Capítulo 10 #2
La sala de oncohematología, en la tercera planta, tenía una luz blanca demasiado intensa que ha‐ cía que todos los rostros parecieran más pálidos de lo que ya eran, y un rumor constante de goteros, de conversaciones bajas entre pa‐ cientes y acompañantes,
de un televisor colgado en una esquina emitiendo un programa de cocina con el volumen casi al mínimo —una ironía que a Elena le pareció casi cruel, pensando en el hom‐ bre que amaba, chef de una estrella Michelin,
sentado bajo una pantalla que mostraba a otro cocinero preparando un risotto mien‐ tras a él le clavaban una vía en el brazo.
Martín se acomodó en un sillón reclinable de vinilo azul, uno de una fila de ocho, la mayoría ya ocupados por otros pacientes —una mujer mayor con un pañuelo estampado en la cabeza que tejía sin levantar la vista de las agujas, un hombre joven con auriculares puestos y los ojos cerrados,
una señora que debía de rondar los cin‐ cuenta charlando animadamente con su acompañante sobre la boda de un sobrino—.
La enfermera, una mujer de mediana edad con manos rápidas y precisas, le buscó una vena en el dorso de la mano izquierda con una destreza que hablaba de cientos de repeticiones, y Elena tuvo que apartar la vista un segundo cuando la aguja entró,
no porque le diera aprensión física sino porque el gesto entero — tan mecánico, tan rutinario para el personal, tan devastadoramente significativo para ella— le encogió el pecho de un modo que no ha‐ bía anticipado.
—Puedes cogerme la mano si quieres —dijo Martín, con una media sonrisa que le costó un esfuerzo visible—. La otra, la que no tiene la vía. No hace falta que finjas que esto no te afecta.
Elena se sentó en la silla de acompañante, acercándola todo lo posible al sillón, y le cogió la mano derecha entre las suyas. Notó lo fría que estaba, un frío que no correspondía al calor de julio que se colaba, mitigado, por las ventanas selladas de la sala.
—No estoy fingiendo nada —dijo—. Estoy aquí. Con los ojos abiertos.
El primer fármaco entró en el gotero minutos después, un lí‐ quido de un rojo intenso, casi de vino, que Elena observó descender gota a gota por el tubo transparente con una fascinación horrori‐ zada.
Raúl, sentado al otro lado, sacó de su bolsa una baraja de car‐ tas gastadas y propuso una partida de mus a tres, con un entusiasmo tan desproporcionado a la situación que resultaba, precisamente por eso, reconfortante.
—Vamos a perder los tres —anunció, repartiendo las cartas so‐ bre la bandeja plegable del sillón—, porque Martín hace trampas mirando las cartas de todo el mundo desde que teníamos doce años, pero al menos vamos a perder entretenidos.
—No hago trampas. —La voz de Martín ya sonaba un poco más pastosa, el primer efecto de la medicación empezando a asentarse —. Tengo memoria fotográfica para las cartas. Es distinto.
—Es lo mismo que hacer trampas, pero con vocabulario más elegante —dijo Elena, sorprendida de sí misma al descubrir que to‐ davía era capaz de bromear en medio de aquella sala, con el olor a desinfectante metiéndosele por la nariz y el rumor incesante del go‐ tero marcando el ritmo de la tarde.
A media partida, mientras esperaban a que la enfermera cam‐ biara la bolsa del gotero por la siguiente, Martín se giró hacia Elena con los párpados ya pesados por la medicación, y le dijo, en voz baja, como si fuera una confesión que llevara rato masticando:
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto?
Que llevo veinte años de mi vida entrenando el paladar para distinguir matices que la ma‐ yoría de la gente ni siquiera sabe que existen.
El punto exacto en que un caramelo empieza a quemarse.
La diferencia entre un aceite de oliva cosechado en octubre y uno cosechado en noviembre.
Y ahora mismo, con esto entrando en mi vena, lo único que consigo saborear es un regusto metálico que no se parece a nada de lo que he probado en mi vida, y que sin embargo va a ser, durante los pró‐ ximos meses, el sabor que más voy a asociar contigo,
porque eres la persona que está sentada aquí a mi lado mientras me lo administran.
—Qué manera tan rara de hacerme un cumplido —dijo Elena, con la voz temblorosa entre la ternura y las ganas de llorar.
—Ya te lo dije. No voy a cambiar de lenguaje ahora que más lo necesito. —Cerró los ojos un momento, respirando despacio—. Solo quiero que sepas que aunque esto sepa a metal, tú no. Tú si‐ gues sabiendo a la mejor comida que he probado en mi vida.
Raúl, que fingía concentrarse demasiado en sus cartas para no interrumpir el momento, soltó una risa breve sin levantar la vista.
—Como se lo cuente a Lucía, monta un menú entero inspirado en esta frase. Aviso.
Jugaron durante casi una hora más, con Martín perdiendo interés progresivamente en las cartas a medida que el cansancio le iba ven‐ ciendo, hasta que a media partida se quedó dormido con la cabeza ladeada hacia el hombro, la mano todavía dentro de la de Elena, floja pero sin soltarse del todo.
Raúl bajó la voz.
—Esto pasa siempre a partir de la segunda hora. Es normal. — Recogió las cartas con cuidado de no hacer ruido—. Duerme un rato, se despierta grogui, y luego, cuando salimos, empieza el peor tramo: el camino a casa, donde ya empieza a sentir las náuseas de verdad. Prepárate para eso también.
Elena asintió, sin apartar la vista del rostro dormido de Martín, del gorro que se le había ladeado un poco dejando ver la piel des‐ nuda de la sien, de las líneas de cansancio marcadas alrededor de los ojos incluso en sueños.
Pensó, observándolo, en todas las es‐ tructuras que había estudiado a lo largo de su carrera que parecían frágiles a simple vista y resultaban, sin embargo, las más resisten‐ tes: los arcos góticos que distribuían el peso de catedrales enteras a través de líneas aparentemente delicadas,
los muros de carga delga‐ dos que sostenían edificios de siglos de antigüedad gracias a una geometría perfecta antes que a la fuerza bruta del material.
Martín, pensó, dormido en ese sillón de vinilo azul con un gotero de colo‐ res clavado en la mano y quince kilos menos de los que tenía cuatro meses atrás, tenía exactamente ese tipo de fragilidad engañosa: pa‐ recía a punto de romperse, y sin embargo algo en él,
alguna viga in‐ terior que Elena empezaba apenas a vislumbrar, seguía sosteniendo el edificio entero en pie.
La mujer del pañuelo estampado, en el sillón de al lado, levantó la vista de su labor de punto y le sonrió a Elena con una complici‐ dad silenciosa, la de quien reconoce en otra persona la misma mez‐ cla exacta de terror y determinación que ella misma debió de sentir en algún momento de su propio
tratamiento.
—Primera vez —dijo, no como pregunta sino como constata‐ ción, señalando con un gesto de cabeza hacia Martín dormido.
—Primera vez —confirmó Elena.
—Se acostumbra una. —La mujer volvió a sus agujas, sin dejar de sonreír—. No se hace más fácil, pero se acostumbra una. Y él tiene suerte de que hayas venido. Se nota mucho, en esta sala, quién viene acompañado y quién no.
Elena no supo qué responder a eso, así que se limitó a apretar un poco más la mano dormida de Martín entre las suyas, sintiendo bajo los dedos el pulso lento y regular que le confirmaba, minuto a minuto, que seguía ahí,
que el corazón seguía latiendo aunque todo lo demás alrededor de esa sala hablara de fragilidad y de miedo.
Raúl se inclinó hacia ella, en voz muy baja para no despertar a Martín, con la broma ya del todo aparcada.
—La sesión número seis es dentro de dos semanas.
Y luego la siete, y la ocho, hasta la doce.
—Hizo una pausa, midiendo las pa‐ labras—.
No te voy a engañar diciéndote que te vas a acostumbrar del todo, porque no es verdad.
Pero sí vas a aprender a sobrevivir a cada una, un poco mejor que a la anterior.
Eso es lo único que puedo prometerte, porque es lo único que yo mismo he aprendido en estos meses.
—Gracias por decírmelo así, sin adornarlo.
—Ya tuviste suficiente de adornos y mentiras piadosas con este hombre. —Raúl señaló con la barbilla hacia Martín dormido, con un cariño que desmentía la aspereza de la broma—. Te mereces al menos la verdad desnuda de ahora en adelante, por dura que sea.
Fuera, a través de la ventana sellada, el sol de julio seguía ca‐ yendo sobre el aparcamiento del hospital con una indiferencia total, ajeno a que dentro de esa sala blanca y silenciosa, entre el rumor de los goteros y una partida de mus interrumpida a medias,
Elena se‐ guía con la mano fría de Martín entre las suyas, y todavía le queda‐ ban muchas horas de esa misma sala por delante antes de que nadie pudiera prometerle que las cosas iban a salir bien.