Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

con el rumor del mar como único acompañamiento y el cielo car‐ gado de estrellas que en Madrid jamás lograba ver a través de la contaminación lumínica.

Se detuvo un momento en un cruce de calles, orientándose, y entonces se dio cuenta de que, sin haberlo decidido consciente‐ mente, sus pasos la habían llevado hasta un punto desde el cual, mirando hacia la izquierda, al final de una calle que bajaba suave‐ mente hacia el paseo marítimo,

se veía la fachada iluminada de un edificio con un cartel discreto de madera tallada.

La Sal.

Incluso a esa distancia, incluso de noche, reconoció la fachada: la piedra vista, las ventanas altas con marcos oscuros, la terraza pe‐ queña con apenas seis mesas que daba directamente al paseo y al mar más allá.

Recordaba haber cenado ahí, en aquella misma te‐ rraza, decenas de veces, sentada en la mesa de la esquina que Mar‐ tín siempre le reservaba aunque estuviera completo, la única mesa desde la que se veía el atardecer sin que ningún otro edificio lo cortara.

Las luces estaban encendidas. El restaurante estaba abierto, en pleno servicio de una noche de junio, y por un instante absurdo Elena se preguntó si él estaría ahí dentro en ese mismo momento,

moviéndose entre los fogones con esa concentración total que ella tantas veces había admirado desde la puerta de la cocina, ajeno a que a menos de quinientos metros de distancia la mujer con la que había compartido cuatro años de su vida acababa de instalarse de nuevo en el mismo pueblo.

Se quedó mirando la fachada iluminada un momento más de lo que había planeado, y luego, con un esfuerzo consciente que le costó más de lo que hubiera querido admitir, se dio la vuelta y re‐ tomó el camino hacia la casa de su abuela,

apretando el paso como quien huye de algo sin querer reconocer que está huyendo.

No había venido por él, se repitió, subiendo la calle empedrada bajo la luz de las farolas antiguas que proyectaban sombras alarga‐ das sobre los muros encalados.

Había venido por la casa. Por sí misma. Por la posibilidad de reconstruir algo real en un lugar que no tenía nada que ver con las mentiras.

Pero mientras cerraba la puerta de la casa de su abuela tras de sí y subía las escaleras hacia el dormitorio donde había decidido ins‐ talarse esa primera noche, con el eco todavía fresco de la imagen de aquella fachada iluminada grabada en la retina, Elena tuvo que ad‐ mitir,

al menos ante sí misma, en la intimidad de sus propios pensa‐ mientos, que la distancia entre la casa de su abuela y La Sal no era solo una cuestión de metros.

Era la distancia exacta entre lo que decía que quería y lo que, en el fondo, todavía no había conseguido dejar de desear.

Durmió mal esa primera noche, en un colchón que Teresa había insistido en airear esa misma tarde pero que aun así conservaba el tacto rígido de los años sin uso, y se despertó antes del amanecer con un sonido que tardó unos segundos en identificar:

las campanas de la iglesia de Sant Pere marcando las siete, un tañido grave y es‐ paciado que se propagaba por todo el pueblo y que, en la quietud absoluta de esa hora, sonaba como si viniera de dentro de la propia casa.

Se quedó tumbada, escuchando cómo el sonido se apagaba poco a poco, y después, cuando ya no quedaba ni el eco, empeza‐ ron los otros ruidos: el motor de la primera barca de pescadores sa‐ liendo del puerto pequeño, un remoto tableteo de persianas metáli‐ cas subiendo en la calle de al lado,

el graznido áspero de una ga‐ viota que debía de haberse posado directamente sobre el tejado.

Se levantó, descalza sobre el suelo hidráulico frío —esas baldo‐ sas de dibujo geométrico azul y blanco que su abuela se había ne‐ gado a cambiar, y que ahora, bajo la primera luz del día, Elena miró con ojos de arquitecta,

calculando ya mentalmente cuánto costaría restaurarlas sin perder el dibujo original— y abrió la ventana del dormitorio que daba a la calle.

El aire de primera hora todavía con‐ servaba un frescor nocturno que no duraría ni una hora más, car‐ gado de ese olor salino que en el pueblo no desaparecía nunca del todo, mezclado ahora con el aroma a pan recién horneado que lle‐ gaba, imposible saber desde qué panadería exacta,

arrastrado por el viento entre las callejuelas estrechas.

Se quedó un rato apoyada en el alféizar, mirando cómo el pue‐ blo despertaba despacio, con esa lentitud que Madrid jamás se per‐ mitía, y entonces, arrastrado por el mismo viento que traía el olor a pan recién horneado, le llegó otro aroma distinto, más lejano, ape‐ nas una hebra:

algo a brasa y a mar, el rescoldo de una parrilla que alguien debía de haber encendido ya, a esa hora imposible, en al‐ gún punto del pueblo que ella no podía ver desde su ventana pero que sabía, con una certeza que le heló la sangre más que el frescor de la mañana,

exactamente en qué dirección quedaba.

No hacía falta que mirase hacia allí. Ya sabía que, tarde o tem‐ prano, sus pasos iban a acabar llevándola en esa dirección, y que aquel verano, por mucho que se repitiera lo contrario, no iba a tra‐ tarse solo de reformar una casa.