Capítulo 4
Rutas seguras
Elena desarrolló, en menos de una semana, una cartografía mental del pueblo tan precisa como cualquiera de los planos que dibujaba para el estudio de arquitectura, con la única diferencia de que esta cartografía no señalaba muros de carga ni humedades por capilari‐ dad,
sino algo mucho más simple y mucho más vergonzoso si se paraba a pensarlo con honestidad: las calles por las que podía cami‐ nar sin riesgo de ver a Martín, y las que no.
La Sal estaba en el extremo sur del paseo marítimo, en el tramo donde las casas de pescadores dejaban paso a una hilera de restau‐ rantes con terraza frente al mar, justo antes de que la costa se ce‐ rrara en la cala más pequeña y menos frecuentada del pueblo.
Eso significaba que Elena podía llegar hasta la plaza, hacer la compra en el mercado de los martes y los sábados, comprar el pan en la pa‐ nadería de la calle Sant Roc, e incluso bajar a la playa grande a pri‐ mera hora de la mañana antes de que el calor apretara,
todo ello sin necesidad de acercarse al tramo sur del paseo.
Había trazado la ruta con el mismo cuidado meticuloso con que trazaría el itinerario de evacuación de un edificio en obras, y durante los primeros días, mientras se concentraba en abrir cajas,
colgar cortinas nuevas y empezar a catalogar los desperfectos de la casa de su abuela para el proyecto de rehabilitación, el sistema funcionó sin fisuras.
La casa, mientras tanto, iba revelando sus propias grietas, litera‐ les esta vez.
Elena pasaba las mañanas con un cuaderno de tapa dura anotando cada desperfecto que encontraba: la humedad ascen‐ dente en la pared que compartía con la casa vecina, probablemente causada por la ausencia de una barrera antihumedad adecuada en los cimientos,
construidos a principios del siglo pasado sin ninguna de las técnicas modernas; el marco de la ventana del dormitorio principal, carcomido en una esquina por la humedad salina que en un pueblo de pescadores terminaba colándose en cualquier madera mal protegida; la instalación eléctrica,
que databa como poco de los años ochenta y que cualquier inspector técnico moderno calificaría de peligro inminente.
Era un trabajo que la absorbía por completo durante las horas de luz, y eso, se decía a sí misma cada noche mientras se derrumbaba agotada en la cama, era exactamente lo que necesitaba: cansancio físico suficiente para no tener espacio mental donde alojar pensamientos sobre Martín.
Contrató a un albañil del pueblo, Jordi, recomendado por Teresa, para las tareas que excedían lo que ella sola podía acometer —picar el enlucido de la pared con humedad, reforzar la instalación eléc‐ trica antes de que se convirtiera en un peligro real— y pasaba las tardes junto a él,
con el mono de trabajo cubierto de polvo blanco, explicándole con precisión técnica lo que quería conservar y lo que se podía sacrificar, disfrutando de esa comunicación despojada de subtexto que solo existe entre profesionales hablando del oficio que ambos dominan.
Jordi, un hombre de cincuenta y tantos con las manos cuarteadas de cemento y una discreción admirable, nunca preguntó por qué una mujer de Madrid con acento de ciudad había decidido instalarse sola, en pleno julio, en la casa de una abuela muerta hacía dos años, y esa ausencia de curiosidad,
en un pueblo donde todos parecían saber la vida de todos, resultaba un alivio casi físico.
—Aquí la gente pregunta poco a la cara —le dijo Jordi una tarde, mientras retiraban juntos un tramo de cableado antiguo del pasillo—. Pero se entera de todo igual. Es lo que tiene un sitio pequeño.
Elena se rió, la primera risa genuina del día, y pensó que aquella frase resumía con precisión brutal lo que llevaba días temiendo sin querer nombrarlo.
Funcionaba, más o menos, durante el día.
Por las noches era dis‐ tinto. Por las noches, con la casa en silencio y el rumor lejano del mar colándose por la ventana entreabierta, los pensamientos vol‐ vían con una insistencia que ningún cansancio físico lograba apagar del todo, y Elena se sorprendía a sí misma preguntándose cosas ab‐ surdas:
si Martín seguiría durmiendo del mismo lado de la cama, si habría cambiado la carta de La Sal para la temporada de verano, si alguna vez pensaba en ella con la misma frecuencia obsesiva con la que ella pensaba en él, aunque se negara a admitirlo en voz alta ni siquiera ante sí misma.
El martes de su segunda semana en el pueblo, Elena bajó al mer‐ cado semanal que se instalaba en la plaza mayor desde primera hora de la mañana, con las paradas de fruta y verdura ocupando el espacio bajo los plátanos centenarios y el aire cargado ya, a las nueve de la mañana,
de un calor húmedo que anunciaba un día de bochorno.
El mercado tenía sus propios sonidos, distintos a los de cual‐ quier mercado madrileño: el pregón cantarín de los vendedores anunciando el género en catalán y castellano indistintamente, el tra‐ queteo de las cajas de madera al descargarse de las furgonetas,
el zumbido constante de las moscas alrededor de la parada de pes‐ cado, donde unas cajas de poliestireno con hielo picado exhibían sardinas plateadas todavía brillantes de mar,
gambas de Palamós de un rosado intenso que Elena reconocía —Martín se lo había ense‐ ñado— como señal inequívoca de calidad y frescura, y unos rapes enormes con la boca abierta en una mueca permanente que de niña le habían dado miedo y que ahora la hacían sonreír con una nostal‐ gia extraña.
Compró tomates de la variedad Montserrat, gordos y deformes, con esa piel fina que se rasgaba con solo tocarla demasiado fuerte, y mientras la vendedora se los pesaba, Elena cerró los ojos un ins‐ tante y respiró hondo: el olor de la tierra todavía adherida a las raí‐ ces,
mezclado con el perfume dulzón de unos melocotones amonto‐ nados en la parada de al lado y, por debajo de todo, el aroma salo‐ bre que el viento arrastraba desde el puerto pesquero, apenas tres‐ cientos metros más abajo.
Tres sentidos activados sin proponérselo siquiera: el olor de la tierra y el mar, el sonido del regateo y las conversaciones cruzadas en catalán, y el tacto áspero de la bolsa de papel reciclado contra los dedos mientras cargaba la compra.
Fue en la panadería, después, donde el sistema de rutas seguras de Elena sufrió su primera fisura real.
La panadería de la calle Sant Roc tenía el escaparate cargado de bollos recién horneados —croissants dorados y brillantes de mante‐ quilla, unas ensaimadas espolvoreadas de azúcar glas que hacían la boca agua solo de mirarlas,
hogazas de pan de payés con la corteza tostada y agrietada de un modo que a Elena, deformación profesio‐ nal, le recordaba siempre a la superficie de un muro antiguo bien envejecido— y dentro,
el calor del horno convertía el local en una pequeña sauna perfumada a levadura y a algo quemándose ligera‐ mente en un extremo del horno, ese olor a caramelo oscuro que anuncia que el pan está en su punto justo.
Elena esperaba su turno detrás de dos mujeres mayores, y fue entonces cuando reconoció, sin proponérselo, aquella voz aguda y teatral que llenaba el pequeño local con la autoridad de quien lleva décadas siendo la reina no oficial de las conversaciones del pueblo.
—Y yo le digo, María Dolors, que este verano no es normal. Yo llevo yendo a La Sal desde que Martín Rovira era un chaval con delantal prestado ayudando a su padre en la barra, y nunca lo había visto así.
Elena se quedó paralizada, con la cartera todavía en la mano, fingiendo una concentración absoluta en el escaparate de bollería que en realidad no estaba viendo en absoluto.
—¿Así cómo, Carmen? —preguntó la otra mujer, con ese tono de quien ya sabe la respuesta pero disfruta escuchándola de todos modos.
—Delgadísimo. —Doña Carmen bajó la voz apenas un semi‐ tono, el volumen exacto de quien cree que está siendo discreta sin serlo en absoluto—.
Yo estuve a cenar el sábado con mi hija, que vino de Barcelona, y el chico salió a saludar las mesas como hace siempre, ya sabes, con esa educación que tiene, y por Dios, María Dolors, si parecía otra persona.
La cara chupada. La ropa le col‐ gaba como si fuera de su hermano mayor.
Y esas ojeras, hija, esas ojeras que ni con maquillaje se disimulan.
—A lo mejor está trabajando mucho. Con la estrella y todo eso, dicen que es muy exigente.
—Trabajando mucho no adelgaza quince kilos en tres meses, criatura.
Eso lo sé yo, que enterré a mi Ramon y sé perfectamente cómo se pone un cuerpo cuando algo va mal por dentro.
—Doña Carmen hizo una pausa dramática, del tipo que solo se permite quien sabe que tiene la atención completa de su público, aunque ese público, en ese momento, incluyera sin saberlo a una mujer con la cartera temblándole ligeramente entre los dedos a apenas dos metros de distancia—.
Algo le pasa a ese chico. Algo serio. Y nadie en el pueblo dice ni mu, que es lo más raro de todo, porque aquí normalmente no se calla nadie ni aunque le paguen.
Elena sintió que la sangre se le retiraba de la cara, un mareo sú‐ bito y absurdo por lo desproporcionado a la situación —al fin y al cabo, no era más que un cotilleo de panadería,
la clase de conversa‐ ción que probablemente se repetía a diario en cada rincón del pue‐ blo sobre cada vecino remotamente interesante— pero que a ella, precisamente a ella, le atravesó el pecho con una violencia que no había sentido en semanas.
Delgadísimo. La cara chupada. Ojeras que ni con maquillaje se disimulan.
Las palabras se le clavaron una por una, y de pronto todas las preguntas sin respuesta que llevaba semanas cargando —la frase ensayada, el terror fugaz en los ojos bajo la luz de la lámpara ama‐ rilla,
el silencio absoluto de treinta y cinco días que ya eran casi cincuenta— empezaron a reorganizarse en su cabeza en un patrón nuevo, una hipótesis que hasta ese momento no se había atrevido a considerar del todo porque le parecía demasiado dramática, dema‐ siado propia de una novela, para ser real:
¿y si a Martín le pasaba algo de verdad?
—Perdona, hija, ¿vas a pedir o te quedas mirando los croissants toda la mañana?