Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

La conspiración de los tuppers

Elena se enteró de que algo raro pasaba en el pueblo por la cantidad de aceite de oliva que faltaba en la tienda de Cal Ferrer.

Se lo dijo Teresa esa mañana, con las gafas subidas a la frente y la lista de la compra arrugada entre los dedos, mientras removía el café con el mismo gesto solemne con que otros removerían una de‐ cisión importante.

—Ha comprado cuatro litros. Cuatro, Elena. La Roser de la tienda me lo ha contado esta mañana como quien cuenta un crimen. Y no era para ella. Era para "la causa".

—¿Qué causa?

—Eso es lo que nadie sabe. Pero doña Carmen ha estado toda la semana con la libreta esa suya, la de tapas verdes, apuntando cosas.

La última vez que la vi con esa libreta fue cuando organizó la reco‐ gida de fondos para arreglar el tejado de la iglesia.

Y antes de eso, cuando montó la encerrona a la Pili y el Sebas para que se casaran de una vez.

Elena se rió, un sonido que le salió más ligero de lo que espe‐ raba después de las últimas semanas, cargadas de agujas y salas de espera y el olor específico del hospital comarcal que ya se le había metido en la memoria de un modo que sospechaba que no se iría nunca del todo.

Se llevó la taza a los labios y notó, por primera vez en días, que el café le sabía a café y no a otra cosa.

—Doña Carmen no sabe lo de Martín —dijo, bajando la voz aunque estaban solas en la cocina—. Lo del cáncer, quiero decir. Nadie en el pueblo lo sabe, salvo Lucía y Raúl.

—Ya. Pero sabe que el chef ha adelgazado quince kilos, que tiene mala cara, que no sale, que cuando lo ve en el mercado parece que lleve encima el peso del mundo.

Y en un pueblo como este, Elena, la gente no necesita la verdad entera para actuar.

Les basta con saber que a uno de los suyos le pasa algo.

El resto lo suplen con arroz y con cariño.

Esa tarde, cuando Elena llegó a la masía de Martín —seguía lla‐ mándola así para sí misma, la masía, nunca "su casa" ni mucho me‐ nos "nuestra casa", porque las palabras todavía no habían encon‐ trado el sitio correcto donde encajar— se lo encontró de pie en la cocina,

con el gorro de lana que usaba incluso en pleno julio, discu‐ tiendo por teléfono con alguien de una manera que no auguraba nada bueno.

—Que no, Carmen, que de verdad que no hace falta... Que sí, que lo sé, que se lo agradezco muchísimo, pero...

Colgó. Se quedó mirando el teléfono como si acabara de sobre‐ vivir a un ataque.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Elena, dejando el bolso en la si‐ lla, acercándose a besarlo en la sien porque ya era un gesto que se permitía, un gesto pequeño y todavía nuevo, como quien prueba una baldosa que no sabe si aguantará el peso.

—Doña Carmen quiere organizar una comida. Aquí. El sábado. Para "todos los que me quieren, que son muchos más de los que crees, Martín, y no pienso permitir que sigas ahí encerrado ponién‐ dote más flaco cada día que un espárrago de secano".

—Sus palabras textuales, imagino.

—Sus palabras textuales. —Se pasó una mano por la cara, can‐ sado, pero con una sombra de diversión asomando debajo del can‐ sancio, y Elena pensó que ese gesto —el humor sobreviviendo pese a todo,

encontrando una rendija por donde colarse— era exacta‐ mente lo que más había echado de menos de él durante los meses de silencio.

No la ternura solamente. También la risa—.

Le he di‐ cho que no hace falta, que estoy bien, que como perfectamente.

—¿Y qué te ha dicho ella?

—Me ha dicho, cito textualmente otra vez, "Martín Rovira, llevo setenta y ocho años en este pueblo y sé reconocer a un hom‐ bre que no come cuando lo tengo delante, así que el sábado a las dos, y como no estés en la mesa voy a buscarte con la Guàrdia Ci‐ vil si hace falta".

Elena se rió tan fuerte que tuvo que sentarse.

Martín la miró reír con una expresión que ella no supo descifrar del todo —algo entre el alivio y la nostalgia— y por un momento el chef de estrella Mi‐ chelin, el hombre que llevaba semanas librando una guerra silen‐ ciosa contra su propio cuerpo,

pareció simplemente un hombre al que su vecina había amenazado con la policía por no comer sufi‐ ciente arroz.

—No vas a poder librarte de esto —dijo Elena, todavía riendo.

—No —admitió él—. Y lo peor es que en el fondo no quiero li‐ brarme. Es la primera vez en meses que alguien me trata como si solo estuviera flaco, y no como si me estuviera muriendo. No sabes lo que se agradece eso.

Esa frase se le quedó a Elena clavada en un lugar tierno del pe‐ cho, y no dijo nada, porque sabía que si abría la boca en ese mo‐ mento le iba a salir algo demasiado grande para la cocina en la que estaban.

Esa misma noche, mientras Martín dormía ya —un sueño irre‐ gular, de esos que la quimio le dejaba entrecortado, con pequeños sobresaltos que a Elena se le habían quedado grabados en el cuerpo como un metrónomo nuevo al que había aprendido a estar atenta incluso durmiendo— Elena bajó a la cocina a

beber agua y se en‐ contró a Lucía sentada a la mesa, con un cuaderno de recetas abierto y sin escribir nada en él, la mirada perdida en la ventana oscura.

—¿No puedes dormir? —preguntó Elena, sirviéndose un vaso.

—No mucho, últimamente. —Lucía cerró el cuaderno, y algo en su gesto, cauteloso todavía, recordó a Elena las semanas de tensión entre ellas, aquella distancia hecha de resentimiento contenido que solo había empezado a deshacerse desde la confrontación de julio —.

Me he enterado de lo de doña Carmen. Lo del sábado.

—Todo el pueblo se ha enterado, por lo visto, menos nosotros hasta esta mañana.

—Es que así es este pueblo. —Lucía sonrió, un poco cansada, un poco aliviada de tener por fin un tema de conversación que no doliera—.

Cuando yo era pequeña y mi madre... —se detuvo, y Elena entendió que hablaba de una época de la familia Rovira ante‐ rior incluso al cáncer de Martín, una vieja herida distinta que nin‐ guna de las dos iba a nombrar esa noche— cuando pasaba algo malo en casa,

aparecía gente con comida sin que nadie les avisara.

Yo no lo entendía de pequeña. Pensaba que era de mala educación, presentarse así sin que te llamen.

Ahora sé que es lo contrario. Es que esperar a que te llamen sería dejar solo a alguien que quizá no tenga fuerzas ni para pedir ayuda.

Elena se sentó frente a ella, con el vaso de agua entre las manos, y por primera vez en semanas sintió que hablaba con Lucía no como con la hermana que había cargado sola con un secreto que a ella la había destrozado, sino como con alguien que llevaba la misma guerra por dentro,

solo que desde antes, desde más profundo.

—Gracias por aguantar esto tanto tiempo sola —dijo Elena, con una sinceridad que le salió sin pensar—. Sé que no te lo he dicho todavía. Estaba demasiado enfadada como para decírtelo, y no era enfado contigo, o no del todo, pero te tocó a ti recibirlo.

—No hace falta que me lo digas. —Lucía se encogió de hom‐ bros, pero los ojos se le humedecieron un poco—.

Aunque se agra‐ dece. Han sido los meses más largos de mi vida, viéndote sufrir sin poder contarte nada y viéndolo a él apagarse un poco cada semana.

Doña Carmen y su encerrona de comida es lo primero que me hace ilusión de verdad en mucho tiempo.

Es una tontería, lo sé. Pero ne‐ cesitaba algo así.

—No es ninguna tontería —dijo Elena—. Es exactamente lo que todos necesitamos ahora mismo.

El sábado llegó con un cielo tan azul y tan limpio que parecía sacado de una postal de las que venden en el quiosco del paseo ma‐ rítimo, y con él llegó, a partir de las once de la mañana, medio pue‐ blo del Empordà cargado de fiambreras.

La primera en aparecer fue la propia doña Carmen, vestida como si fuera a una boda, con un tupper del tamaño de una maleta pequeña que contenía, según anunció con la solemnidad de quien presenta una obra maestra, "escudella amb galets, que con esto ha resucitado gente más flaca que tú, Martín,

que lo sé yo bien porque a mi Ramon, que en paz descanse, esta misma sopa lo sacó de una pulmonía en el 89".

—Doña Carmen, es julio —dijo Lucía, que había llegado antes para ayudar y que llevaba el delantal puesto por costumbre incluso en su día libre—. Nadie come escudella en julio.

—El cuerpo no entiende de calendarios, hija, entiende de sustan‐ cia. —Y dicho esto entró en la cocina de Martín como si fuera la suya propia, apartó dos ollas que él tenía en el fuego, y empezó a calentar la suya sin pedir permiso a nadie.

Detrás de ella llegó el Sebas, el de la ferretería, con dos docenas de huevos "de las gallinas de mi cuñada, que ponen unos huevos que parecen de otro planeta, buenísimos para levantar a un hom‐ bre".

Después la Roser de Cal Ferrer, cargada con una fuente de ca‐ nelones que pesaba, calculó Elena, más que un niño de cinco años.

Después el matrimonio Puig, con un jamón entero que dejaron en‐ cima de la mesa del porche como quien deposita una ofrenda vo‐ tiva.

Después tres mujeres que Elena no conocía, primas segundas de alguien, con bandejas de crema catalana que temblaban al cami‐ nar.

Después Toni, el del bar del puerto, con dos garrafas de vino que nadie había pedido pero que nadie tampoco rechazó.

—Esto es una encerrona —le susurró Martín a Elena en un mo‐ mento en que consiguieron quedarse un segundo a solas junto a la puerta de la cocina, viendo cómo su porche se llenaba de gente y de comida a un ritmo que empezaba a ser francamente inquietante—.

Es literalmente una encerrona para engordarme.

—Es amor con forma de escudella —contestó Elena—. Déjalos. Mira a Teresa, está en la gloria.

Y era verdad. Teresa se movía entre las bandejas dando órdenes con la autoridad de un general, decidiendo qué iba en la mesa larga y qué se guardaba para después, regañando a doña Carmen por ha‐ ber traído "demasiado embutido para un hombre que necesita ver‐ dura, Carmen, por Dios",

y a la Roser por "haberle puesto tanto ajo a los canelones que el pobre chico se va a pasar la noche des‐ pierto".

Elena observaba la escena desde el quicio de la puerta, con un vaso de vino que apenas había tocado.