Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Ese instante de distracción fue suficiente para que el cuerpo de Elena tomara una decisión que su mente todavía no había autori‐ zado del todo: dio media vuelta y caminó, no corrió, caminó con la espalda muy recta y la cesta apretada contra el costado, de vuelta por donde había venido,

sin pan de payés, sin tomates, sin nada de lo que había ido a buscar, con las piernas todavía temblando bajo ella como si el suelo de adoquines se hubiera convertido de pronto en la cubierta de un barco en mal tiempo.

No lloró hasta llegar a la casa de su abuela.

Cerró la puerta, dejó la cesta vacía en el suelo del recibidor con un ruido sordo, y se des‐ lizó contra la pared del pasillo hasta quedar sentada en el suelo fresco de baldosas hidráulicas, las mismas baldosas que había es‐ tado restaurando pieza a pieza durante semanas,

calculando con precisión de arquitecta cuáles se podían salvar y cuáles había que sustituir, y pensó, con una claridad que le dio vergüenza incluso en medio del pánico, que había pasado toda su vida profesional apren‐ diendo a leer los edificios:

a mirar una grieta en la fachada y saber si era cosmética o si anunciaba un colapso, a poner la mano sobre un muro y sentir si la humedad venía de fuera o si nacía de dentro, filtrándose desde una tubería rota que nadie había visto.

Y no había sido capaz de leer a la persona que mejor conocía en el mundo.

Había pasado cuatro meses convenciéndose de que la fractura entre ellos era estructural, irreparable, provocada por algo tan simple y tan cruel como que él había dejado de quererla.

Una grieta cosmética, se dijo ahora, sentada en el suelo con las rodillas contra el pecho y la respiración todavía descontrolada.

Una grieta cosmética que ella había interpretado, aterrada, como el fin de todo el edificio, cuando en realidad —y esto era lo que no conseguía asi‐ milar, lo que le hacía temblar las manos apoyadas sobre las rodillas — el problema real llevaba meses escondido dentro de los muros,

pudriendo la estructura entera desde un punto que nadie le había dejado ver.

Teresa la encontró así media hora después, cuando entró por la puerta de la cocina con la compra que ella sí había hecho, y se de‐ tuvo en el umbral del pasillo con una expresión que envejeció diez años de golpe.

—Nena. —Dejó las bolsas donde estaba, sin cuidado, algo im‐ propio de ella—. ¿Qué ha pasado?

Elena levantó la cara. Sabía que debía de tener un aspecto terri‐ ble —los ojos hinchados, el rímel corrido, el pelo pegado a las me‐ jillas por el sudor frío que todavía no había terminado de irse—, pero no encontró energía para que le importara.

—Lo he visto —dijo, y la voz le salió rota, un hilo fino que ape‐ nas reconoció como propia—. En el mercado. Le he visto la cara, Teresa.

Teresa se arrodilló frente a ella, torpe, con las rodillas que ya no le respondían como antes, y le cogió las manos entre las suyas, ás‐ peras de años de trabajo en la casa y en la huerta.

—¿Y qué cara tenía?

Elena tardó en responder. Cuando lo hizo, la frase le salió cons‐ truida con la misma precisión con la que redactaría el diagnóstico de un edificio en ruinas, porque era la única manera que tenía de sostenerse en pie, de traducir el horror puro en algo manejable,

en algo que pudiera enunciar sin desmoronarse del todo otra vez.

—La cara de alguien que se está muriendo y que nadie me ha dejado saberlo.

Teresa no dijo nada. No lo negó. Y ese silencio —ese silencio exacto, cargado, que se prolongó tres segundos de más antes de que Teresa apartara la mirada hacia la ventana— le confirmó a Elena, con más fuerza que cualquier palabra que hubiera podido pronun‐ ciar,

que llevaba meses siendo la única persona del pueblo entero a quien nadie le había contado la verdad.

—Teresa. —Elena le apretó las manos, obligándola a sostenerle la mirada—. Mírame. Tú lo sabes. Sabes lo que le pasa.

—Nena, yo no soy quién para...

—No me digas eso. —La voz se le rompió a mitad de la frase, pero se obligó a terminarla—.

Llevo meses viviendo en esta casa dejando que todo el pueblo me mire con lástima sin entender por qué.

He aguantado que Lucía me mire como si yo hubiera hecho algo imperdonable.

He aguantado los rumores de Doña Carmen so‐ bre que Martín está muy delgado, algo le pasa, sin permitirme ni si‐ quiera pensar en lo que eso significaba,

porque si lo pensaba tenía que admitir que todavía me importa lo que le pase a un hombre que me echó de su casa a las tres de la mañana sin darme una sola razón que tuviera sentido.

Y ahora lo he visto. Lo he visto de cerca, Te‐ resa, o de cerca dentro de lo que veinte metros permiten, y no es que esté delgado.

Es que se está muriendo delante de todo el mundo menos delante de mí.

Teresa cerró los ojos un instante, como quien reúne fuerzas para cargar un peso que lleva tiempo esquivando.

—Yo no sé nada con certeza —dijo al fin, y en su voz había una cautela medida, la de alguien acostumbrado a servir en casas donde los secretos de los señores no se comentan con nadie, ni siquiera cuando arden por dentro de las ganas de contarlos—.

Sé lo que sabe todo el pueblo, que es nada y es todo a la vez: que el chico ha adelgazado una barbaridad, que se le cae el pelo, que hay días que ni siquiera baja a la cocina y su hermana lleva la brigada sola.

Sé que Lucía tiene los ojos hinchados casi cada mañana cuando viene a por el pan, como si llevara noches sin dormir.

Y sé, porque en un pueblo pequeño las paredes oyen aunque uno no quiera, que hace semanas alguien vio salir del restaurante, muy temprano, un coche con matrícula de Girona, y que el que conducía era Raúl, el de toda la vida,

el que hace años que no vive aquí y que ahora aparece cada pocos días como si tuviera un motivo urgente para hacerlo.

Elena sintió que algo se le tensaba en el pecho, un cable a punto de romperse.

—¿Por qué no me lo has dicho antes? Llevas semanas viéndome evitar esa calle, esa plaza, todo lo que tenga que ver con él. Has te‐ nido que darte cuenta de que algo no encajaba.

—Porque no es mío para contar, Elena. —Teresa le sostuvo la mirada con una firmeza que desmentía la dulzura habitual de su voz—.

Y porque tú tampoco me has preguntado. Has hecho como que no querías saber nada de ese hombre, y yo he respetado eso, aunque se me revolvieran las tripas cada vez que Doña Carmen sol‐ taba una de sus frases a medias en la panadería y tú te ponías blanca fingiendo que no te importaba.

La verdad de esa frase cayó sobre Elena con el peso exacto de una viga al ceder: ella misma había construido el muro que ahora la tenía aislada de la información, ladrillo a ladrillo,

con la misma ter‐ quedad con la que había decidido que odiar a Martín era más so‐ portable que preguntarse por qué la había dejado.

Se llevó las ma‐ nos a la cara, todavía húmeda, y respiró hondo, ese tipo de respira‐ ción que se hace para no gritar.

—Voy a ir a hablar con Lucía —dijo, y al pronunciarlo notó que la decisión ya estaba tomada desde el instante mismo en que sus ojos se habían cruzado con los de Martín en el mercado, mucho an‐ tes de que su mente consciente terminara de darle forma—.

Ma‐ ñana. En cuanto abra el mercado. No pienso pasar ni una noche más fingiendo que no he visto lo que he visto.

—Elena. —Teresa le apretó las manos con una urgencia nueva —. Sea lo que sea lo que Lucía te cuente, si te lo cuenta, prepárate para que no sea fácil de oír.

—Nada de lo que llevo estos cuatro meses ha sido fácil de oír, Teresa. Al menos esta vez sabré por qué me duele.

Fuera, el sol de julio seguía cayendo a plomo sobre el pueblo, indiferente, y en algún punto de esa misma tarde —Elena no podía saberlo todavía, pero lo sabría muy pronto— Martín Rovira se sen‐ taba en la cocina vacía de su restaurante,

con la bolsa de melocoto‐ nes que no había sabido qué hacer con ella intacta sobre la enci‐ mera, y le decía a su hermana, con una voz que ya no conseguía sostener la mentira ni un segundo más: «Me ha visto la cara, Lucía. Me ha visto de verdad. Esto se ha acabado.»