Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

La grieta que no se ve hasta que se derrumba

Elena había aprendido, en sus primeras semanas de vuelta en Cale‐ lla de Palafrugell, a moverse por el pueblo como quien traza un plano de evacuación.

Sabía qué calles evitar a qué horas. Sabía que los martes y los viernes, día de mercado, La Sal recibía la furgoneta de pescado a las siete y media, y que Martín —si seguía siendo el mismo hombre obsesivo que ella había conocido,

el que no dejaba que nadie más tocara el género antes que él— bajaría personal‐ mente a recibirla.

Así que los martes y los viernes, Elena hacía la compra a las nueve, cuando la furgoneta ya se había ido y el chef, se suponía, estaría encerrado en su cocina dando vueltas a alguna salsa.

Llevaba tres semanas construyendo esa rutina con la misma dis‐ ciplina con la que antes levantaba planos de rehabilitación: cada ca‐ lle catalogada, cada hora del día asignada a un uso seguro o a un uso peligroso,

como si el pueblo entero fuera un edificio con zonas estructuralmente comprometidas que había que señalizar para no caer dentro.

La plaza de la iglesia, segura a cualquier hora, porque Martín odiaba las multitudes de turistas y nunca se dejaba ver allí antes de las ocho de la tarde.

El paseo marítimo, seguro por las ma‐ ñanas, peligroso al atardecer, porque él salía a correr —o eso hacía antes, en otra vida, en la vida en la que ellos dos existían todavía como pareja— cuando el sol empezaba a caer y el aire se volvía na‐ ranja sobre el agua.

Y el mercado, seguro después de las nueve, cuando la furgoneta de pescado ya se había ido y la cocina de La Sal debía de estar en plena efervescencia de mediodía, con Martín encerrado dentro de su propio templo,

sordo a todo lo que no fuera el chisporroteo del aceite y las órdenes secas que le daba a su brigada.

Ese sistema le había funcionado. Le había dado a Elena la ilu‐ sión frágil de que controlaba algo, en un verano en el que había perdido el control de prácticamente todo lo demás: su relación, su piso de Madrid —que seguía pagando a medias con un hombre que ya no le hablaba—,

su idea de sí misma como alguien a quien no se abandona sin explicación.

Reconstruir una casa de piedra centena‐ ria, con sus grietas y sus humedades y sus vigas de madera carco‐ mida, resultaba mucho más manejable que reconstruir la confianza en que el mundo tenía sentido.

Al menos con la casa, Elena sabía exactamente por dónde empezar: se golpea el muro, se escucha el sonido hueco o macizo, se decide qué se salva y qué se derriba.

Ese viernes lo hizo todo bien, al principio.

Se levantó tarde, tomó café en la terraza de la casa de su abuela mirando cómo la luz subía por la fachada de piedra —Teresa decía que esa casa enveje‐ cía como la gente buena, con más carácter cada año, y Elena había empezado a creerla—,

y bajó al pueblo pasada la media mañana con la cesta de mimbre bajo el brazo, la lista mental repasada: to‐ mates, el pan de payés que solo tenía la panadería de la plaza, algo de fruta.

Se cruzó con dos vecinas que la saludaron con la calidez ligeramente compasiva que Elena ya había aprendido a interpretar —la mujer de Madrid, la que dejó al chef, o la que dejó el chef a ella,

nadie parecía tener claro cuál de las dos versiones circulaba— y respondió con la misma sonrisa educada de siempre, esa sonrisa que llevaba semanas ensayando hasta convertirla en un gesto auto‐ mático, casi arquitectónico:

una fachada bien enlucida que no de‐ jaba adivinar nada de lo que hubiera detrás.

Todo fue bien hasta que dobló la esquina de la calle Roca.

Lo vio antes de procesarlo. Eso fue lo raro después, cuando in‐ tentó explicárselo a sí misma esa misma noche: el cuerpo reaccionó antes que la mente, como si alguna parte animal de ella hubiera re‐ conocido a Martín Rovira por la forma de sus hombros,

por el modo en que apoyaba el peso en la pierna izquierda cuando se pa‐ raba a hablar con alguien, incluso antes de que sus ojos terminaran de enfocar la escena completa.

Estaba de pie frente al puesto de fruta de la señora Nuri, a unos veinte metros.

De espaldas casi, girado en un ángulo de tres cuartos que le dejaba ver el perfil.

Llevaba un gorro de lana fina, gris, ca‐ lado hasta las cejas, absurdo para julio, para un día en que el termó‐ metro ya marcaba veintiocho grados a las diez de la mañana.

Lle‐ vaba una camisa que Elena reconoció —azul marino, la que se po‐ nía cuando no quería que la ropa le rozara demasiado la piel, la que él llamaba «mi camisa de días malos»— y que ahora le colgaba de los hombros con una holgura que no tenía sentido,

que no corres‐ pondía al cuerpo que Elena conocía de memoria, ese cuerpo que había recorrido con las manos y con la boca durante cuatro años, un cuerpo de espalda ancha y antebrazos duros de tanto años soste‐ niendo sartenes de doce kilos.

Este hombre —porque durante un segundo eterno, absurdo, la mente de Elena intentó convencerla de que era otro hombre, un desconocido que por casualidad se parecía a Martín— tenía la piel de un color que ella no conseguía nombrar.

No era el bronceado de siempre, ese tono de aceituna que Martín cogía en abril y mantenía hasta noviembre de tanto entrar y salir del mercado y de la terraza del restaurante.

Era un color apagado, un gris amarillento por de‐ bajo del moreno, como si alguien hubiera pintado el bronceado en‐ cima de otra cosa y esa otra cosa se empeñara en asomar por las junturas.

Tenía las mejillas hundidas. Tenía —y esto fue lo que hizo que a Elena se le doblaran las rodillas, literalmente, sintió cómo el peso del cuerpo se le iba hacia un lado sin que ella lo autorizara— las cejas ralas, casi ausentes,

y ninguna pestaña visible bajo el ala del gorro cuando giró un poco más la cabeza para responder algo a la señora Nuri.

No tenía pelo. No tenía cejas. No tenía las pestañas oscuras y es‐ pesas que a Elena siempre le habían parecido injustamente bonitas para un hombre.

El mundo hizo una cosa extraña entonces: se detuvo.

No en sen‐ tido figurado. Elena tuvo la sensación física, nítida, de que el aire dejaba de moverse, de que el sonido del mercado —los gritos de los vendedores, el traqueteo de un carrito de la compra sobre los adoquines,

una radio en algún puesto anunciando el tiempo para el fin de semana— se apagaba hasta un zumbido lejano, como si al‐ guien hubiera metido su cabeza bajo el agua.

Notó el sabor metá‐ lico que sube a la garganta justo antes de que el cuerpo decida si va a vomitar o no.

Notó cómo el sudor frío le brotaba en la nuca, bajo el pelo, a pesar de que hacía calor.

Notó que la cesta de mimbre se le escurría de los dedos y que tuvo que sujetarla contra la cadera con el antebrazo, como quien rescata algo en el último segundo.

Cáncer , pensó, y la palabra le llegó completa, sin que ella la hu‐ biera invitado, sin que hubiera ningún dato que la sostuviera toda‐ vía más allá de lo que le habían dicho —«está muy delgado, algo le pasa»,

la voz de Doña Carmen resonando semanas atrás como un eco que Elena había decidido no escuchar—.

Pero ahora, viéndolo, la palabra encajó en la escena con la brutalidad de una pieza que lleva meses esperando su hueco.

Encajó como encaja una viga maestra en su sitio: de golpe, todo el peso de la estructura reca‐ yendo sobre ese único punto.

Se está muriendo.

El pensamiento le atravesó el cuerpo entero, un rayo que le en‐ tró por la nuca y le salió por las plantas de los pies, y con él llegó una oleada de náusea tan real que Elena tuvo que apoyarse en la fa‐ chada más cercana —piedra fría bajo la palma,

un contraste ab‐ surdo con el calor que le subía por dentro— y cerrar los ojos un segundo.

Cuando volvió a abrirlos, él ya no estaba de perfil.

Se había gi‐ rado del todo. Y por primera vez en cuatro meses, Martín Rovira y Elena Vidal se miraron directamente a los ojos, desde veinte metros de distancia, en medio de un mercado que seguía su ruido normal a su alrededor,

ajeno por completo a que dos personas acababan de partirse algo por dentro sin decir una sola palabra.

Elena no supo cuánto duró. Un segundo, tres, diez.

El tiempo había dejado de comportarse con normalidad desde que dobló la es‐ quina, así que no confiaba en su propia percepción de cuánto se prolongó ese cruce de miradas.

Lo que sí supo, con una certeza que la asustó más que la náusea, fue lo que vio en los ojos de él.

No vio indiferencia. No vio el desprecio frío que él le había de‐ dicado aquella última noche en Madrid, cuando le dijo que no era lo que quería, que necesitaba que se fuera de la casa.

Vio pánico. Vio, durante esa fracción de segundo antes de que él consiguiera reorganizar la cara en algo parecido a la neutralidad, un miedo tan puro, tan expuesto, que a Elena le recordó —de manera absurda, inapropiada,

pero así fue como su cerebro procesó la información — a la cara que ponen los edificios justo antes de ceder, ese ins‐ tante en que la fachada todavía se sostiene en pie pero ya se puede ver, en la forma en que la luz atraviesa las grietas,

que la estructura interior ha cedido del todo y que lo que queda de pie es pura inercia.

Martín no se movió hacia ella. Elena tampoco se movió hacia él.

Se quedaron los dos clavados en sus respectivos puntos del mer‐ cado, como si algún acuerdo tácito y antiguo —quizás el mismo acuerdo silencioso que él había impuesto aquella noche, necesito que te vayas, necesito estar solo— siguiera vigente incluso ahora,

incluso con la evidencia de lo que fuera que le estaba pasando a su cuerpo escrita encima de su piel con una claridad que ya no admitía la mentira de «ya no eres lo que quiero».

Fue la señora Nuri quien rompió el hechizo, sin saberlo, al ofre‐ cerle a Martín una bolsa de melocotones con un gesto animado, algo sobre que estaban «de traca este año, Martín, pruébalos», y él tuvo que apartar los ojos de Elena para atenderla,

para fingir un in‐ terés por la fruta que en ese momento debía de resultarle tan ajeno como todo lo demás.