Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

La grieta que Lucía no podía tapar

Los días que siguieron a la conversación de la panadería, Elena se sorprendió a sí misma recopilando información sobre Martín con la misma metodología obsesiva que aplicaba a un edificio con patolo‐ gías ocultas: sin buscarla activamente, se decía, pero sin apartarla tampoco cuando aparecía.

Un comentario suelto de Jordi mientras reforzaban un dintel —"dicen que este verano La Sal va más floja de reservas que otros años, cosa rara con la estrella"—; una mirada de reojo de la panadera cuando Elena, sin poder evitarlo, preguntó de pasada si el restaurante seguía abriendo todos los días;

el silen‐ cio elocuente de Teresa cada vez que el nombre de Martín aparecía en una conversación, un silencio que ya no parecía casual sino cui‐ dadosamente construido, como una pared levantada a toda prisa para tapar un boquete que no debía verse.

Elena anotaba todo esto en el mismo cuaderno de tapa dura donde llevaba el registro de humedades y grietas de la casa, en una página aparte, al final, que había empezado casi sin darse cuenta y que ya no podía fingir que no existía.

Se decía que era simple cu‐ riosidad profesional aplicada a un problema personal, la misma ma‐ nía de recopilar evidencia antes de emitir un diagnóstico.

Sabía, en el fondo, que era otra cosa: la necesidad de entender, aunque fuera desde la distancia más prudente posible, qué le estaba pasando de verdad al hombre que una vez había sido el centro exacto de su vida.

El sábado siguiente, Elena volvió al mercado con la lista de la compra ya organizada mentalmente por paradas —fruta, pescado, pan, algo de queso de la parada que solo montaba los sábados— con la misma disciplina metódica con la que organizaba una visita de obra, porque había aprendido,

en apenas dos semanas de vida en el pueblo, que moverse con un propósito claro y una ruta definida era la mejor defensa contra los pensamientos que de otro modo se le colaban en cualquier resquicio de tiempo muerto.

La plaza mayor bullía con la actividad habitual de los sábados de julio, más concurrida que los martes porque coincidían los turis‐ tas de las casas de alquiler con los vecinos de siempre, y el aire car‐ gaba ya, a media mañana, ese calor espeso y salino que anunciaba una tarde de playa abarrotada.

Elena se movía entre los puestos con soltura, saludando ya con un gesto de cabeza a la vendedora de fruta que empezaba a reconocerla, deteniéndose a oler los meloco‐ tones de viña —esa variedad pequeña y aplastada, de piel casi mo‐ rada,

que su abuela adoraba y que Elena había vuelto a descubrir con una nostalgia física, el sabor concentrado de la infancia con‐ densado en una sola mordida— cuando la vio.

Lucía Rovira estaba tres puestos más adelante, en la parada de pescado, con una bolsa de tela colgando del hombro y el pelo os‐ curo recogido en una coleta alta que dejaba ver la misma línea de mandíbula que Elena reconocería en cualquier parte, la misma que Martín tenía,

aunque en Lucía resultaba más afilada, más nerviosa en sus movimientos.

Llevaba puesta una camiseta de tirantes con el logo discreto de La Sal bordado en el pecho, y estaba señalando algo dentro de una de las cajas de hielo,

discutiendo con el pesca‐ dero sobre el tamaño de unos rodaballos con la autoridad práctica de quien compra género para un restaurante y no para una cena de dos personas.

Elena sintió el impulso inmediato de dar media vuelta, de retro‐ ceder entre los puestos y salir de la plaza por el otro extremo, pero antes de que pudiera decidirse del todo, Lucía levantó la vista del pescado y sus ojos se cruzaron.

El tiempo pareció detenerse un segundo, ese instante suspendido y físico que ocurre cuando dos personas se reconocen mutuamente en un espacio que ninguna de las dos esperaba compartir, y Elena vio, en la expresión de Lucía,

una sucesión rápida de emociones que se atropellaron unas a otras antes de que la joven consiguiera recomponer una máscara neutra: sorpresa primero, algo parecido al miedo después, y por último algo mucho más complicado de nom‐ brar,

una mezcla de dolor antiguo y cansancio profundo que a Elena le recordó, de un modo extraño, a la cara que ponía ella misma cuando se miraba al espejo demasiado tiempo.

—Elena. —La voz de Lucía sonó tirante, controlada con un es‐ fuerzo visible.

—Lucía. Hola.

Se quedaron ahí, a apenas dos metros de distancia, con el bulli‐ cio del mercado continuando a su alrededor como si nada extraor‐ dinario estuviera pasando, aunque para ambas aquel encuentro te‐ nía el peso de una colisión.

Elena recordaba a Lucía de los años buenos con un cariño genuino: las cenas familiares improvisadas en la cocina de La Sal después del servicio, cuando Martín,

Lucía y ella se sentaban en la barra de acero inoxidable a comer las sobras del día mientras Lucía imitaba con crueldad cariñosa a algún cliente pesado de la noche; los mensajes que Lucía le mandaba feli‐ citándola por algún proyecto de rehabilitación que salía en la prensa local;

la manera en que Lucía, cinco años menor que su her‐ mano pero con un carácter de fuego que a menudo lo eclipsaba, ha‐ bía tratado a Elena desde el principio no como la novia de su her‐ mano sino como alguien de la familia,

alguien con quien compartir cotilleos y quejas sobre Martín cuando este se ponía especialmente insoportable con sus manías de cocina.

Todo eso parecía ahora pertenecer a otra vida, una vida que se había cerrado de golpe la misma noche de marzo en que Martín ce‐ rró la puerta de su relación con Elena, y con ella, sin que Elena lo hubiera pensado hasta ese momento exacto,

también se había ce‐ rrado sin explicación su relación con Lucía.

—¿Qué tal la casa de tu abuela? —preguntó Lucía, con un tono que buscaba la neutralidad de una conversación de vecinos y no lo conseguía del todo.

—Dando guerra. Como se esperaba de una casa de cien años sin revisar en dos décadas. —Elena intentó una sonrisa que le salió más pequeña de lo que pretendía—. Me tiene entretenida.

—Me alegro. —Lucía asintió, y sus ojos, oscuros como los de

Martín, se desviaron un instante hacia la bolsa de la compra de Elena, hacia cualquier cosa que no fuera mirarla directamente a la cara—. Se te veía bien la casa. Digo... cuando tu abuela vivía. Íba‐ mos alguna vez, ¿te acuerdas? Martín y yo, a arreglar la persiana del salón que se atascaba.

El nombre de Martín, pronunciado en voz alta por primera vez desde que Elena había vuelto al pueblo, no por una desconocida en una panadería sino por su hermana, la persona que mejor lo cono‐ cía después de ella misma, cayó entre las dos como una piedra en un estanque quieto,

y Elena vio cómo Lucía se daba cuenta, un se‐ gundo tarde, de lo que acababa de decir, y cómo algo en su expre‐ sión se tensaba todavía más.

—Me acuerdo —dijo Elena, con cuidado, midiendo cada pala‐ bra—. ¿Cómo está?

Fue una pregunta simple, casi obligada, del tipo que se hace por cortesía en cualquier reencuentro de este tipo, pero Elena la for‐ muló con una intención mucho más precisa de lo que su tono des‐ prendía,

buscando en la reacción de Lucía algo de la información que llevaba semanas necesitando sin saber cómo obtenerla.

Y la reacción, aunque breve, fue reveladora.

Lucía apretó la mandíbula. Fue solo un instante, un gesto que cualquier persona menos entrenada en leer las expresiones ajenas —Elena llevaba media vida profesional aprendiendo a detectar en la piedra y el estuco las señales de un problema estructural oculto, y había desarrollado,

casi sin darse cuenta, la misma habilidad para leer rostros humanos— habría pasado por alto.

Pero Elena lo vio: la tensión repentina en la línea de la boca, el parpadeo un poco más lento de lo normal, como quien necesita un segundo extra para de‐ cidir qué versión de la verdad va a ofrecer.

—Bien —dijo Lucía, demasiado rápido—. Ocupado con el res‐ taurante. Ya sabes cómo es en temporada alta.

—He oído que ha adelgazado.

Elena no había planeado decirlo así, tan directo, pero la frase se le escapó antes de que pudiera medirla, empujada por semanas de preocupación acumulada que de pronto encontraron una grieta por donde salir.

Vio cómo Lucía palidecía ligeramente, cómo la bolsa de tela que llevaba colgada del hombro se le resbalaba un centíme‐ tro y ella la recolocaba con un gesto mecánico que parecía más una excusa para desviar la mirada que una necesidad real.

—La gente habla mucho en este pueblo —dijo Lucía, con una risa corta y sin humor—. Ya sabes cómo es Doña Carmen. Si te descuidas te diagnostica hasta un resfriado.

—Lucía. —Elena dio un paso más cerca, bajando la voz aunque el ruido del mercado ya les daba cierta privacidad—. Llevo cin‐ cuenta y tres días sin saber nada de tu hermano. No espero que me cuentes sus secretos. Pero si de verdad le pasa algo, si está en‐ fermo, o...

—No es asunto tuyo. —La interrupción salió de Lucía con una brusquedad que la sorprendió a ella misma tanto como a Elena, a juzgar por cómo se llevó los dedos a la frente un segundo después, como si quisiera borrar lo que acababa de decir—.

Perdona. No quería... No es que no me importes, Elena. Es que...

Se detuvo. Elena vio, con una claridad casi dolorosa, que Lucía estaba librando una batalla interna visible en cada rasgo de su cara: los ojos húmedos que parpadeaban con fuerza para contener algo, los labios apretados en una línea que temblaba levemente en las co‐ misuras,

las manos que se cerraban y abrían alrededor del asa de la bolsa de tela como si necesitaran algo físico a lo que aferrarse.

—Es que ha sido un año muy difícil —terminó Lucía, con la voz más baja, casi un susurro que Elena tuvo que esforzarse por es‐ cuchar entre el bullicio del mercado—. Para todos. Y yo no soy quien tiene que hablar de esto contigo.

—¿Hablar de qué? —Elena sintió que el pulso se le aceleraba, esa mezcla de miedo y alivio que sienten los edificios, pensó de manera absurda en ese instante, justo antes de que se confirme el diagnóstico que ya se sospechaba—. Lucía, si sabes algo, si hay algo que yo debería saber...