Capítulo 1 #3
—Necesito que dejen de preguntarme qué necesito.
—Lo dijo con media sonrisa, para que no sonara tan cortante como le había salido, pero las dos caras en la pantalla se quedaron un momento en silencio, y Elena se dio cuenta de que las había herido sin querer—.
Perdón. No es por vosotras. Es que no lo sé.
De verdad que no lo sé, y que me lo preguntéis todo el rato me hace sentir que debería tener ya una respuesta.
—No tienes que tener ninguna respuesta —dijo Sara, más suave —. Solo queremos que sepas que estamos aquí.
—Lo sé.
Hablaron un rato de otras cosas: del trabajo de Ana, de un chico con el que Sara llevaba semanas de mensajes sin decidirse a que‐ dar, de una serie que las tres habían empezado por separado y co‐ mentaban como si la vieran juntas.
Fue, durante casi cuarenta mi‐ nutos, una conversación casi normal, casi ligera, y Elena sintió que algo en el pecho se le aflojaba un poco, la misma sensación que te‐ nía a veces al terminar una obra difícil y comprobar que, contra todo pronóstico, las cuentas cuadraban.
Y entonces Ana, sin mala intención, mientras hablaba de otra cosa completamente distinta, dijo el nombre.
—Por cierto, ¿sabes que me crucé el otro día con la prima de Martín? En el Retiro, con el perro. Me hizo un poco de corte, no sa‐ bía si saludar o no.
El silencio que siguió fue instantáneo, denso, y las tres lo nota‐ ron a la vez.
—Perdona —dijo Ana enseguida, con la cara compungida de quien se da cuenta tarde del error—. No debería haber dicho eso.
—No pasa nada —mintió Elena, con la voz ya un poco más tensa, un poco más lejana.
Cortaron la llamada poco después, con las despedidas de siem‐ pre, los besos lanzados a la cámara, la promesa repetida del sábado sin excusas.
Elena cerró el portátil y se quedó un momento sentada a oscuras en el salón, con la única luz de una farola de la calle en‐ trando oblicua por la ventana, y pensó que ese era exactamente el problema de vivir rota en la misma ciudad donde todo el mundo, tarde o temprano,
mencionaba sin querer un nombre que a ella to‐ davía le cortaba la respiración.
Se acostó pronto, sin ganas de nada más, y antes de apagar la luz se acercó una última vez al armario, donde la bufanda seguía sobre la cama desde esa misma mañana, doblada, azul marino, absurda‐ mente suave contra el gris de las sábanas sin hacer del todo.
La cogió. No sabía muy bien por qué —quizá porque tirarla le parecía un gesto demasiado dramático para un martes cualquiera, quizá porque guardarla de vuelta en el fondo del armario era admi‐ tir que pensaba seguir viviendo con ese fantasma escondido entre los abrigos durante meses,
quizá simplemente porque no era capaz de decidir qué hacer con los restos de una vida entera compartida y prefería posponerlo un día más— y la dejó sobre la silla, a la vista, donde tuviera que verla al despertar.
A la mañana siguiente la metió en el bolso, doblada contra sus propias cosas, como quien guarda una prueba que todavía no sabe si va a necesitar en un juicio que ni siquiera se ha celebrado, y salió del estudio.
Cerró la puerta. El eco del cerrojo resonó en el rellano vacío del edificio antiguo donde vivía, con esas paredes gruesas de antes de la guerra que a veces, por las noches, dejaban pasar reta‐ zos de conversaciones ajenas, fragmentos de vidas que no eran la suya y que sin embargo,
en la quietud del insomnio, se le colaban en los pensamientos como si también fueran restos de algo roto en otra parte del edificio.
Bajó las escaleras. Salió a la calle. Madrid seguía con su ritmo de siempre, ajeno, indiferente, la misma ciudad que llevaba treinta y un días viéndola caminar con la espalda un poco más encorvada de lo habitual, cargando algo que nadie más podía ver.
Y mientras caminaba hacia el metro, con el bolso al hombro y la bufanda de él dentro, doblada contra sus propias cosas, Elena pensó —porque no podía dejar de pensarlo,
porque las preguntas sin res‐ puesta tienen esa costumbre terca de instalarse en la cabeza como humedad en una pared y no irse nunca del todo— en la última frase que le había dicho antes de cerrar la puerta de aquel apartamento para siempre.
Espero que algún día me expliques qué te hice.
Él no había respondido. Ni esa noche ni ninguna de las que si‐ guieron.
Treinta y un días de silencio absoluto, ni una llamada, ni un mensaje, ni una explicación que sirviera de algo más que para confirmar lo que ya sabía: que fuera lo que fuera lo que se había roto entre ellos, Martín no pensaba dejar que ella viera las grietas.
Pero las grietas, pensó Elena, apretando el paso hacia la boca del metro mientras el aire todavía fresco de abril le rozaba la cara, siempre acaban asomando a la superficie. Tarde o temprano. Aun‐ que el que las oculta haga todo lo posible para que nadie las vea.
Lo que no sabía, mientras bajaba las escaleras hacia el andén con el eco de su ruptura todavía vibrando en el bolsillo del bolso, era que la grieta más grande de todas no estaba en Madrid, y que ella iba a tener que viajar mucho más lejos de lo que imaginaba para encontrarla.