunta se ha‐ bía vuelto un ritual entre ellos, una manera de nombrar en voz alta lo que antes se callaba.
—Lleno —dijo él, y se rió de su propia respuesta—. Literal‐ mente. Creo que no he comido tanto en toda mi vida, y eso que soy cocinero. Doña Carmen debería dirigir un ejército de nutrición for‐ zosa. Sería letal.
—Ha sido bonito —dijo Elena, mirando el jardín, los restos de la fiesta, el cielo que empezaba a teñirse de ese naranja quemado tan propio de los atardeceres del Empordà en verano—. Toda esta gente viniendo sin saber del todo por qué, solo porque sabían que hacía falta.
Martín le tomó la mano, y por primera vez en semanas ese gesto no llevó detrás ninguna disculpa silenciosa, ningún peso de culpa arrastrado desde marzo. Fue simplemente una mano buscando otra mano, sin más explicación necesaria.
—Es curioso —dijo él, mirando también el jardín, la luz ca‐ yendo despacio sobre la mesa vacía—.
Llevo meses pensando que lo peor de todo esto era tener que cargarlo yo solo.
Y hoy he enten‐ dido que quizá la parte que peor llevaba no era el miedo a estar en‐ fermo.
Era el miedo a que, si alguien lo sabía, dejaran de mirarme como a un hombre y empezaran a mirarme solo como a un en‐ fermo.
Y hoy... —se detuvo, buscando la palabra exacta, con esa precisión suya de quien ha pasado la vida ajustando sabores hasta encontrar el punto justo— hoy me han mirado como a un hombre flaco al que hay que darle de comer.
Nada más. Ha sido un alivio que no sabía que necesitaba.
Elena levantó la cabeza de su hombro para mirarlo de frente.
El sol de la tarde le daba de lleno en la cara, dorándole los pómulos afilados, y por primera vez desde el reencuentro en el mercado, se‐ manas atrás, Elena no vio solo al hombre enfermo, ni solo al hom‐ bre que la había roto en marzo.
Vio, superpuesto a los dos, al hom‐ bre del que se había enamorado hacía cuatro años: el que se reía con la cabeza hacia atrás, el que discutía con el Sebas sobre la feli‐ cidad de los cerdos, el que la miraba ahora mismo como si ella fuera lo único sólido en un mundo que llevaba meses temblando.
—Mañana —dijo ella, casi sin pensarlo, sintiendo que algo se aflojaba en su pecho, una tensión que llevaba cargando desde julio — deberíamos ir a la cala. A Canyelles. Hace mucho que no vamos, y mañana no tienes sesión hasta la semana que viene. Tienes un día libre de verdad.
Martín la miró, y algo en su expresión cambió de golpe, una luz distinta, más antigua, más suya.
—¿Tú y yo? ¿En la cala?
—Tú y yo. En la cala. Como antes.
Él no contestó enseguida. Se quedó mirándola con esa intensi‐ dad que Elena recordaba de los primeros meses de su relación, cuando todavía se sorprendían el uno al otro, cuando cada gesto te‐ nía la textura de un descubrimiento.
Y por debajo de esa mirada, Elena intuyó algo que no llegó a nombrarse en voz alta esa tarde, pero que quedó flotando entre ellos como el olor a escudella que todavía impregnaba el aire del porche: que "como antes" era, qui‐ zás,
exactamente lo que los dos necesitaban y exactamente lo que los dos temían.