Capítulo 7 #2
como si la misma grieta que había estado creciendo durante cuatro meses de silencio se lle‐ nara de golpe con una verdad que dolía todavía más pero que al menos tenía forma, tenía sentido, tenía una arquitectura reconocible.
—Cuatro meses —susurró Elena, más para sí misma que para Lucía—.
Cuatro meses pensando que había dejado de ser suficiente para él.
Cuatro meses revisando cada conversación de los últimos años buscando la señal que se me había pasado, el momento exacto en que dejé de gustarle, el defecto que finalmente le hizo cansarse de mí.
Me he odiado a mí misma durante cuatro meses, Lucía, bus‐ cando un fallo estructural que nunca existió, porque el problema nunca estuvo en mí.
Estuvo en él, escondiéndome la verdad como si yo no tuviera derecho a decidir si podía soportarla o no.
—Lo sé. —Lucía le puso una mano sobre el brazo, un gesto torpe, tembloroso, cargado de una ternura que llevaba meses sin poder mostrar—.
Lo sé, y créeme que se lo he dicho mil veces.
Le he dicho que no tenía derecho a decidir eso por ti.
Que amar a al‐ guien no es protegerlo de la verdad, es confiar en que puede con ella.
Pero mi hermano es el hombre más cabezota que vas a cono‐ cer en tu vida, y cuando se le mete algo en la cabeza sobre proteger a la gente que quiere, no hay quien lo haga entrar en razón.
Ni yo, que lo conozco desde que nací. Ni Raúl, que ha estado viniendo cada semana desde Girona para acompañarlo a las sesiones de qui‐ mio a escondidas de todo el pueblo, jugándose la amistad de media vida discutiendo con él sobre esto. Nadie.
—¿Cómo está? —La pregunta le salió a Elena antes de poder pensarla del todo, y en el momento en que la formuló se dio cuenta de que era la única pregunta que de verdad importaba, por encima de la rabia, por encima de la traición, por encima de los cuatro me‐ ses perdidos—.
Dime la verdad, Lucía. No la versión que me ha‐ béis estado ocultando. La verdad de cómo está.
Lucía tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó agotada, vaciada de la última reserva de fuerza que le quedaba después de meses sosteniendo sola el peso de un secreto que nunca debió ser solo suyo.
—Mal, Elena. Está mal. El tratamiento es duro, más duro de lo que el oncólogo prometió al principio.
Ha perdido casi quince ki‐ los. Hay días que no consigue levantarse de la cama hasta las cua‐ tro de la tarde, y otros en los que se obliga a bajar a la cocina aun‐ que le tiemblen las piernas, porque dice que si deja de cocinar del todo entonces sí que se habrá rendido.
El pronóstico sigue siendo bueno, eso es verdad, eso no os lo han mentido, el linfoma de Hodgkin tiene una tasa de curación altísima si responde bien al tra‐ tamiento.
Pero verlo cada día, verlo apagarse un poco más cada se‐ mana mientras finge delante de los clientes que todo va bien...
—Se le quebró la voz del todo, y por primera vez desde que se habían sentado en el banco, Lucía dejó que las lágrimas le corrieran libres por la cara sin intentar contenerlas—.
Llevo cuatro meses sin poder contárselo a nadie, Elena.
Ni siquiera a mis amigas. Ni siquiera a mi padre, porque Martín me hizo prometerle que tampoco se lo di‐ ría a él hasta tener buenas noticias que dar.
He tenido que sonreír delante de los clientes de La Sal cada noche mientras mi hermano se moría un poco por dentro en la trastienda.
He tenido que men‐ tirte a ti, que siempre te he querido como si fueras mi hermana de verdad, no la novia de mi hermano.
Y no sabes lo que es eso, cargar un secreto así completamente sola, hasta que empiezas a sentir que te vas a romper tú también.
Elena, sin pensarlo, sin que mediara ninguna decisión cons‐ ciente, extendió los brazos y abrazó a Lucía con una fuerza que sor‐ prendió a las dos.
Se quedaron así un buen rato, dos mujeres que se querían de verdad, unidas por el mismo hombre terco y aterrado que las había obligado a las dos a cargar con secretos que no les co‐ rrespondían,
mientras el pueblo se despertaba a su alrededor con su ruido cotidiano de persianas y bicicletas y el primer vaho de los ca‐ fés recién servidos en la terraza de enfrente.
—Gracias —dijo Lucía al fin, apartándose un poco, secándose la cara con el dorso de la mano—.
Gracias por sacármelo. Llevaba meses necesitando decírtelo y no encontraba el valor.
Cada vez que te veía en el mercado pensaba: hoy se lo digo, hoy termino con esto, y luego te miraba la cara, tan digna, tan decidida a odiarnos a todos en silencio, y no era capaz.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Elena, ya de pie, con las pier‐ nas todavía temblando pero con algo nuevo asentándose dentro de ella, algo parecido a una determinación que no sentía desde hacía meses—. Necesito verlo. Ahora mismo.
Lucía la miró con una mezcla de miedo y esperanza que Elena tardaría días en descifrar del todo.
—Está en el restaurante. Hoy no baja a cocina, se ha quedado arriba, en el piso que tiene encima de La Sal.
—Hizo una pausa, y Elena vio en su cara la sombra de una advertencia—.
Elena, tienes que saber que él no quiere que sepas nada de esto.
Cuando le dije ayer que le habías visto la cara en el mercado, se puso furioso.
Fu‐ rioso de verdad, no fingido. Me dijo que si tú venías a buscarlo, que si intentaba sonsacarle algo, no se lo confirmara.
Sigue empe‐ ñado en sostener la mentira aunque ya no tenga ningún sentido sostenerla.
Elena sintió que algo se le endurecía por dentro, una determina‐ ción fría y clara que barría de un plumazo cualquier vestigio de la fragilidad de las últimas veinticuatro horas.
—Pues se ha quedado sin opción de seguir mintiendo —dijo—. Porque voy a ir ahora mismo, y no pienso irme de esa habitación hasta que me diga la verdad con sus propias palabras, mirándome a la cara.
—Espera. —Lucía se puso de pie también, y por un momento pareció que iba a retenerla físicamente, sujetarle el brazo, impedir que la avalancha que ella misma acababa de soltar llegara a su her‐ mano sin previo aviso—. Elena, dale un segundo. Deja que yo le llame antes, que le prepare para...
—No. —Elena se giró hacia ella con una firmeza que no admitía discusión, aunque en sus ojos todavía brillaban las lágrimas a me‐ dio secar—.
Ya habéis decidido demasiadas cosas por mí sin pre‐ guntarme, Lucía.
Vosotros dos, entre los dos, decidisteis qué podía yo soportar y qué no.
Decidisteis que mi amor por él era lo bastante frágil como para necesitar protección de la verdad.
Pues no. Se acabó que otros decidan por mí.
Voy a ir yo, ahora, sin avisar, y voy a mirarle a la cara mientras se lo digo, porque eso es lo único que me han robado estos cuatro meses: el derecho a decidir con toda la información delante.
Lucía no dijo nada más. Se quedó de pie junto al banco, con la bolsa de pan olvidada resbalándole del regazo, viendo cómo aque‐ lla mujer a la que había echado de menos como a una hermana du‐ rante cuatro meses enteros de silencio impuesto cruzaba la plaza con la espalda recta y una determinación
que a Lucía se le antojó, de repente, exactamente la misma que había visto en su hermano las contadas veces en que de verdad había decidido algo sin dejarse convencer de lo contrario: la misma cabezonería, el mismo fuego.
Quizás por eso encajaban tan bien, pensó, con una punzada de es‐ peranza que llevaba meses sin permitirse sentir.
Quizás dos perso‐ nas tan tercas solo podían salvarse entre sí a base de negarse, cada una a su manera, a aceptar lo que el otro había decidido sin consultarles.
Elena desapareció al doblar hacia la calle que subía en dirección a La Sal, y Lucía se dejó caer de nuevo en el banco, agotada de golpe, como si la adrenalina de las últimas horas la hubiera abando‐ nado toda de una vez.
Se llevó las manos a la cara y se permitió, por primera vez en cuatro meses, llorar sin necesidad de contener nada, sin nadie delante a quien proteger con una sonrisa fabricada.
Lloró de alivio, de miedo por lo que estaba a punto de desatarse en el piso de encima del restaurante, y también, aunque le costara ad‐ mitirlo incluso ante sí misma, de una especie de esperanza feroz que no se había atrevido a alimentar en meses: la esperanza de que quizás, solo quizás,
la mentira que había protegido a su hermano de un dolor imaginado estuviera a punto de romperse a cambio de algo mucho más valioso, algo que él llevaba sin saber que necesitaba desde la noche en que decidió, equivocadamente, que amar a al‐ guien significaba decidir por ella.
No sabía qué iba a pasar quince minutos después en el piso en‐ cima del restaurante.
No sabía si su hermano iba a agradecerle al‐ gún día que hubiera roto la promesa que le había hecho, o si no iba a perdonárselo jamás.
Pero mientras veía, en su memoria, la ima‐ gen de Elena Vidal alejándose calle arriba con el paso decidido de alguien que ya no tiene nada que perder, Lucía Rovira respiró, por primera vez desde marzo, con los pulmones enteros.