Capítulo 10
El goteo
Los primeros días después de aquella noche en el sofá transcurrie‐ ron en una especie de limbo doméstico que Elena no sabía muy bien cómo nombrar.
Había vuelto a la casa de su abuela solo para recoger ropa —Teresa la había recibido con un abrazo largo y nin‐ guna pregunta, solo un «me alegro, nena, me alegro mucho» susu‐ rrado contra su pelo— y había regresado esa misma tarde al piso encima de La Sal con una maleta pequeña, sin que nadie,
ni ella ni Martín, hubiera pronunciado en voz alta qué significaba exacta‐ mente aquel gesto.
No eran pareja, no del todo, no con las palabras dichas y selladas como antes.
Tampoco eran solamente una mujer cuidando de un amigo enfermo, porque lo que había entre ellos, in‐ cluso atravesado por la rabia y las preguntas sin resolver, seguía te‐ niendo la textura innegable del amor.
Elena había decidido, después de darle vueltas durante una noche entera de insomnio, que no ne‐ cesitaba una etiqueta para saber que quería estar allí.
Ya habría tiempo, si sobraba tiempo, si el cuerpo de Martín se lo permitía, para decidir qué nombre ponerle a lo que estaban reconstruyendo.
Lo que sí hizo, con la misma disciplina metódica con la que abordaba un proyecto de restauración, fue aprender la nueva arqui‐ tectura de esa vida a toda velocidad: los horarios del restaurante,
que Lucía llevaba ahora prácticamente sola con la ayuda de un se‐ gundo de cocina contratado a toda prisa; los medicamentos que Martín tenía que tomar a horas concretas, alineados en el armario del baño con una precisión casi quirúrgica; los días buenos y los días malos,
que Elena aprendió a anticipar por pequeñas señales — el color de la piel al despertar, la rapidez o lentitud con la que Mar‐ tín conseguía levantarse de la cama, el apetito o la falta absoluta de él—.
Nadie le había pedido que asumiera ese papel.
Lo asumió sola, sin anunciarlo, del mismo modo en que antes se había apro‐ piado sin pedir permiso del lado izquierdo de la cama.
Raúl llegó a las ocho de la mañana del martes siguiente, día marcado en rojo en el calendario de la cocina con una letra apre‐ tada que Elena reconoció como la de Lucía, con dos cafés en un portavasos de cartón, una bolsa de croissants todavía calientes de la panadería,
y la actitud despreocupada de quien lleva meses fin‐ giendo normalidad con tanta práctica que ya casi le sale sin es‐ fuerzo.
Elena lo reconoció en cuanto abrió la puerta del piso: alto, ancho de espaldas, con una barba de tres días y una camiseta de un equipo de fútbol de tercera regional que llevaba con el mismo orgu‐ llo con el que otros llevarían un traje de gala.
Lo había visto un pu‐ ñado de veces durante los años que llevaba con Martín, siempre de paso, siempre entre bromas, el amigo de la infancia que vivía en Girona y aparecía cuando menos se le esperaba.
—Tú debes de ser la razón por la que este cabrón ha vuelto a sonreír un poco esta semana —dijo Raúl, a modo de saludo, ten‐ diéndole uno de los cafés sin más preámbulo—. Raúl. Ya nos cono‐ cíamos, pero por si las dudas.
—Elena. —Aceptó el café, todavía un poco descolocada por la familiaridad del hombre—. Me acuerdo de ti. La boda de tu primo en Palafrugell, hace dos años. Bebiste demasiado cava y le decla‐ raste tu amor eterno al DJ.
—Ese era un gran DJ. —Raúl sonrió, y por un segundo la son‐ risa le llegó de verdad a los ojos, antes de que la expresión se le en‐ sombreciera al mirar hacia el pasillo del piso, hacia el cuarto donde Martín todavía se estaba vistiendo, despacio,
con el cuidado de quien ha aprendido que cada gesto le cuesta ahora una energía que antes ni notaba gastar—.
Bueno. Hoy toca sesión. ¿Vienes con no‐ sotros o prefieres quedarte aquí la primera vez?
No te lo pregunto por apartarte, te lo pregunto porque es duro de ver y quiero que se‐ pas en qué te metes antes de meterte.
—Voy con vosotros. —No hubo ni un segundo de duda en la voz de Elena—. Llevo cuatro meses sin poder acompañarlo en nada. No pienso perderme esto ahora que por fin puedo.
Raúl asintió, con una expresión que Elena no supo leer del todo —¿alivio?
, ¿preocupación?— y se sentaron los dos a la mesa de la cocina mientras esperaban a que Martín terminara de arreglarse, con los cafés humeando entre las manos y un silencio que Raúl rompió al cabo de un minuto, bajando la voz como quien comparte información que ha decidido,
después de meses de silencio forzado, que ya es hora de compartir con alguien más.
—Te voy a contar lo que hay, porque nadie más te lo va a expli‐ car bien, y prefiero que lo sepas de mí a que lo descubras a trozos y te asustes más de la cuenta.
—Dio un sorbo largo al café, como si necesitara el gesto para ordenar las palabras—.
Es un ABVD. Es el protocolo estándar para el linfoma de Hodgkin, cuatro fármacos combinados que se administran por vía intravenosa cada dos sema‐ nas, en ciclos que duran unos seis meses en total si todo va según lo previsto.
Hoy le toca la sesión número cinco de doce.
Va a estar sentado en una sala con un montón de gente conectada a un gotero, bajo un suero que primero le da antieméticos para que no vomite en el momento, y luego los cuatro fármacos, uno detrás de otro, cada uno con su propio color, su propia textura, su propio olor cuando entra en vena.
La sesión dura entre tres y cuatro horas.
Va a estar cansado, va a estar irritable, y en algún momento probablemente se va a quedar dormido a media conversación porque el cuerpo sim‐ plemente decide que no da más de sí.
Y luego, esta noche y ma‐ ñana, va a estar muy mal.
Náuseas, un cansancio que no se parece a nada que hayas visto antes, dolor de huesos si tiene mala suerte con la inyección de estimulación de médula que le ponen al día si‐ guiente.
No te voy a mentir sobre eso, porque ya ha habido dema‐ siadas mentiras en esta historia.
Elena escuchó todo aquello con una atención absoluta, memori‐ zando cada palabra con la misma precisión con la que memorizaría las especificaciones técnicas de un edificio, tratando de convertir el terror abstracto en datos concretos que pudiera manejar, porque los datos concretos, al menos,
se podían planificar.
—¿Y tú? —preguntó, cuando Raúl terminó—. ¿Por qué has sido tú el que ha estado aquí todo este tiempo? Vives en Girona. Tienes tu vida allí.
Raúl se quedó mirando el café un momento, y cuando habló su voz había perdido el tono ligero del principio.
—Porque Martín y yo nos conocemos desde los seis años, Elena.
Íbamos juntos al colegio de aquí, del pueblo, antes de que su familia montara el restaurante y la mía se dedicara a la pesca.
Es‐ tuve con él el día que enterraron a su madre, cuando teníamos ocho años los dos, y me acuerdo de que no lloró en el funeral, ni una sola lágrima, y que luego, esa misma noche, en mi casa, porque su pa‐ dre no sabía qué hacer con un niño destrozado y lo dejó dormir conmigo un tiempo,
se despertó llorando a las tres de la madrugada y yo no supe hacer otra cosa que quedarme despierto a su lado hasta que amaneció.
—Sonrió, una sonrisa triste, cargada de memo‐ ria—.
Así que cuando me llamó en marzo, dos días después de de‐ jarte, y me dijo entre lágrimas que tenía cáncer y que no se lo iba a contar a nadie más que a Lucía, no me lo pensé.
Empecé a venir cada semana. Al principio le decía a mi mujer que venía a pescar con los amigos de siempre.
Ahora ya lo sabe ella también, es la única persona más aparte de Lucía y de ti que sabe la verdad com‐ pleta.
Pero durante meses hemos sido tres personas cargando un se‐ creto que pesaba como para diez.
—Gracias. —Elena sintió que la palabra se le quedaba corta, in‐ suficiente para lo que quería expresar, pero no encontró otra mejor —. Por estar aquí cuando yo no podía.
—No me las des todavía. —Raúl le guiñó un ojo, recuperando algo del tono bromista con la agilidad de quien ha aprendido, por necesidad, a moverse entre la tragedia y el humor sin perder el equilibrio—.
Porque ahora que has vuelto, espero que te toque a ti aguantar sus quejas sobre la comida del hospital.
Ese hombre es ca‐ paz de escribir una reseña gastronómica del puré de zanahoria del comedor del oncológico con más rigor del que le pone a sus platos de estrella Michelin. Es agotador. Prepárate.
Elena soltó una risa breve, inesperada, la primera risa genuina que se permitía en días, y Raúl la miró con una calidez sincera.
—Menos mal que has vuelto —dijo, ya sin ninguna broma de‐ trás—. Le hacías falta. Le hacía falta alguien que no fuéramos solo Lucía y yo, cargando esto como si fuera nuestra responsabilidad exclusiva. Bienvenida de vuelta al equipo, Elena. Aunque el precio de entrada sea una mierda.
Martín apareció entonces en el umbral de la cocina, ya vestido, con el gorro puesto y una chaqueta ligera a pesar del calor —Raúl le había explicado después, en el coche, que muchos pacientes sen‐ tían frío durante la infusión, un frío que no tenía nada que ver con la temperatura ambiente—,
y los miró a los dos con una expresión cautelosa, como si todavía no terminara de creerse que aquellas dos personas, las que más quería en el mundo aparte de su hermana, es‐ tuvieran sentadas juntas en su cocina un martes cualquiera, rién‐ dose de él con cariño.
—¿De qué os reís?
—De ti —dijo Raúl, poniéndose de pie de un salto—. Siempre de ti. Venga, arriba, que el hospital no espera y el aparcamiento de ese sitio es una selva a partir de las nueve.
El trayecto hasta el hospital de Palamós duró veinte minutos, con Raúl al volante contando anécdotas de la infancia de Martín con el entusiasmo de quien necesita llenar el silencio para que na‐ die tenga tiempo de pensar demasiado en lo que les espera, y Elena, sentada detrás,
observando la nuca de Martín, la forma en que se agarraba con fuerza al reposabrazos de la puerta cada vez que el coche pasaba por un bache, como si necesitara algo sólido a lo que aferrarse.
El hospital olía exactamente como Elena había temido que oliera: a desinfectante con una base dulzona, artificial, que se le pegó a la garganta desde el vestíbulo.