Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Vete, Elena

El camino desde la plaza hasta La Sal apenas duraba diez minutos a paso normal, pero Elena lo recorrió en menos de cinco, casi co‐ rriendo por las callejuelas estrechas donde el sol de la mañana toda‐ vía no había conseguido colarse del todo,

dejando franjas de som‐ bra fresca sobre los adoquines desgastados.

Notó cómo el corazón le golpeaba contra las costillas con una violencia que no recordaba haber sentido nunca, ni siquiera aquella última noche en Madrid, porque aquella noche la habían echado de una vida sin darle tiempo a reaccionar, y esta vez, por primera vez en cuatro meses,

era ella quien decidía entrar en un espacio del que la habían excluido a la fuerza.

Pasó junto al puesto de la señora Nuri, todavía montado, con las bandejas de melocotones relucientes bajo el sol, y por un instante absurdo pensó en la bolsa que Martín había dejado sin abrir el día anterior, intacta sobre alguna encimera de su cocina,

y sintió una punzada de ternura tan inesperada que casi la hizo tropezar.

Se obligó a apartar el pensamiento. No podía permitirse ablandarse an‐ tes siquiera de llegar.

Necesitaba entrar en esa conversación con la misma frialdad calculada con la que entraba en la obra de un edifi‐ cio en mal estado: evaluar los daños primero, sentir después.

La Sal tenía la persiana metálica todavía a medio bajar a esa hora de la mañana, ese gesto ambiguo de un negocio que ni está ce‐ rrado del todo ni ha decidido abrir.

Elena no se detuvo a comprobar el horario.

Cruzó por debajo, agachando la cabeza, y entró en el co‐ medor vacío, ese espacio que conocía tan bien como su propia casa —las mesas vestidas de lino color arena, las fotografías en blanco y negro de pescadores de Calella que Martín había colgado personal‐ mente,

el olor persistente a leña de brasa que se le había metido en la memoria como una firma— y que ahora, sin clientes, sin el ru‐ mor habitual de la sala en pleno servicio, le pareció extrañamente hueco, un decorado esperando a que alguien recordara para qué ser‐ vía.

Pasó una mano por el respaldo de la silla donde solía sentarse a esperarlo cuando cerraba tarde, y notó bajo los dedos la misma ma‐ dera pulida de siempre, y le pareció una crueldad casi ridícula que los objetos permanecieran exactamente iguales mientras todo lo de‐ más se desmoronaba.

—¿Hay alguien? —dijo, y su propia voz le sonó más pequeña de lo que hubiera querido en medio de tanto silencio.

Nadie respondió desde la cocina. Encontró la puerta que llevaba a la escalera del piso de arriba —la había subido decenas de veces en otra vida, cuando ese piso era, durante temporadas, también el suyo,

cuando dormía allí las noches de mucho trabajo en que Mar‐ tín no tenía fuerzas ni para bajar al pueblo— y subió los peldaños de dos en dos, con el corazón latiéndole tan fuerte que casi le dolía.

La puerta del piso estaba entornada. Elena la empujó sin llamar.

Martín estaba sentado a la mesa de la cocina, todavía con el go‐ rro puesto, con una taza de infusión intacta delante que ya debía de estar fría, y con una expresión que, en el segundo en que la vio en‐ trar, pasó por al menos tres emociones distintas antes de fijarse en algo parecido a la furia:

primero sorpresa pura, luego algo que se parecía dolorosamente al alivio, y por último, como quien cierra de un portazo una ventana que se había abierto por error, una dureza fabricada que Elena reconoció al instante porque era la misma que él había llevado puesta la última noche en Madrid.

—¿Cómo has entrado?

—Por la puerta, Martín. Como entra la gente normal.

—Tenías que haber llamado.

—¿Para qué? ¿Para darte tiempo a ponerte la máscara? —Elena cerró la puerta detrás de ella con un golpe seco que resonó en el piso pequeño—. Ya la llevas puesta, así que no ha servido de mu‐ cho de todas formas.

Martín se puso de pie, despacio, con un esfuerzo que a Elena no le pasó desapercibido: una mano apoyada en el borde de la mesa, como quien necesita el apoyo aunque preferiría morirse antes que admitirlo.

De pie, sin el gorro tapándole del todo la cara, Elena pudo verlo completo por primera vez desde hacía cuatro meses, a menos de dos metros, sin el filtro de la distancia del mercado que le había permitido conservar alguna capa de negación.

Vio las venas marcadas en el dorso de las manos, la piel casi transparente en las sienes, los labios agrietados de quien lleva días sin beber lo sufi‐ ciente.

Sintió que el estómago se le revolvía otra vez, esa misma náusea del día anterior, pero esta vez se obligó a quedarse quieta, a no apartar la mirada, a mirarlo de frente con la misma determina‐ ción con la que examinaría un edificio a punto de derrumbarse para decidir si todavía se podía salvar.

—Sé lo que tienes —dijo, y las palabras le salieron firmes a pe‐ sar de todo—. Lo sé todo, Martín. Lucía me lo ha contado esta mañana.

Algo se rompió en la cara de él. Fue rápido, apenas un segundo, pero Elena lo vio: la máscara de dureza resbalando como pintura fresca bajo la lluvia, dejando ver debajo un terror tan crudo que a ella se le encogió el pecho de compasión antes incluso de que la ra‐ bia tuviera oportunidad de

asentarse.

Pero Martín se recompuso en‐ seguida, con la misma disciplina brutal con la que se recomponía delante de un plato que no había salido a su gusto, y cuando volvió a hablar su voz sonó otra vez plana, controlada, insoportablemente distante.

—Mi hermana no tenía derecho a contarte nada.

—Tu hermana lleva cuatro meses ahogándose sola con un se‐ creto que nunca debió ser solo suyo. —Elena dio un paso hacia él —. Y tú no tenías derecho a decidir por mí qué podía yo soportar y qué no.

Martín se apartó de ella, rodeando la mesa con pasos cortos, como si necesitara poner un obstáculo físico entre los dos para po‐ der pensar con claridad.

Elena notó el gesto y reconoció en él algo muy antiguo: Martín siempre había cocinado mejor bajo presión que discutido, siempre había preferido poner distancia entre su cuerpo y el conflicto, como si las palabras difíciles le costaran me‐ nos si las decía desde lejos.

—No es cuestión de derecho. —La voz de Martín subió de tono por primera vez, algo quebrándose por dentro de la fachada de con‐ trol—. Es cuestión de lo que yo necesitaba hacer para poder sopor‐ tar esto, Elena. Y lo que necesitaba era que tú no estuvieras aquí para verlo.

—¿Por qué?

—¡Porque no soporto la idea de que tú tengas que ver esto!

— La frase le salió como un grito, el primer grito verdadero que Elena le había escuchado en años, y con él algo en Martín pareció ceder del todo, como si llevara meses sosteniendo una represa a punto de romperse—.

No soporto la idea de que un día vengas a verme al hospital y tengas que sonreír para que yo no me asuste, igual que hacía mi madre.

No soporto imaginarte sentada al lado de una cama viéndome vomitar, viéndome perder el pelo, viéndome incapaz ni de sostener una copa de vino sin que me tiemble la mano.

Prefiero mil veces que me odies pensando que soy un cobarde que me dejó de querer, a que pases los próximos meses de tu vida viéndome morir poco a poco y preguntándote después, durante el resto de tu vida, si podrías haber sido feliz con otra persona que no te hubiera arrastrado a esto.

—¿Y quién te ha dado derecho a decidir eso por mí?

—Elena avanzó otro paso, hasta quedar a menos de un metro de él, tan cerca que podía ver el temblor fino en sus manos, el esfuerzo que le cos‐ taba mantenerse en pie sin apoyarse en nada—.

¿Quién te dijo que yo era tan frágil como para necesitar que me protegieran de la ver‐ dad, Martín?

Cuatro años juntos. Cuatro años en los que creí que me conocías mejor que nadie en el mundo, y resulta que en el mo‐ mento más importante de nuestra relación decidiste que no confia‐ bas en mí lo suficiente como para dejarme elegir.

—No es que no confiara en ti.

—¡Es exactamente eso! —Ahora era la voz de Elena la que subía, el control profesional que había mantenido desde que entró resquebrajándose por fin bajo la presión de todo lo que llevaba cua‐ tro meses tragándose—.

Decidiste, sin preguntarme, que yo no po‐ día con esto.

Me convertiste en una espectadora de mi propia vida, Martín.

Me robaste la posibilidad de elegir si quería quedarme a tu lado en lo peor, y en su lugar me dejaste con la idea de que no era suficiente para ti, que había algo en mí que te había cansado.

Me hiciste dudar de cuatro años enteros de mi vida.

Me hiciste revisar cada recuerdo bueno que teníamos buscando la grieta que se me ha‐ bía pasado por alto.

¿Sabes lo que es eso? ¿Tienes idea de lo que es pasar meses convencida de que no fuiste capaz de quererme lo sufi‐ ciente, cuando la verdad era que me querías tanto que decidiste, tú solo, sin consultarme, que preferías mi odio a mi compasión?

Martín cerró los ojos. Cuando los abrió, ya no había ni rastro de la dureza fabricada, solo un cansancio inmenso, el de un hombre que llevaba meses librando dos batallas a la vez y ya no le queda‐ ban fuerzas para ninguna de las dos.

—Vete, Elena. —La voz le salió rota, casi un susurro—. Por fa‐ vor. Esto no es lo que quiero para ti.

—¿Y qué es lo que quieres para mí?

—Que tengas una vida que no gire alrededor de un hospital.

Que no tengas que aprender el vocabulario de la oncología.

Que no tengas que ver cómo me pesan cada semana y anotan el número con la misma cara de preocupación, ni cómo me clavan una vía en el brazo hasta que ya no me quedan venas buenas donde pin‐ charme,

ni cómo vomito durante dos días seguidos después de cada sesión hasta que ni siquiera el agua se queda dentro de mí.

Que puedas mirar atrás dentro de veinte años y recordar estos meses como algo que pasó, no como algo que viviste.

—Eso ya no depende de ti. —Elena le sostuvo la mirada, sin ce‐ der un centímetro—. Depende de mí. Y yo ya he decidido.

—No necesito que nadie me tenga lástima.

—Fue casi un la‐ drido, la última defensa de un hombre acorralado—.

Y menos tú. No quiero que estés aquí por pena, Elena.