Capítulo 2
Lo que se dijo y lo que se calló
La revisión del proyecto de Argumosa duró más de lo previsto, no porque hubiera nada complicado que resolver —una humedad por capilaridad en la fachada norte, un problema de manual que cual‐ quier arquitecto con dos años de oficio sabría diagnosticar en diez minutos— sino porque Elena se descubrió,
a media mañana, mi‐ rando fijamente una grieta en el revoco del patio interior del edifi‐ cio, una grieta idéntica en trazado a la que llevaba dos años obser‐ vando en el techo de su dormitorio, y se dio cuenta de que llevaba casi un cuarto de hora sin moverse,
con el metro láser colgando inútil de la mano y la cabeza en otro sitio completamente distinto.
En un apartamento de la calle Fuencarral, cuatro años atrás, para ser exactos.
Había sido en una boda, de todos los sitios posibles.
La boda de Clara, una compañera de la facultad con la que Elena apenas man‐ tenía contacto pero a la que no había podido decir que no, en una masía cerca de Sitges donde el catering lo llevaba un chef joven que, según decían las malas lenguas del sector,
ya tenía media es‐ trella Michelin en el bolsillo y la otra media asegurada antes de cumplir los treinta y cinco.
Elena recordaba con precisión de arqui‐ tecta —esa manía suya de fijarse en los detalles de los espacios an‐ tes que en las personas— la disposición de las mesas bajo la pér‐ gola de madera, la luz de las guirnaldas colgando entre los árboles,
el olor a jazmín mezclado con el del romero que crecía silvestre en los bordes del jardín.
Y recordaba a Martín, con el uniforme de cocina todavía puesto, saliendo un momento de detrás de las cocinas de campaña para comprobar cómo estaba quedando el emplatado de un postre, y cómo se había quedado mirándola a ella —a Elena,
sentada sola en una mesa con una copa de cava que ya se había calentado, aburrida de una conversación ajena sobre hipotecas— con una expresión que ella no supo interpretar entonces pero que reconocería después, mil veces,
como la mirada específica que Martín reservaba para las cosas que le importaban de verdad: atención total, sin prisa, como si el resto del mundo se hubiera puesto en pausa.
—Está mal emplatado —le había dicho él, sentándose sin pedir permiso en la silla vacía de al lado, señalando con la barbilla el postre que le acababan de servir a ella, una especie de crema de avellana con un crujiente encima—.
Se supone que el crujiente va apoyado en un ángulo, no plano.
Así absorbe la humedad y en diez minutos se ha ablandado.
—¿Y tú cómo sabes eso mirando desde lejos? —había pregun‐ tado ella, genuinamente sorprendida.
—Porque lo he hecho yo. Y porque llevo diez minutos viendo cómo tu camarero desmonta mi trabajo plato a plato sin darse cuenta.
Elena se rió, una risa auténtica, la primera de la tarde, y él son‐ rió con esa media sonrisa suya que dejaba ver una pequeña cicatriz en el labio inferior, resto de un accidente con un cuchillo mal afi‐ lado años atrás, y le preguntó a qué se dedicaba ella, y cuando Elena dijo "arquitecta,
rehabilitación de patrimonio histórico", él asintió como si aquello confirmara algo que ya sospechaba.
—Tiene sentido —había dicho—. Miras los edificios igual que yo miro los platos. Buscando lo que no encaja.
Aquella noche no pasó nada más que una conversación de dos horas debajo de la pérgola, mientras la boda seguía a su alrededor sin que ninguno de los dos le prestara demasiada atención,
y un nú‐ mero de teléfono intercambiado con la torpeza deliberada de dos adultos que fingen no saber lo que están haciendo.
Pero Elena, mi‐ rando ahora la grieta del patio de Argumosa cuatro años después, con el metro láser todavía colgando de la mano, pensó que aquella noche había sido el primer ladrillo de un edificio entero que había tardado cuatro años en construirse y una sola noche en derrumbarse.
Terminó la revisión mecánicamente, sin apenas registrar lo que anotaba en la libreta, y de camino a casa, con el metro casi vacío a esa hora intermedia de la tarde, dejó que el recuerdo siguiera des‐ enrollándose, porque llevaba treinta y un días —ya treinta y dos, corrigió,
siempre esa cuenta automática— intentando no pensar en los buenos momentos, convencida de que solo servían para hacerse más daño, y sin embargo esa mañana, con la bufanda todavía den‐ tro del bolso rozándole la pierna a través de la tela,
algo en ella ha‐ bía decidido que ya no tenía sentido seguir huyendo del recuerdo.
Habían sido felices. Eso era lo primero que había que admitir, y lo más difícil.
Los primeros dos años habían sido de ida y vuelta constante: Elena en Madrid entre semana, con su trabajo en el estudio de reha‐ bilitación que la mantenía ocupada seis días de cada siete, y los fi‐ nes de semana en el pueblo, en Calella de Palafrugell,
donde Mar‐ tín llevaba las riendas de La Sal con una intensidad que a veces ro‐ zaba la obsesión pero que a ella, lejos de espantarla, le resultaba fascinante, porque reconocía en él la misma entrega feroz que ella sentía por sus edificios.
Los domingos por la mañana, cuando el restaurante cerraba y Martín por fin tenía unas horas libres antes de volver a la cocina para preparar el servicio de la semana siguiente, caminaban juntos por el paseo marítimo hasta las calas pequeñas,
esas entradas de roca y agua turquesa que en temporada baja que‐ daban casi vacías, y se sentaban en las rocas con los pies metidos en el agua fría mientras él le contaba de dónde venía cada ingre‐ diente que pensaba usar esa semana —el pescador que le reservaba el mejor género antes de que llegara
al mercado, el payés que culti‐ vaba las variedades de tomate que ya casi nadie plantaba porque no rendían lo suficiente para venderlas a gran escala— y ella lo escu‐ chaba fascinada, entendiendo, sin saberlo entonces del todo,
que la manera en que Martín hablaba de la comida era en realidad la ma‐ nera en que Martín hablaba de todo lo que le importaba: con una atención minuciosa, casi reverente, hacia el origen de las cosas.
Él le había enseñado a comer de otra manera.
No en el sentido esnob de la palabra —Martín odiaba a los foodies que hablaban de gastronomía como quien recita un catálogo, y se lo decía a ella en‐ tre risas cuando algún cliente pedante intentaba impresionarlo en la sala— sino en el sentido de prestar atención:
al primer sabor que llega a la lengua, al segundo que aparece cuando ya crees que has terminado de identificarlo, a la textura, al aroma que sube por de‐ trás de la garganta antes de tragar.
"Comer rápido es un desperdi‐ cio", le decía, "es como pasar por un museo corriendo y decir que has visto el Prado."
Y ella, que llevaba media vida mirando los edi‐ ficios con la misma paciencia con que él miraba los platos, había entendido perfectamente la comparación.
Elena, por su parte, le había enseñado a mirar las paredes de otra manera.
Los domingos de invierno, cuando el frío del Empordà se instalaba con un viento de tramontana que hacía crujir las contra‐ ventanas viejas de la casa de la abuela —la casa a la que entonces todavía iban juntos de vez en cuando, antes de que la abuela mu‐ riera,
antes de que todo se complicara— Elena le enseñaba a Mar‐ tín a leer los edificios del pueblo como ella los leía: por qué esa casa de la plaza tenía las ventanas descentradas, señal de una am‐ pliación posterior mal resuelta;
por qué el ayuntamiento tenía la fa‐ chada de dos colores distintos de piedra, prueba de una reconstruc‐ ción tras la guerra; cómo se podía saber, con solo mirar el grosor de un muro,
si una pared era de carga o simplemente un tabique de re‐ lleno que en apariencia sostenía todo el peso del edificio pero que, si se quitaba, no cambiaría nada en absoluto.
—Eso me parece precioso y aterrador a partes iguales —le había dicho Martín una de esas tardes, mientras la lluvia repiqueteaba contra los cristales de la cocina de la abuela y ellos compartían una botella de vino barato que él insistía en que era mejor que muchos de los que servía en La Sal—.
Que puedas vivir años dentro de una pared que en realidad no sostiene nada.
—Por eso hay que revisar los edificios de vez en cuando —ha‐ bía respondido ella, riéndose—. Antes de que se note.
Ahora, cuatro años después, sentada en un vagón de metro casi vacío con la bufanda de él rozándole la pierna dentro del bolso, Elena pensó que aquella conversación tenía, vista con la distancia del tiempo, algo profético que en su momento ni siquiera había sos‐ pechado.
Porque eso era exactamente lo que había pasado: había vivido dentro de una pared que creía de carga, que creía que soste‐ nía el peso entero de su relación, y había resultado ser un tabique,
algo que en apariencia estaba ahí desde siempre pero que se podía quitar de un día para otro sin que —al menos para uno de los dos— cambiara nada en absoluto.
El tren se detuvo en su parada. Elena bajó, subió las escaleras hacia la calle, y el frío de la tarde madrileña le golpeó la cara con esa brusquedad seca que tan poco se parecía a la humedad salobre del aire del Empordà, y mientras caminaba las dos manzanas que la separaban de su portal,
dejó que el recuerdo avanzara hacia el te‐ rreno que hasta entonces había evitado con más cuidado: la última noche.
Marzo. Un martes cualquiera, o eso había creído ella.
Habían cenado algo ligero —una tortilla, recordaba, porque Martín odiaba cocinar en casa después de un turno entero cocinando para desco‐ nocidos, y los martes que él tenía libre solían resolver la cena con lo mínimo posible— y habían visto media película antes de que él dijera que estaba cansado y
se fueran a la cama antes de las once, algo raro en él, que solía quedarse despierto hasta tarde revisando pedidos y cartas en el móvil aunque estuviera de descanso.
Elena recordaba haberse dormido casi al instante, agotada por una semana especialmente dura en el estudio, y recordaba también, con esa nitidez extraña que tienen los recuerdos que preceden a un trauma, el detalle insignificante de haber pensado, medio dormida ya,