Capítulo 8 #2
No quiero convertirme en tu proyecto de restauración, en otro edificio en ruinas al que de‐ dicarle tu tiempo hasta que te aburras o hasta que te des cuenta de que no merece la pena.
El golpe de esa frase fue tan certero, tan diseñado para herirla exactamente donde más dolía, que Elena sintió que algo en su inte‐ rior se endurecía del todo, la última compasión cediendo paso a una furia limpia y clara.
—¿Cómo te atreves? —dijo, muy despacio—.
¿Cómo te atreves a decirme eso, cuando llevo cuatro meses reconstruyendo la casa de mi abuela piedra a piedra porque era lo único que me quedaba des‐ pués de que tú decidieras arrancarme de mi propia vida sin ni si‐ quiera darme la cortesía de una explicación real?
No estoy aquí por lástima, Martín Rovira.
Estoy aquí porque te quiero, y llevo cuatro meses queriéndote incluso cuando creía que me habías dejado de querer, y ahora que sé la verdad no pienso irme a ninguna parte solo porque a ti te dé miedo que te vea vulnerable.
—No lo entiendes. —Martín dio un paso atrás, chocando con el borde de la mesa, y por primera vez su voz sonó auténticamente desesperada, sin ningún rastro de la máscara de control con la que había empezado la conversación—.
Mi madre sonreía. ¿Sabes lo que es eso? Sonreía en la cama del hospital para que yo no me asustara, y esa sonrisa no me ahorró ni un solo minuto de terror.
Me destrozó de todas formas. Me destrozó verla, me destrozó no poder hacer nada, me destrozó quererla tanto y no poder salvarla.
Y llevo veintiocho años jurándome que jamás le haría eso a alguien que quisiera.
Jamás le pediría a nadie que se quedara a ver cómo me apago.
Se quedó callado un momento, con la respiración agitada, una mano apretando el borde de la mesa con tanta fuerza que los nudi‐ llos se le pusieron blancos.
Cuando volvió a hablar, su voz había bajado, pero no había perdido intensidad, solo se había vuelto más íntima, más terrible por lo bajo que sonaba.
—¿Sabes lo que pienso cada vez que me miro al espejo, Elena?
Pienso en sabores. Es estúpido, lo sé, es la única manera que tengo de traducir las cosas al lenguaje que entiendo.
Pienso que mi cuerpo ahora sabe a algo agrio, a algo que se ha cortado y ya no se puede volver a ligar por mucho que se bata.
Y no quiero que tú ten‐ gas que probar eso.
No quiero que el recuerdo que te quede de los últimos meses de nuestra vida juntos sea el sabor amargo de verme desaparecer.
—Pues déjame decidir a mí qué sabor quiero recordar. —La voz de Elena tembló, pero no cedió—. Porque para mí, ahora mismo, lo que sabe amargo no es tu enfermedad, Martín. Es que hayas deci‐ dido que no merecía ni la oportunidad de probarlo.
—Pues entonces tienes que confiar en que yo soy distinta a un niño de ocho años sin ninguna herramienta para procesar lo que es‐ taba viviendo.
—La voz de Elena se suavizó, apenas, lo justo para que la verdad llegara sin el filo del enfado—.
Soy una mujer adulta, Martín, y tengo derecho a elegir quedarme en lo peor de la vida de alguien a quien quiero, igual que elegiría quedarme en lo mejor.
Eso es lo que significa quererte de verdad.
No es un premio que te ganas cuando todo va bien.
Es una decisión que se sostiene incluso cuando todo se rompe.
—No puedo. —Martín negó con la cabeza, una y otra vez, como si el gesto pudiera borrar físicamente la conversación entera—. No puedo hacerte pasar por esto. Vete, Elena. Por favor. Vete antes de que sea demasiado tarde para los dos.
—No. —Elena se cruzó de brazos, plantada en medio de la pe‐ queña cocina, sin intención alguna de moverse un centímetro—.
No me voy a ir. Puedes gritarme, puedes decirme todas las cosas horri‐ bles que se te ocurran para intentar espantarme, puedes repetir cien veces que no quieres que esté aquí, pero no me voy a ir, Martín.
Esta vez la decisión es mía, y he decidido quedarme.
—Es fácil decir eso ahora, en caliente, dolida porque acabas de enterarte.
—Martín se pasó una mano por la cara, por los ojos hun‐ didos, en un gesto de agotamiento que a Elena le costó horrores no acortar con un abrazo—.
Pero dentro de tres meses, cuando lleves semanas durmiendo en una silla de hospital, cuando hayas cance‐ lado la mitad de tus proyectos de trabajo para estar aquí, cuando me veas tan mal que ni siquiera te reconozca durante unas horas por la fiebre,
entonces vas a entender por qué quería ahorrarte esto.
—No sabes lo que voy a sentir dentro de tres meses.
—Elena avanzó otro paso, cerrando casi del todo la distancia entre los dos —.
Ni yo lo sé. Nadie lo sabe nunca de antemano, Martín, eso es lo que tiene querer a alguien: que no hay garantía de que vaya a ser fácil, ni de que vaya a salir bien, ni de que no vaya a doler muchí‐ simo en algún momento.
Pero se elige de todas formas. Se elige con la información completa, sabiendo lo que puede pasar, no pro‐ tegido de ello como si fuera un niño incapaz de sostener su propia vida.
—Y si te arrepientes. —La voz de él se redujo casi a nada, la pregunta que llevaba meses sin atreverse a formular ni siquiera para sí mismo—.
Si dentro de un año, cuando todo esto haya pa‐ sado, para bien o para mal, miras atrás y piensas que ojalá te hubie‐ ras ido cuando pudiste, que ojalá no hubieras cargado con esto.
—Entonces será mi arrepentimiento. Mío, Martín.
No tuyo. — Elena le sostuvo la mirada, sin parpadear, con una firmeza que no dejaba espacio para la duda—.
Eso es exactamente lo que llevo in‐ tentando decirte desde que entré por esa puerta.
No necesito que me protejas de mis propias decisiones.
Necesito que confíes en que soy capaz de tomarlas.
Se quedaron los dos de pie, a menos de un metro de distancia, en un silencio tan denso que Elena podía oír el zumbido del frigorí‐ fico viejo en la esquina de la cocina, el rumor lejano de una moto pasando por la calle, la respiración entrecortada de Martín,
que pa‐ recía costarle un esfuerzo físico real mantenerse erguido.
Ella pensó, en medio de todo aquello, que aquel piso pequeño y desor‐ denado se parecía en ese instante a uno de esos edificios que había estudiado en la universidad, dañados por un terremoto reciente: la estructura todavía en pie, pero con todas las grietas visibles a sim‐ ple vista,
con el peligro real de que un solo movimiento en falso lo hiciera ceder del todo.
—No sabes lo que estás pidiendo —dijo Martín al fin, con la voz reducida a un hilo, ya sin fuerza para gritar—. No sabes lo que vas a tener que ver.
—Sé exactamente lo que estoy pidiendo. —Elena dio el último paso que los separaba, hasta quedar tan cerca de él que pudo sentir el calor de su cuerpo, disminuido pero todavía real, todavía el de la persona que había amado durante cuatro años—.
Estoy pidiendo el derecho a decidir por mí misma. Nada más. Y nada menos.
Martín la miró entonces de un modo distinto, algo cediendo por fin en sus ojos, algo que no era rendición del todo pero que ya no era la resistencia feroz de los primeros minutos.
Abrió la boca para decir algo —Elena nunca sabría, en ese instante, si iba a ser una úl‐ tima protesta o las primeras palabras de una tregua— cuando el móvil que llevaba en el bolsillo del pantalón vibró con insistencia, una llamada, y él lo sacó con manos que ya no disimulaban del todo el temblor.
Miró la pantalla. Palideció, si es que le quedaba color del que perder.
—Es el hospital —dijo, en voz baja, casi para sí mismo—. Los resultados de la analítica de esta semana.
Elena sintió que el suelo volvía a moverse bajo sus pies, la misma sensación de vértigo del día anterior en el mercado, y en el segundo antes de que Martín descolgara la llamada, comprendió con una claridad helada que la conversación que acababan de tener, con toda su rabia y toda su verdad,
no era ni de lejos el final de nada.
Era apenas el principio de una guerra mucho más larga, y ninguno de los dos sabía todavía si iban a librarla juntos o si esa llamada, ahí mismo, en esa cocina pequeña, estaba a punto de deci‐ dirlo por ellos.