Lo que dejamos en el Verano (LA SAL nº 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Casas que esperan

Se lo dijo a sus padres un domingo, durante la comida, con la misma naturalidad con la que se anuncia un cambio de trabajo, aunque llevaba dentro del pecho, desde que había tomado la deci‐ sión tres noches antes,

una mezcla de vértigo y alivio que no se pa‐ recía a nada que hubiera sentido en mucho tiempo.

—Me voy a ir a vivir un tiempo a la casa de la abuela.

Su madre dejó el tenedor sobre el plato con un cuidado exage‐ rado, ese gesto que hacía siempre antes de decir algo que había es‐ tado pensando decir desde hacía rato.

—¿Al pueblo? ¿A Calella?

—A la casa. No al pueblo entero —dijo Elena, con un intento de broma que no consiguió aligerar el ambiente en absoluto.

—Elena. —Su padre, que rara vez intervenía en las conversacio‐ nes familiares delicadas, prefiriendo ceder ese terreno a su mujer, la miró por encima de las gafas con una expresión que combinaba preocupación y algo parecido al orgullo prematuro—. ¿Es por él?

—No. —Y lo dijo con firmeza, porque llevaba tres días repitién‐ doselo a sí misma hasta convencerse—. No es por Martín. Es por mí.

Les explicó, con la paciencia de quien ha ensayado el discurso mentalmente varias veces, que el estudio de rehabilitación llevaba meses hablándole de dejarla trabajar en remoto para proyectos con‐ cretos, que tenía ahorros suficientes para un año sin apuros,

que la casa de la abuela llevaba dos años cerrada acumulando humedad y desidia sin que nadie de la familia tomara una decisión sobre qué hacer con ella, y que ella, precisamente ella,

que se dedicaba profe‐ sionalmente a rescatar edificios abandonados antes de que la deja‐ dez los condenara para siempre, tenía sentido que fuera quien se ocupara de decidir el destino de esa casa.

—Voy a reformarla —dijo, y al decirlo en voz alta sintió que la frase adquiría una solidez que no tenía cuando solo existía dentro de su cabeza—. Como proyecto personal. Y de paso, decido si la familia la vende o la conserva.

—¿Y el pueblo? —insistió su madre, que conocía a su hija lo suficiente como para saber que detrás de la explicación razonable y ordenada había otra capa de motivos que Elena no estaba dispuesta a exponer del todo—. Es un pueblo pequeño. Todo el mundo se co‐ noce. Vas a tener que...

—Lo sé, mamá.

—Vas a tener que verlo. Tarde o temprano.

Elena se quedó callada un momento, mirando el mantel, tra‐ zando con el dedo el borde de una servilleta de tela que su madre usaba solo los domingos.

—Puedo evitar un restaurante en un pueblo de cuatro mil habi‐ tantes durante el tiempo que haga falta —dijo por fin—. No voy a ir a buscarlo. Pero tampoco voy a dejar de vivir mi vida por miedo a cruzármelo en la panadería.

No añadió la otra parte, la que llevaba días dándole vueltas sin decidirse a formularla en voz alta ni siquiera delante de sus padres: que una parte de ella, pequeña pero terca, quería estar cerca.

No para buscarlo, no para reconciliarse, no para nada tan simple como eso.

Quería estar lo bastante cerca como para, si alguna vez se pre‐ sentaba la ocasión, poder mirarlo a los ojos y hacerle la pregunta que llevaba treinta y cinco días sin respuesta.

Y sabía, con la misma certeza con la que sabía leer un edificio, que esa pregunta nunca encontraría respuesta a base de silencio y distancia.

Solo la encon‐ traría si estaba en el mismo terreno donde había ocurrido todo.

El resto de la comida transcurrió con una tensión suavizada por la costumbre familiar de cambiar de tema cuando algo se volvía de‐ masiado incómodo.

Elena no tomó la decisión esa misma tarde, aunque después le gustaría recordarlo así, de forma más limpia: pa‐ saron casi dos meses de dudarlo, de deshacer y rehacer mental‐ mente la misma maleta un centenar de veces, de convencerse de que Madrid todavía tenía sentido para ella antes de admitir,

ya bien entrado junio, que no era así.

Fue un jueves cualquiera de mediados de ese mes, sin ceremonia ni epifanía, cuando por fin abrió el arma‐ rio de verdad y empezó a sacar ropa, no como ejercicio mental sino como acto concreto.

Tardó una semana en organizarlo todo: dejar el estudio de Mala‐ saña en manos de una amiga que necesitaba subarrendar algo tem‐ poral mientras terminaba una obra en su propio piso, hablar con el estudio de arquitectura para acordar los tres proyectos que podría seguir llevando en remoto,

alquilar una furgoneta pequeña para car‐ gar lo esencial —ropa, herramientas de trabajo, los planos y libros que no pensaba dejar atrás, y, doblada con cuidado en el fondo de una maleta,

la bufanda azul marino que no había vuelto a sacar del cajón desde aquella noche pero que tampoco había sido capaz de dejar en Madrid—.

El viaje hasta el Empordà lo hizo un jueves de finales de junio, con las ventanillas bajadas la mitad del trayecto porque el aire acondicionado de la furgoneta alquilada llevaba veinte minutos ha‐ ciendo un ruido preocupante,

y en cuanto la autopista dejó atrás Gi‐ rona y empezó a serpentear entre los primeros campos de girasoles ya crecidos y las hileras de cipreses que marcaban los límites de las masías, Elena sintió que algo en el pecho se le aflojaba, un nudo que ni siquiera sabía que llevaba tan apretado.

El Empordà en junio olía distinto a como lo recordaba en las vi‐ sitas de invierno.

Había un aroma denso, casi físico, de tierra seca y hierba quemada por el sol que entraba por la ventanilla mezclado, cuando el viento venía del este, con una vaharada salada que anun‐ ciaba el mar todavía a varios kilómetros de distancia.

Los campos de girasoles habían empezado a girar sus cabezas hacia poniente, un ejército amarillo y disciplinado que parecía vigilar la carretera, y a lo lejos, difuminadas por la calima del calor, se adivinaban las primeras estribaciones de las Gavarres.

Calella de Palafrugell apareció al final de la carretera con esa brusquedad geográfica que Elena siempre había encontrado casi teatral: un pueblo entero de casas blancas y azules apretado entre las rocas y el mar, como si alguien hubiera decidido, siglos atrás,

que el espacio disponible entre la montaña y el agua era exacta‐ mente el necesario y ni un metro más.

Aparcó la furgoneta en la en‐ trada del pueblo, donde las calles se estrechaban demasiado para un vehículo de ese tamaño, y recorrió a pie el último tramo hasta la casa de su abuela, cargando la primera de las maletas mientras el resto esperaba en el vehículo.

La casa estaba en el Carrer de les Voltes, una calle empedrada y estrecha, apenas dos metros de ancho, flanqueada por casas de pes‐ cadores encaladas en blanco con las puertas y ventanas pintadas de azul añil,

tan típicas del pueblo que aparecían en todas las postales que se vendían en el quiosco de la plaza.

La fachada de la casa de la abuela llevaba dos años sin una mano de pintura, y se notaba: el azul de la puerta se había descascarillado en las zonas donde el sol pegaba más fuerte, y una de las contraventanas del piso superior colgaba levemente torcida,

como un párpado entornado que llevara demasiado tiempo intentando cerrarse del todo sin conseguirlo.

Elena se quedó un momento de pie frente a la puerta, con la llave en la mano —la misma llave de hierro forjado, pesada y anti‐ gua, que su abuela había usado durante más de cuarenta años— y sintió una oleada de emoción que no esperaba,

una mezcla de nos‐ talgia y responsabilidad que le apretó la garganta.

Metió la llave en la cerradura, giró con el gesto firme que hacía falta para vencer la resistencia del óxido acumulado, y empujó la puerta.

El olor la golpeó antes que la vista: humedad de casa cerrada, madera vieja, un rastro lejano y casi imaginado de las hierbas que su abuela colgaba secándose de las vigas de la cocina —tomillo, romero, alguna rama de espliego— y, debajo de todo eso,

algo in‐ definible que Elena solo podía describir como el olor de la memo‐ ria misma, esa mezcla imposible de reproducir que tiene cada casa habitada durante décadas por la misma persona y que desaparece, inevitablemente, en cuanto la casa cambia de manos o se queda va‐ cía demasiado tiempo.

Los muebles seguían cubiertos con sábanas blancas, como fan‐ tasmas domésticos esperando pacientes a que alguien decidiera de‐ volverles la vida.

Elena fue quitándolas una por una, levantando polvo que bailaba dorado en los rayos de sol que entraban por las rendijas de las contraventanas cerradas, y bajo cada sábana fue re‐ encontrándose con fragmentos de su infancia:

el sofá de terciopelo verde donde se sentaba a leer los veranos que pasaba allí de niña, la mesa de comedor de madera maciza con las marcas de quemaduras de vela que su abuela nunca había querido lijar porque decía que cada marca contaba una cena,

el aparador con la vajilla de flores azules que solo se usaba en Navidad.

El móvil sonó justo cuando estaba retirando la sábana del piano vertical que nadie en la familia sabía tocar pero que su abuela se había negado a vender durante décadas, alegando que una casa sin un instrumento musical era una casa a medio construir.

Era Marta, su prima, la hija del hermano de su madre, con quien Elena mante‐ nía una relación cordial pero nunca demasiado cercana, marcada desde hacía dos años por una discrepancia silenciosa sobre el des‐ tino de aquella casa.

—Me ha dicho tu madre que ya estás allí.

—La voz de Marta sonaba distante, con el eco metálico de un manos libres en el coche —.

Elena, en serio, ¿tú te has parado a pensar lo que cuesta mante‐ ner una casa así?

Impuestos, seguro, la comunidad de la calle...

Y encima ahora te vas a meter tú sola en una reforma de las tuyas, que ya sé cómo sois los arquitectos, empezáis por arreglar una go‐ tera y termináis tirando un muro de carga.

—Es un proyecto controlado, Marta. Lo hago siete días a la se‐ mana, es literalmente mi trabajo.

—Ya, pero esto no es un cliente que te paga.

Es dinero de todos saliendo de tu bolsillo para una casa que, seamos sinceras, ninguno de nosotros va a usar.

Yo no pienso volver a vivir en un pueblo de cuatro mil habitantes, y tú, con lo tuyo con Martín...