Capítulo 11 #2
Se fijó en Martín, sentado ahora en el centro del porche con un plato en las manos que doña Carmen le había servido personal‐ mente y que vigilaba con la intensidad de un francotirador, asegu‐ rándose de que cada cucharada llegara a su destino.
Llevaba puesto el gorro de lana pese al calor, y una camisa que le quedaba grande en los hombros de un modo que a Elena todavía le dolía notar, un pequeño puñetazo cada vez que su mirada tropezaba con la eviden‐ cia física de todo lo que su cuerpo estaba atravesando.
Pero ahora mismo, rodeado de vecinos que le contaban historias a gritos y se peleaban por quién había traído el mejor plato, Martín se reía.
Se reía de verdad, con la cabeza echada hacia atrás, y ese sonido — ronco, un poco oxidado por la falta de uso reciente— era, pensó Elena, la arquitectura más honesta que había visto en meses: una estructura que se sostenía no porque nada le faltara,
sino porque al‐ guien había decidido apuntalarla desde todos los costados a la vez.
—Chef —dijo el Sebas, sentándose a su lado con un plato pro‐ pio y sirviéndose vino sin preguntar—, tienes que probar el jamón. Es de un cerdo criado en libertad, ahí arriba, en el mas de mi cu‐ ñado. Un cerdo feliz, Martín. Eso se nota en la carne, te lo digo yo.
—Un cerdo feliz —repitió Martín, con una ceja levantada, mientras aceptaba el plato que le ofrecían.
—Feliz, sí. Un cerdo con mala vida sabe amargo, es cosa sabida.
—¿Y cómo sabes tú si un cerdo es feliz, Sebas? —preguntó Toni desde el otro extremo de la mesa, ya con dos vasos de más—. ¿Le has hecho una entrevista?
—Se le nota en la mirada, hombre.
—El cerdo estaba muerto cuando lo compraste.
—¡Antes de morir, dice, antes! Un animal que ha vivido bien, se nota luego. Como las personas.
Martín se llevó el jamón a la boca —Elena lo vio hacerlo desde su silla, atenta como siempre a la relación de él con la comida ahora que cada bocado era una pequeña victoria— y algo en su cara cambió, se abrió, la desconfianza clínica del chef profesional cediendo paso a un placer genuino,
casi infantil.
—Está buenísimo —admitió, sorprendido de admitirlo—. En se‐ rio. La grasa se deshace, no está salado en exceso, tiene ese punto dulce de bellota que solo se consigue si el animal ha comido bien los últimos meses.
—¿Lo ves? —El Sebas se giró hacia Toni con expresión triunfal —. Cerdo feliz.
La mesa entera estalló en una carcajada que llegó hasta el fondo del jardín, y Elena, riendo también, cruzó una mirada con Lucía al otro lado del porche.
Fue apenas un segundo, pero algo pasó entre ellas en ese instante: un reconocimiento mudo de que ambas esta‐ ban viendo la misma cosa milagrosa, un hombre que llevaba sema‐ nas siendo tratado como un paciente, riéndose como lo que en realidad era, que era simplemente un hombre querido por su gente.
—Doña Carmen —dijo Martín cuando ella se acercó de nuevo con más escudella, decidida a servirle un segundo plato pese a las protestas—, esto es demasiado. En serio. Se lo agradezco muchí‐ simo, pero no puedo comer tanto.
—Tú come lo que puedas y ya está, no te estoy pidiendo un mi‐ lagro.
—Se sentó a su lado con la agilidad sorprendente de quien lleva toda la vida subiendo y bajando escaleras de piedra, y le puso una mano en el brazo, un gesto que en ella —Elena lo sabía ya, después de meses de observarla en el pueblo— equivalía a una de‐ claración de guerra a favor de alguien—.
Tú solo tienes que saber una cosa, Martín.
Este pueblo te quiere. No sé qué te pasa exacta‐ mente, y no me hace falta saberlo, que para eso ya tienes a tu chica aquí que se ve en la cara que sabe cuidarte.
—Le guiñó un ojo a Elena, que sintió que se le encendían las mejillas—.
Pero sé reco‐ nocer cuando a uno de los nuestros le ha caído encima algo grande.
Y cuando eso pasa, aquí no dejamos a nadie solo con su plato va‐ cío. Eso no se hace.
Martín no contestó enseguida. Miró el plato, luego a doña Car‐ men, luego el jardín lleno de gente que lo quería sin necesitar los detalles clínicos de por qué, y a Elena, que lo observaba desde el otro lado de la mesa, le pareció ver algo cruzar por su cara que no tenía nombre exacto,
algo a medio camino entre la gratitud y la vergüenza y un alivio tan hondo que casi dolía de ver.
—Gracias, Carmen —dijo al fin, con la voz un poco tomada—. De verdad.
—De nada, hijo. Ahora come, que el segundo plato no se sirve solo.
Raúl llegó tarde, sudando dentro de una camisa que claramente se había puesto con prisa, y se dejó caer en la silla libre junto a Martín con el gesto de quien lleva toda la semana sin parar.
—Perdón, perdón, se me ha complicado la salida de Girona. ¿Me he perdido mucho?
—Te has perdido que soy oficialmente un cerdo feliz, según el Sebas —dijo Martín.
—Eso ya lo sabíamos todos, chef. —Raúl le robó un trozo de ja‐ món del plato sin pedir permiso, un gesto de confianza tan antiguo que a Elena, observándolos, le recordó fotografías que había visto de los dos de niños, en el mismo pueblo,