Capítulo 4 #2
La voz de la panadera, amable pero con la impaciencia práctica de quien tiene cola detrás, sacó a Elena de golpe de su ensimisma‐ miento.
Se dio cuenta de que llevaba casi un minuto entero de pie, inmóvil, con la mirada perdida en el escaparate, y de que Doña Carmen y su acompañante la habían dejado de mirar y ya cuchi‐ cheaban sobre otro tema completamente distinto —algo relacio‐ nado con las obras del puerto deportivo— con esa
capacidad asom‐ brosa que tienen los grandes chismosos de saltar de un drama ajeno a otro sin transición aparente.
—Perdón. Una barra de payés, por favor.
Pagó, cogió el pan todavía caliente que le quemaba levemente a través del papel, y salió a la calle con paso más rápido de lo habi‐ tual, como si alejarse físicamente de la panadería pudiera también alejarla de la información que acababa de recibir sin haberla buscado.
No me importa , se dijo mientras caminaba de vuelta hacia el Ca‐ rrer de les Voltes, apretando el paso bajo el sol ya alto de media mañana que hacía brillar el empedrado con un resplandor casi ce‐ gador. No es asunto mío lo que le pase a Martín. Él decidió que de‐ jara de serlo.
Se lo repitió varias veces, con la misma disciplina con la que re‐ petía las cifras de un presupuesto de obra hasta memorizarlas, pero la frase no terminaba de asentarse del todo, porque debajo de la dis‐ ciplina había algo mucho más terco y mucho menos razonable: una preocupación física, visceral,
que le apretaba el estómago exacta‐ mente en el mismo punto donde le había apretado durante los pri‐ meros días después de la ruptura, cuando todavía no sabía cómo se llamaba ese dolor concreto que sentía cada vez que pensaba en él.
Entró en la casa, dejó la compra sobre la mesa de la cocina — una cocina que ya empezaba a parecerse a la suya, con las herra‐ mientas de trabajo mezcladas entre los cazos viejos de su abuela y un calendario clavado en la pared donde iba anotando el avance del proyecto de rehabilitación— y se sentó
un momento en una de las sillas, con la barra de pan todavía caliente entre las manos, sin ape‐ tito de tocarla.
Le importaba. Claro que le importaba. Llevaba semanas fin‐ giendo, ante sus amigas, ante sus padres, ante Teresa, ante sí misma sobre todo, que había conseguido separar el amor de la rabia, que podía sentir una cosa sin la otra,
que su corazón había aprendido a compartimentar el dolor con la misma eficiencia con la que ella compartimentaba los planos de un edificio en secciones maneja‐ bles.
Pero la verdad, la verdad que se le clavó esa mañana en la pa‐ nadería con la misma fuerza brutal con la que se le había clavado la bufanda de cachemir en la cara semanas atrás en Madrid, era mu‐ cho más simple y mucho más incómoda: podía estar furiosa con Martín, podía sentirse traicionada,
engañada, abandonada sin expli‐ cación, y aun así, al mismo tiempo, sentir que el mundo se le venía encima al pensar que algo malo pudiera estarle pasando.
Las dos cosas cabían dentro de ella a la vez.
No se anulaban en‐ tre sí. Y eso, se dio cuenta con una claridad que no le gustó nada, era precisamente lo más aterrador de todo, porque significaba que la distancia que había puesto entre ellos —Madrid primero, ahora las rutas seguras del pueblo,
el cuidado meticuloso de no cruzarse jamás con él— no había servido para lo que ella creía que servía.
No la había curado. Solo había puesto un paño sobre una herida que seguía abierta debajo, exactamente igual que una fachada re‐ cién pintada sobre un muro que sigue agrietándose por dentro.
Esa tarde, mientras trabajaba en el dormitorio del piso de arriba retirando el papel pintado descolorido de una de las paredes para evaluar el estado del enlucido debajo, sonó su móvil.
Sara, en un grupo de WhatsApp con Ana, mandando fotos de una terraza en Madrid donde estaban tomando algo, con el mensaje: Te echamos de menos, exiliada.
¿Cómo va lo de convertirte en Bob el Constructor?
Elena sonrió a su pesar, se sentó en el suelo del dormitorio entre restos de papel pintado arrancado, y les escribió un audio contándo‐ les, con un tono más ligero del que sentía en realidad, los avances de la casa, la comida del mercado, el guiso de Teresa.
No mencionó la conversación de la panadería.
No mencionó el nudo que llevaba toda la tarde alojado en el estómago.
Prefería, por ahora, guardarse esa información para sí misma, como quien guarda un hallazgo im‐ portante en una obra hasta estar segura de qué hacer con él.
A media tarde, Teresa se pasó por la casa con una fuente de ca‐ nelones envuelta en un paño, alegando que le habían salido dema‐ siados y que sería un pecado dejarlos perder, aunque Elena sospe‐ chaba, no sin ternura,
que aquellas visitas con comida de más eran la manera que Teresa tenía de asegurarse de que comía como es de‐ bido sin tener que decírselo directamente.
La encontró sentada en el suelo del dormitorio, rodeada de tiras de papel pintado arrancado, y en cuanto vio su cara supo que algo había pasado.
—¿Qué te ha dicho esa mujer? —preguntó Teresa, dejando la fuente sobre la única superficie libre de la habitación con las manos en las caderas.
—¿Qué mujer?
—No te hagas la tonta conmigo, Elena, que te conozco desde que tenías seis años y llevas la misma cara que ponías cuando rom‐ pías un jarrón y no querías confesarlo.
—Teresa se sentó en el borde de la cama, con un suspiro que sonó más a diversión que a alarma—.
Ha sido Carmen, seguro. Es la única capaz de dejarte esa cara sin ni siquiera proponérselo.
Elena, a su pesar, sonrió, y le contó, resumida y con menos dra‐ matismo del que realmente sentía, la conversación de la panadería.
—Ay, Carmen. —Teresa negó con la cabeza, con un cariño exasperado que solo se tiene hacia quienes se conoce de toda la vida—.
Esa mujer enterró a su marido, a dos hermanas y a un pe‐ rro, y desde entonces se ha convertido en la médica forense no ofi‐ cial del pueblo.
Si te descuidas te diagnostica una úlcera solo con verte cruzar la plaza.
El año pasado le dijo a la del estanco que te‐ nía anemia por el color de las uñas, y resulta que la mujer solo se había puesto un esmalte nuevo.
—Pero esto suena distinto, Teresa.
Teresa se quedó callada un momento, y algo en su expresión, una sombra rápida que cruzó sus ojos oscuros antes de que los apartara hacia la ventana, le confirmó a Elena, sin necesidad de pa‐ labras, que aquello no era solo el cotilleo habitual de una viuda aburrida.
—A veces Carmen exagera —dijo Teresa por fin, con un tono que a Elena no terminó de convencerla del todo—. Y a veces no. Come los canelones antes de que se enfríen, criatura, que los he traído calientes y no pienso volver a subir esta cuesta para calentártelos.
Elena la dejó cambiar de tema porque no tenía fuerzas para in‐ sistir, pero se quedó con la certeza incómoda de que Teresa sabía más de lo que estaba dispuesta a contar,
y de que aquel "a veces no" iba a perseguirla el resto de la tarde como una piedra en el za‐ pato que se niega a sacudirse del todo.
Al caer la tarde, cuando el calor empezó a ceder y la luz dorada característica del Empordà —esa luz que Martín, en otra vida, en otra versión de los dos que ya no existía,
solía llamar "la hora en que hasta el pescado más feo parece bonito en el plato"— empezó a colarse por las callejuelas en ángulos oblicuos, Elena salió a cami‐ nar, más que nada porque llevaba horas encerrada entre polvo de obra y necesitaba que el aire del mar le limpiara los pulmones.
Caminó, sin pensarlo del todo, hacia el paseo marítimo, dete‐ niéndose antes de llegar al tramo donde sabía que empezaban los restaurantes, y se sentó en un banco de piedra frente a una de las calas pequeñas, esas entradas de roca donde el agua, a esa hora,
ad‐ quiría un color turquesa casi irreal bajo la luz rasante del atardecer.
El sonido de las olas rompiendo suavemente contra las rocas, un ritmo constante y antiguo que no había cambiado en los meses que llevaba sin escucharlo, se mezclaba con el repique lejano de las campanas de la iglesia marcando las ocho, y el aire olía a sal,
a pino salado —esos pinos retorcidos que crecían casi horizontales sobre las rocas, aferrados a la piedra con una tenacidad que a Elena siempre le había parecido casi heroica— y, de fondo, algo de humo de brasa que llegaba desde algún restaurante cercano,
mezclado con un perfume de romero que crecía silvestre entre las grietas de la roca.
Se quedó ahí sentada un buen rato, dejando que el atardecer avanzara, pensando en la cara chupada, en las ojeras que ni con maquillaje se disimulaban, en los quince kilos que Doña Carmen había calculado con esa precisión implacable de quien ha visto en‐ vejecer y enfermar a suficiente gente como
para reconocer las seña‐ les sin necesidad de preguntar.
No iba a ir a buscarlo. Se lo repitió, mirando cómo el sol se hun‐ día poco a poco tras la línea del horizonte, tiñendo el cielo de un naranja intenso que se reflejaba en el agua como una herida abierta de luz.
No iba a presentarse en La Sal con la excusa de preguntar cómo estaba, no después de cincuenta días de silencio absoluto, no cuando todavía cargaba dentro la rabia intacta de una ruptura sin explicación.
Pero mientras se levantaba del banco para volver a casa, con el cielo ya oscureciéndose por el este y las primeras luces de las faro‐ las del paseo empezando a encenderse una a una con un chasquido eléctrico apenas audible, Elena supo, con la misma certeza incó‐ moda con la que había sabido,
semanas atrás en Madrid, que la his‐ toria oficial de su ruptura no encajaba del todo, que esa preocupa‐ ción recién nacida no iba a desaparecer sola.
Y en algún momento, tarde o temprano, iba a tener que hacer algo con ella.