Capítulo 3 #2
—Marta se in‐ terrumpió a media frase, y Elena la oyó tomar aire al otro lado, consciente demasiado tarde del terreno en el que acababa de entrar —. Perdona. No quería sacar eso.
—No pasa nada. —Elena se apoyó contra el piano, sintiendo la madera fría y polvorienta bajo la palma—.
Y sí, lo he pensado. Por eso quiero intentarlo antes de que la familia decida venderla sin más.
Dame el verano. Si para septiembre no le he devuelto algo de vida a esta casa, prometo no oponerme más a la venta.
Marta se quedó callada un momento, y cuando volvió a hablar, su tono se había suavizado, aunque sin perder del todo el escepticismo.
—Un verano. Vale. Pero luego no me digas que no te lo advertí, si acabas encariñándote de las piedras y no quieres soltarlas.
—Es lo que hago con las piedras, Marta. Es literalmente mi tra‐ bajo —repitió Elena, y esta vez ambas se rieron un poco, lo sufi‐ ciente para que la llamada terminara en un terreno menos hostil del que había empezado.
Colgó, dejó el móvil sobre la tapa cerrada del piano y se quedó un momento mirando la sala, ya medio despojada de sábanas, con las motas de polvo todavía suspendidas en el aire dorado de la tarde, y pensó que aquella conversación resumía bastante bien lo que tenía por delante:
un verano entero de defender, ante todos, in‐ cluida ella misma, que aquello no era una huida sino una reconstrucción.
Estaba abriendo las contraventanas del salón, dejando entrar por fin la luz de la tarde y el rumor lejano del mar que se colaba incluso a través de las callejuelas estrechas, cuando escuchó unos golpes suaves en la puerta, todavía entreabierta.
—¿Hay alguien? —Una voz de mujer, cálida, con un deje cata‐ lán marcado en el castellano, y Elena se giró para encontrar a una mujer de unos sesenta y cinco años, de complexión menuda pero de esas que transmiten una fuerza que no tiene relación con el tamaño,
el pelo blanco recogido en un moño práctico y un delantal de flores atado a la cintura como si acabara de dejar algo en el fuego para venir corriendo.
—¿Teresa? —preguntó Elena, aunque ya lo sabía, porque su abuela le había hablado de ella durante años, la mujer que la había ayudado en la casa durante más de tres décadas, que se había con‐ vertido en algo más que una empleada, en una amiga,
casi en una hermana pequeña a pesar de la diferencia de edad.
—¡Elena! —Teresa se llevó las manos al pecho y luego cruzó el umbral sin esperar invitación, con esa familiaridad instantánea de quien lleva toda la vida entrando y saliendo de una casa como si fuera la propia—.
Mira que te pareces a tu abuela, con esos ojos.
Me han dicho que venías pero no sabía cuándo, si no te hubiera de‐ jado la nevera vacía, criatura.
Antes de que Elena pudiera responder, Teresa ya la había en‐ vuelto en un abrazo firme que olía a lavanda y a algo horneándose, un abrazo que Elena no esperaba necesitar tanto como en ese mo‐ mento se dio cuenta de que lo necesitaba,
y sintió que los ojos se le humedecían de una manera que no tenía nada que ver con el polvo que todavía flotaba en el aire del salón.
—Cuánto tiempo —dijo Elena, con la voz un poco tomada.
—Demasiado. —Teresa se apartó, sosteniéndola por los hom‐ bros para mirarla bien, con esa evaluación rápida y certera que solo hacen las mujeres que han criado a otras personas durante décadas —. Estás muy delgada, Elena. Y tienes los ojos cansados. Eso no me gusta nada.
—He tenido un año complicado.
—Lo sé. —Teresa lo dijo sin rodeos, sin la incomodidad con la que su familia trataba el tema en Madrid, y algo en esa naturalidad hizo que Elena sintiera un alivio inesperado—.
Se sabe todo en este pueblo, cariño, aunque no se diga en voz alta.
Pero no vamos a ha‐ blar de eso ahora. Ahora vamos a abrir todas las ventanas de esta casa, que lleva dos años respirando su propio aire viciado, y luego te vienes a mi casa a cenar, porque no pienso dejar que tu primera noche aquí la pases comiendo lo que encuentres en una nevera vacía.
Se pasaron la tarde juntas, abriendo ventanas, quitando el resto de las sábanas, barriendo el polvo acumulado de dos años de aban‐ dono, y Teresa iba narrando, mientras trabajaban,
pequeñas histo‐ rias de la casa que Elena no conocía —cómo su abuela había insis‐ tido en conservar el suelo hidráulico original del salón cuando todo el pueblo cambiaba los suelos por baldosas modernas en los años setenta,
cómo la viga central de la cocina se había torcido ligera‐ mente tras el terremoto pequeño que sacudió la zona en los noventa y su abuela se había negado a repararla del todo "porque las casas también tienen arrugas, y hay que dejarlas envejecer con digni‐ dad"— y Elena, escuchando,
sintió que algo dentro de ella empe‐ zaba, muy despacio, a recomponerse.
Al caer la tarde, mientras terminaban de barrer el patio trasero donde crecía, silvestre y descuidada, una buganvilla que llevaba dos años sin que nadie la podara, Teresa se detuvo un momento, apoyada en la escoba, y miró a Elena con una expresión distinta, más seria.
—Vas a tener que decidir qué haces con esta casa —dijo—. Y también vas a tener que decidir qué haces con el resto.
—¿El resto?
—Con vivir aquí, Elena. En un pueblo donde todo el mundo sabe todo de todos, quieras o no.
—Teresa hizo una pausa, y Elena notó que elegía las palabras con cuidado, como quien camina por un terreno que sabe delicado—.
No voy a decirte nada que no sepas ya. Pero esta casa está a quince minutos andando de La Sal.
Y en un pueblo de este tamaño, quince minutos no son nada.
Elena sintió que el estómago se le encogía, esa reacción física instantánea que llevaba semanas experimentando cada vez que al‐ guien mencionaba, aunque fuera de pasada, el nombre del restaurante.
—No he venido por él —dijo, con la misma firmeza que había usado con sus padres, aunque esta vez le sonó un poco menos con‐ vincente incluso a sus propios oídos—. He venido por la casa. Y por mí.
Teresa la miró un momento, con esos ojos oscuros que parecían capaces de ver más de lo que Elena estaba dispuesta a mostrar, y por fin asintió, con una media sonrisa que no era ni de aprobación ni de duda, sino algo intermedio, comprensivo.
—Bueno —dijo, retomando la escoba—. Sea como sea, esta casa necesitaba que alguien volviera a quererla. Y tú necesitas un sitio donde nadie te pida explicaciones de nada. Aquí las tienes las dos cosas.
Esa noche, después de cenar en casa de Teresa —un guiso de pescado con patatas que llevaba el sabor exacto de las cenas de la infancia de Elena, servido en una cocina pequeña y calurosa donde las paredes estaban decoradas con fotografías de generaciones ente‐ ras de la familia de Teresa y donde el
ventilador de techo giraba con un zumbido constante que a Elena, extrañamente, la reconfortó como un arrullo—, Elena volvió caminando sola hasta la casa de su abuela por las callejuelas estrechas del pueblo, ya vacías a esa hora,